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jueves, 27 de abril de 2017

El Choque

El Choque
Cada año, el Día de Reyes, la procesión del Candombe salía a las calles de Buenos Aires. 
Varias crónicas recogen la copla dominante:
“ Celebran el seis de enero/ el día de San Balthazar/,
el Santo más candombero/que se pueda imaginar”.
Aunque se alertaba desde los púlpitos sobre el origen pagano del festejo, los blancos asistían al espectáculo desde veredas y balcones.  No faltaban los frailes que dirigían el Rosario y las beatas que pasaban el cepillo de la limosna.
Desde el cielo gris, la tormenta urgía a la concurrencia. Cientos de africanos y criollos, puros o mulatos, viboreaban al son de panderetas, collares de vainas secas, o cualquier trasto resonante; y entre las coplas en castellano, se filtraban  las plegarias bantú, las preces de hechizos y bendiciones y los requiebros sensuales y obscenos. Los tambores  guiaban a cada Cofradía.  Con estandartes rústicos  y colorinches se identificaban las distintas barriadas  y sus santos cristianos protectores. Dioses  amasijados en el sincretismo que aseguraba la supervivencia…  
 El negro Balthazar inauguraba el desfile. Lucía joven, vibrante y fuerte con su ropa de esclavo: camisa y pantalón blanco, pies descalzos.
Los suyos lo habían reconocido como el elegido de Olorún por su maestría innata con el tambor y su don de gentes. Y por algo como un halo invisible: aquella chispa ladina y fosforescente en sus ojos negrísimos.  Dimanaba una sabiduría superior, que rebajaba el orgullo de los amos; la misma que ahora habría suspendido la tormenta a su decisión.
Aquellos ojos especiales  permanecían fijos en el horizonte del puerto;  tal vez en la evocación de su tierra y de su viaje de esclavo.  
De pronto, giraron apenas hacia la izquierda.
De una de las iglesias salió una procesión: un acólito con incensario y otro con un Crucifijo de largo pie,  precedían a cuatro sacerdotes viejísimos; ellos sostenían sobre los hombros temblorosos un altar portátil de la Dolorosa, con sus manitas orantes y su corazón ensangrentado. Detrás de los ancianos, un grupo de niños vestidos de angelitos cantaba “Perdón, Señor”, “Líbranos del Maligno”.
El redoble magistral del tambor cambió a un ostinato bronco, amenazante;  se alteró la marcha de la serpiente multicolor; el paso vibrante se volvió aleteo sigiloso.
Entonces, Balthazar sacudió las baquetas en el aire. Silencio tembloroso.  Hubo un estallido atronador, y  el rayo estrepitoso se desprendió del cielo amenazante;  en medio de alaridos de terror  la gente se arrodillaba y se persignaba.  Los chiquillos y los viejitos corrieron espantados al templo, y la buena María alcanzó a ser atrapada entre el aire y los adoquines por dos creyentes próximos: uno blanco y uno negro.

El candombe reinició la marcha. Balthazar lucía impasible; ni una sonrisa, ni una corchea a destiempo. Detrás, las carcajadas desvergonzadas sacudían el cielo expectante.