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jueves, 4 de mayo de 2017

Caleidoscopio

El suspiro  me llega desde su casa. ¡Está tan lejos!  Casi nunca lo veo…pero llega, y se acurruca en mi corazón. Y yo no puedo dormirme otra vez y echarle la culpa a algún mosquito desubicado.
No entiendo cómo un suspiro tan distante pudo despertarme y desvelarme en plena madrugada. Pero yo sé que es él,  el que suspira… ¿O solloza? Como tantas otras noches, desde que saqué su cuna de nuestro dormitorio. Entonces yo sabía que estaba soñando, o jugando con sus manitos; o que tenía fiebre o cólicos.
Ahora es un hombre, y está construyendo una buena vida;  ahora suspira feliz, supongo; sus niños son hermosos, sanos y alegres; su mujer es muy buena compañera;  o tal vez está llorando por dentro, aunque se ahogue, como le han enseñado, porque es varón;  porque lo abruman las deudas; o porque está en una crisis de pareja; ¿o porque nos  extraña?  ¡Capaz que sí!¡Seguro!
Me he reído mientras sigo jugando con este caleidoscopio de posibilidades  blancas y negras porque sé que  soy yo la del suspiro; que no vino de lejos, sino de muy, muy cerca, desde adentro; más que del corazón, del útero, aunque ya está viejo y reseco. Que lo extraño, a veces,  en el nido vacío; sin embargo no quiero tenerlo aquí más de unas horas; porque estaría todo mal, entonces; que sólo quiero un beso, un “hola, mami” y muy pocas confidencias;   que no sé nada más que lo que él me cuenta;  y no quiero intuiciones; es lo que puedo y debo saber.

«Dormite, entonces; relajate.  Suspiró porque está vivo; una de cal y una arena; así es la vida»