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domingo, 11 de diciembre de 2016

Entraste en mi vida para siempre


Argentina. 1836. 
Margarita tenía veintiún años cuando llegó a Santa Fé, con la abuela Tiburcia, para visitar al prisionero. Tiempos de guerra civil.
Personaje prominente, José María Paz había sido derrotado y llevado lejos de su Córdoba natal. Tenía cuarenta y cuatro años. Había perdido un brazo en una batalla. 
Conmovida por la suciedad y el envejecimiento de ese hombre que admiraba desde pequeñita, y por los recuerdos de la infancia que él había hecho feliz, Margarita se arrojó en sus brazos, consciente de su total y apasionada incorrección, loca de amor.
Habían pasado ocho días de idas y vueltas, de acompañarlo, limpiarlo, conversar con él cuando se lo dijo:
—Yo me quedo contigo, José María. Hasta que la muerte nos separe.
—Hija, Margarita, estás loca. Vuélvete a Córdoba. Reza siempre por mí, que también te amo. Pero acepta la voluntad de Dios y no arruines tu vida. 
No lo escuchó. Salió sollozando y corrió hacia la iglesia próxima. Media hora más tarde volvía con un fraile.
—Mi tío ha pedido confesión— le explicó al soldado de guardia.
El cura entró a la celda y mientras Margarita aparentaba revisar la mano áspera del vencido, él rezó la fórmula matrimonial y los casó. Allí mismo redactó el parte de la boda. Sentada en el catre, Doña Tiburcia, única testigo, lo firmó.
Esa misma tarde, regresó sola, llorando. 
Revuelo familiar en Córdoba. ¡Cuánta tristeza por el hombre enérgico e inteligente!¡Cuánta pena por esta joven hermosa y promisoria, eternamente enamorada de su glorioso tío y dispuesta a seguirlo en la caída! 
Desde esa noche, Margarita Weild y José María Paz, vivieron en el calabozo durante ocho años. Allí tuvieron tres hijos, y perdieron una. 
Paz se fugó, primero, y luego fue oficialmente perdonado y galardonado. Y otra, y mil veces, traicionado y reivindicado en una vida inestable y dura. Ella siguió a su lado en Argentina, Uruguay y Brasil, en un periplo de nueve hijos, luces y sombras.
Murieron en Río de Janeiro, como horticultores; pobres pero enamorados. Ella se fue antes. 
Hoy descansan juntos, en el atrio de la Catedral de Córdoba