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sábado, 10 de diciembre de 2016

Gitanos


Todos los veranos llegaban los carromatos; los gitanos armaban su campamento a la salida del pueblo, cerca del arroyo. Dos grandes carpas desteñidas.
 Estaba prohibido acercarse; un muro de prejuicios cortaba el paso: «Brujos» «Ladrones» «Mentirosos y sucios» «Cuchilleros». 
      Desde la calle se veía un montón de chicos medio desnudos que acarreaban baldes de agua;  madres, con pañuelo a la cabeza, barre que te barre; se oía la charla llena de gritos; viejas medio tullidas, llenas de recuerdos y siempre mandonas; ruidos de hierros y martillos; olor a traspiración y fritangas de pescado…
A la tarde, caía el muro: envueltas en una nube de agua de colonia, las más bellas jovencitas que se pudiera soñar iban desde el campamento a la plaza, acompañadas de algunas matronas jóvenes, a ofrecer “la buenaventura”, coplas de algún poeta paisano y algunas danzas.  La magia de los presagios y conjuros, y los escotes descarados de las blusas,  derribaban las trabas sociales, y la clientela bullía.
Allí, Pedro conoció a Antonia; lo fascinó con sus remolinos;  se le quedó prendida en los ojos. Desde los tacones nacía el vaivén que subía hacia las caderas y los pechos quinceañeros, y acariciaba sus pollerones coloridos. La acompañaba una gitanita flaca y desaliñada, ideal para resaltar el brillo de la princesa.      
Escuchó los «¡Ole, por la Antonia!...»  Y por ahí: « Antonia, ¿cuándo es el viaje?» «Mañana, después de la fiesta».
Así supo el nombre, y también que no había mucho tiempo… ¿para qué?...
  De regreso, cuando acababan de pasar por su vereda, escuchó las carcajadas de dos muchachotes:
     Eh, gitanas!  Dígannos la buenaventura.
     ¡Vamos, lindas! ¿Quieren vernos las manos?
     ¿Seguro que las manos, nada más?
Avanzaban; Antonia se detuvo; la chiquita salió corriendo hacia el campamento.  La joven  irguió la cabeza,  y  de repente comenzó un siseante canturreo: “Permita Dios…” mientras iba girando y crecía su voz; “que Jesucristo te mande una sarna perruna por mucho tiempo”; los enfrentó, con sus larguísimas uñas y con un grito aullante: “que los diablos te lleven en cuerpo y alma al infierno”… Y finalmente, escupió terribles carcajadas sobre los muchachos, congelados de espanto…
     ¡Antonia, ya vamos!

Corriendo en medio de la calle, la gitanita volvía con un gitano flaco, vestido de mameluco, sudoroso y engrasado. Los bocones se replegaron como inocentes conejos; un gitano enojado es demasiado temible.
La tomó de la mano y Antonia se fue.  Y Pedro  la sintió ahora, prendida en el alma. «¡Valiente!¡Poderosa!¡Hermosa!»
Esa noche lo mantuvo despierto el jaleo del campamento.  Canciones, aplausos, gritos; llamadas a los niños, voces de castañuelas y guitarras; fuerte olor a comidas guisadas, a condimentos extraños. Todo entraba por su ventana, todo era fiesta.
Imaginaba a Antonia en la rueda; bailaría al son de las coplas, envuelta en el serpenteo de sus brazos llenos de pulseras; y su enagua bordeada de puntillas estaría llamando al compañero, por debajo de la falda voladora ¿verde?... ¿roja?...
Y en vez de maldiciones se estarían musitando hechizos de amor: “Una rosa y un clavel, tan diferentes, somos los dos… Dame tu corazón, quema mi alma, quema mi cuerpo.. Dame  tus pensamientos bajo la luna brillante y el sol ardiente…”; él la escuchaba en su alma… ¿o el gitano?... ¿Se llamaría Pedro, el gitano?...
“Ese” Pedro, ahora vestido de chupín negro y chaleco bordó, con el jopo engominado, avanzaba taconeando y palmoteando hacia su princesa. Pedro podía adivinarlo  en su propio cuerpo tenso y bullente; ansioso de la cintura y del corpiño dorado de Antonia; de la boca risueña y de sus ojos pícaros e insinuantes. Sentía arder sus propios ojos, por el brillo de los del otro; sentía como suyo el aliento de su boca húmeda…
Desde las sillas, los viejos animaban el encuentro con palmadas, y frases descaradas y sensuales.
Y él veía y oía y sentía todo desde muy cerca, cada vez más cerca,  como si no estuviera en su cama; como si no tuviera once años;  como si se hubiera animado a pasar el cerco, y hubiera conquistado a Antonia antes de que se fuera en los carromatos, al día siguiente.