Archivo del blog

sábado, 30 de julio de 2016

Ser o no ser

Papá era muy pragmático: un buen trabajo era un objeto sólido, austero y útil. Nada de experimentos creativos en la carpintería.  Así de austera y pragmática fue su vida: una mujer callada, trabajadora y ahorrativa, que murió muy pronto; un solo hijo disciplinado y obediente. Trabajar, y mantener a la familia; nada de fiestas, vacaciones ni amigos.  Los dos eran muy poco comunicativos. Una sola vez, ya en el secundario,  el chico llevó a un compañero a la carpintería; pero papá lo hizo marcharse pronto, sin ceremonias.
 La  gente  respetaba al carpintero y comentaba su suerte con ese hijo  tan laborioso y correcto; cómo lo  ayudaba siempre, atraído por su pericia. Sin duda era un chico muy formal; lástima tan aislado; tal vez  soberbio.
¿Le gustaba el oficio? Nadie le preguntó;  si papá llamaba dejaba lo que fuere, hasta  las tareas de la escuela, para dedicarse a la madera. Realmente, llegó a ser un admirable ebanista.
 En la escuela destacaba su talento para dibujar y crear ornamentaciones. Era imprescindible para los actos escolares; pero como el carpintero estaba siempre lleno de trabajo nunca acudió a alguno de ellos.
 Cuando papá se accidentó y murió, el hijo se hizo ayudar por aquel amigo y juntos terminaron los trabajos pendientes.  Después, no abrieron otra vez el negocio, aunque trabajaban dentro. Una vez a la semana cargaban cajones en la camioneta; partían y regresaban dos días después.
Por las noches,  el  fantasma del carpintero se revolvía  entre sorprendido y divertido, cuando los veía enfrascados en hacer preciosos muebles tallados, reposeras y mesitas laqueadas; y luminosos almohadones  de diseños insólitos.  Y, sobre todo,  disfrutar felices de su vida en común.
De nada había valido ahogar las “mariconadas” de su hijo, como su padre lo hizo con él. Ser o no ser, esa era la cuestión.