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domingo, 29 de noviembre de 2015

El Lápiz Mágico y La Vida




Versión ampliada de “El lápiz mágico” (En Literautas, nov. 2015)

    I-  Algunos de los mejores momentos de mi vida transcurrieron en los Campamentos de Jóvenes Cristianos, en Los Gigantes, (Sierras de Córdoba). Comenzaban los años 60. Durante diez días se alzaban las carpas para el grupo de cincuenta  chicos y chicas; disfrutábamos de una sana amistad y vivíamos en un sereno y organizado régimen scout.  Ya era un milagro un campamento mixto, con un cura que no usaba sotana, nadaba entre todos nosotros,  y nos hablaba de un Dios que nos quería libres y responsables.  Reflexiones, fogones, caminatas y escaladas, tardes de río… y “la espera del sol”.


La primera vez que participé tenía  catorce años. Y la emoción del momento me sigue desde entonces, en cada recuerdo, en cada canción.

II-            Acabamos de llegar a la cima del cerro; “mochila al hombro, paso adelante, azul de horizonte la mirada”, como dice una vieja canción campamentera;  en realidad, “gris de horizonte la mirada”, porque apenas comienza a aclarar.

Adormilados y friolentos, mientras tomamos unos mates, avistamos  la primera señal: una pincelada  roja y naranja, una fogata vibrante contra el cielo: el sol está apareciendo, y sube despacito por detrás del cerro; es un lápiz mágico; los negros rincones de la noche  se agrisan, se sonrojan  y azulan; y despierta el verde en el suelo y en la copa de los árboles; y junto a alguna flor sorprendida en el sueño, colorada y vergonzosa, un colibrí centellea en el follaje.

El lápiz mágico engruesa su punta y se vuelve pincel, brocha confiada y resuelta que llena de luz todo el espacio. Y también se vuelve batuta de trinos, balidos, y campanas lejanas.

Por un instante vibramos silenciosos ante la maravilla; después arrancan los “hurras” y las coplas;  el lápiz mágico nos dibuja sonrisas y nos cosquillea el corazón.

El capellán inicia la misa, una de las primeras en castellano y con guitarras, después del Concilio;  y todos cantamos, saltamos y aplaudimos.

Los Gigantes es el reino del Lápiz Mágico. En un vertiginoso sincretismo, iluminados como los cerros y los cielos, se aclara y ensancha nuestra visión religiosa; Cristo, el Flaco, está en cada piedra, en cada vertiente, en cada mate, en cada amigo.

               Mañana volvemos a casa. Somos poco más que niños, aunque algunos “nos pusimos de novios”, en el campamento.

              «Somos la juventud que hará un mundo de amor y de igualdad; somos los llamados a construir un espíritu de fraternidad», nos ha dicho El Flaco.

Somos  los que, diez años después, encabezamos Comunidades de Base para vivir una Iglesia de los Pobres, de acuerdo con la Teología de la Liberación.



III - Y veinte años después, rotos por el miedo y el odio,  o desaparecidos, o muertos, tratamos de salir de una página negra de nuestra historia.

            ¿En qué momento los Campamentos y las Comunidades de Base pasaron a ser Células Subversivas?

             En aquel tiempo,  el tierno “Platero y yo” y el descabellado “Reino del revés” se volvieron ponzoñosos agentes del caos y el desorden.  Entonces, justicia y paz dejaron de ser sinónimos de   Evangelio, y se volvieron señales de disolución social; entonces se vacunó al pueblo con una dosis de miedo y se lo volvió delator;  y entonces murieron como moscas los desobedientes y soberbios que decían lo que pensaban; entonces se quebraron las guitarras sobre los cuerpos acribillados o desterrados de los que cantaban las ansias de libertad y justicia; entonces se pisoteó a las familias a punto de florecer, para cortar el contagio; los padres desaparecían y los hijos se robaban y disfrazaban.

Y los corazones quedaron rayoneados de negro, de ira y dolor; apenas se veían los trazos del lápiz mágico.

IV-        A treinta años de la Misa del Alba, llegué otra vez a Los Gigantes; busco reencontrarme;  anoche me alojé en un refugio de montaña que ayudamos a construir en los campamentos.

Ya está aclarando.  No he dormido bien; mi corazón sigue afligido de incertidumbres, rencores y tristezas

De pronto el lápiz mágico del sol se cuela por un ventanuco y me acaricia los ojos hinchados y la cabeza afiebrada; y me llama con voces de pájaros y de amigos  lejanos; me invita, insistente,  a tomar conciencia de mi propio milagro.

                 Me asomo a la puerta de la cabaña; y le lloro a las montañas soleadas y a los recuerdos felices;  y me siento acariciada por el aire limpio y brillante

«Estás viva. No hay noches eternas». Y pasan las horas, y corren mis lágrimas.

«Despierta; mira, oye, descubre; confía; vive». Y pasan las horas, y se deshacen mis rencores.

               

  Pasó la noche; no sé cuánto durará mi  profunda tristeza, pero ya la siento más liviana.

Con la olorosa presencia del mate que acabo de preparar, me llega un párrafo leído en algún momento joven y feliz:

Pertenecemos a una eternidad cuyos límites apenas intuimos. Somos puntos en el cuadro increíble de la Creación;  y Dios, el dibujante, traza, ilumina y sombrea nuestros días con su maravilloso lápiz de amor: a veces, palabras; otras, un rayo de sol. Confiemos. Cada segundo y cada átomo responden a este trazo invisible y perfecto.»