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martes, 28 de marzo de 2017

La Laguna


Lo habían fascinado las ninfas en la vieja foto del comedor;  el abuelo le contó que estaban nadando en la laguna del pueblo; le encantaban los cuerpos desnudos, mojados,  brillando al sol.
—¿Así es la gente grande desnuda?— preguntó inocente. Risas. Cuchicheos.
 Quiso ver, preguntar otra vez;  y tocar a los adultos. «Eso es sucio». «Calladito».
Insistió; pero estaba prohibido: ni siquiera su propio cuerpo. Prohibido, a gritos y amenazas sobrenaturales; prohibido, a golpes y penitencias; prohibido, retirando el cuadro.
La eterna sombra invisible de Agustín lo envolvía por fuera: hosco, silencioso, huidizo; solo y agresivo; por dentro, la obsesión era una fogata de urgencias reprimidas: ver, tocar, vibrar.
«Las fogatas se apagan a pisotones»; y él los sentía cada vez más dolorosos: prohibido, prohibido, prohibido… Y la obsesión crecía e incendiaba.
Como tantas otras veces, esa tarde las siguió cuando iban a bañarse a la laguna; quería gozar del cuadro cuando salieran para vestirse.  Tampoco esa tarde el grupo de chicas bulliciosas se percató de su presencia; una sombra más entre la de los viejos árboles. Agustín se asomó sigiloso a la laguna para espiarlas; chapoteaban y reían, desnudas, ingenuas. 
Sintió que su mundo interior estallaba ardiente y poderoso; se lanzó, desnudo y jadeante y rebotó con su grito de miedo  en el pozo vacío en el que alguna vez estuvo la laguna. Una sinfonía de garzas y zorzales tapó el crujido de las ramas y de las piedras sueltas. 
“Encuentran muerto en el fondo de un barranco al anciano paciente del hospital psiquiátrico; el hombre habría salido a pasear y se alejó del predio; siempre deliraba con la laguna que se desecó para urbanización a mediados del siglo veinte.”