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viernes, 7 de abril de 2017

Mi roca, mi baluarte


La fila patética de los presos  vestidos con pijamas inmundos,  se desplazó desde los barracones por el terreno helado y ventoso; no tenían edad: todos estaban aplastados por  la misma desnutrición física y moral.
Pocos guardias flanqueaban la línea de espectros; no se necesitaban demasiados para contener a estos infelices,  tan ausentes ya…
David marchaba entre ellos; parecía uno más, tan flaco y tan sucio como todos.
Día a día recibió su jarro ardiente de bazofia; percibió el jadeo acatarrado de los enfermos, obligados a cavar, tal vez sus propias tumbas;  los vio caer y cómo los ultimaban a culatazos; oyó el rumor sobre los desaparecidos, y olió el extraño humo acre.
Mientras  iban muriendo las esperanzas, una llama invisible calentaba todavía su corazón: David iba cantando  Salmos en su garganta silenciosa.  Eran su patrimonio  de judío fervoroso:  la Fe en Yahvé, lo que jamás le robaría la miseria del campo.
“Tú eres, Señor, mi Fortaleza, mi Roca, mi Baluarte, mi Libertador.”
No sabía si estaba enloqueciendo, pero una voz interior lo cuestionaba: «¿Por qué no me proclamas? ¿Tienes miedo de morir? Eres uno de mis elegidos»
La pregunta crecía en la tragedia cotidiana; siseante, zumbona, clara…
…y  se hizo enérgica, esa mañana, cuando tuvo la visión:  El Sabbath de la infancia; la madre prendiendo los cirios; la Fe vibrante en la alegría y el Amor de la familia; las velas que se consumían hasta morir entre canciones y alabanzas…«morir entre canciones de alabanza»…«volar al Hogar entre canciones de alabanza»...
Entonces estalló su canto súbito y vibrante: “Tú eres, Señor, mi Fortaleza, mi Roca, mi Baluarte, mi Libertador”.  
Y el canto de otros que soltaban también, sus voces… 
Y también estallaron las balas;  y  mientras los cuerpos caían, ellos se veían, sangrantes, desde el anhelado  carro de fuego de Eliseo, en que ahora viajaban.