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domingo, 11 de diciembre de 2016

Entraste en mi vida para siempre


Argentina. 1836. 
Margarita tenía veintiún años cuando llegó a Santa Fé, con la abuela Tiburcia, para visitar al prisionero. Tiempos de guerra civil.
Personaje prominente, José María Paz había sido derrotado y llevado lejos de su Córdoba natal. Tenía cuarenta y cuatro años. Había perdido un brazo en una batalla. 
Conmovida por la suciedad y el envejecimiento de ese hombre que admiraba desde pequeñita, y por los recuerdos de la infancia que él había hecho feliz, Margarita se arrojó en sus brazos, consciente de su total y apasionada incorrección, loca de amor.
Habían pasado ocho días de idas y vueltas, de acompañarlo, limpiarlo, conversar con él cuando se lo dijo:
—Yo me quedo contigo, José María. Hasta que la muerte nos separe.
—Hija, Margarita, estás loca. Vuélvete a Córdoba. Reza siempre por mí, que también te amo. Pero acepta la voluntad de Dios y no arruines tu vida. 
No lo escuchó. Salió sollozando y corrió hacia la iglesia próxima. Media hora más tarde volvía con un fraile.
—Mi tío ha pedido confesión— le explicó al soldado de guardia.
El cura entró a la celda y mientras Margarita aparentaba revisar la mano áspera del vencido, él rezó la fórmula matrimonial y los casó. Allí mismo redactó el parte de la boda. Sentada en el catre, Doña Tiburcia, única testigo, lo firmó.
Esa misma tarde, regresó sola, llorando. 
Revuelo familiar en Córdoba. ¡Cuánta tristeza por el hombre enérgico e inteligente!¡Cuánta pena por esta joven hermosa y promisoria, eternamente enamorada de su glorioso tío y dispuesta a seguirlo en la caída! 
Desde esa noche, Margarita Weild y José María Paz, vivieron en el calabozo durante ocho años. Allí tuvieron tres hijos, y perdieron una. 
Paz se fugó, primero, y luego fue oficialmente perdonado y galardonado. Y otra, y mil veces, traicionado y reivindicado en una vida inestable y dura. Ella siguió a su lado en Argentina, Uruguay y Brasil, en un periplo de nueve hijos, luces y sombras.
Murieron en Río de Janeiro, como horticultores; pobres pero enamorados. Ella se fue antes. 
Hoy descansan juntos, en el atrio de la Catedral de Córdoba

sábado, 10 de diciembre de 2016

Gitanos


Todos los veranos llegaban los carromatos; los gitanos armaban su campamento a la salida del pueblo, cerca del arroyo. Dos grandes carpas desteñidas.
 Estaba prohibido acercarse; un muro de prejuicios cortaba el paso: «Brujos» «Ladrones» «Mentirosos y sucios» «Cuchilleros». 
      Desde la calle se veía un montón de chicos medio desnudos que acarreaban baldes de agua;  madres, con pañuelo a la cabeza, barre que te barre; se oía la charla llena de gritos; viejas medio tullidas, llenas de recuerdos y siempre mandonas; ruidos de hierros y martillos; olor a traspiración y fritangas de pescado…
A la tarde, caía el muro: envueltas en una nube de agua de colonia, las más bellas jovencitas que se pudiera soñar iban desde el campamento a la plaza, acompañadas de algunas matronas jóvenes, a ofrecer “la buenaventura”, coplas de algún poeta paisano y algunas danzas.  La magia de los presagios y conjuros, y los escotes descarados de las blusas,  derribaban las trabas sociales, y la clientela bullía.
Allí, Pedro conoció a Antonia; lo fascinó con sus remolinos;  se le quedó prendida en los ojos. Desde los tacones nacía el vaivén que subía hacia las caderas y los pechos quinceañeros, y acariciaba sus pollerones coloridos. La acompañaba una gitanita flaca y desaliñada, ideal para resaltar el brillo de la princesa.      
Escuchó los «¡Ole, por la Antonia!...»  Y por ahí: « Antonia, ¿cuándo es el viaje?» «Mañana, después de la fiesta».
Así supo el nombre, y también que no había mucho tiempo… ¿para qué?...
  De regreso, cuando acababan de pasar por su vereda, escuchó las carcajadas de dos muchachotes:
     Eh, gitanas!  Dígannos la buenaventura.
     ¡Vamos, lindas! ¿Quieren vernos las manos?
     ¿Seguro que las manos, nada más?
Avanzaban; Antonia se detuvo; la chiquita salió corriendo hacia el campamento.  La joven  irguió la cabeza,  y  de repente comenzó un siseante canturreo: “Permita Dios…” mientras iba girando y crecía su voz; “que Jesucristo te mande una sarna perruna por mucho tiempo”; los enfrentó, con sus larguísimas uñas y con un grito aullante: “que los diablos te lleven en cuerpo y alma al infierno”… Y finalmente, escupió terribles carcajadas sobre los muchachos, congelados de espanto…
     ¡Antonia, ya vamos!

Corriendo en medio de la calle, la gitanita volvía con un gitano flaco, vestido de mameluco, sudoroso y engrasado. Los bocones se replegaron como inocentes conejos; un gitano enojado es demasiado temible.
La tomó de la mano y Antonia se fue.  Y Pedro  la sintió ahora, prendida en el alma. «¡Valiente!¡Poderosa!¡Hermosa!»
Esa noche lo mantuvo despierto el jaleo del campamento.  Canciones, aplausos, gritos; llamadas a los niños, voces de castañuelas y guitarras; fuerte olor a comidas guisadas, a condimentos extraños. Todo entraba por su ventana, todo era fiesta.
Imaginaba a Antonia en la rueda; bailaría al son de las coplas, envuelta en el serpenteo de sus brazos llenos de pulseras; y su enagua bordeada de puntillas estaría llamando al compañero, por debajo de la falda voladora ¿verde?... ¿roja?...
Y en vez de maldiciones se estarían musitando hechizos de amor: “Una rosa y un clavel, tan diferentes, somos los dos… Dame tu corazón, quema mi alma, quema mi cuerpo.. Dame  tus pensamientos bajo la luna brillante y el sol ardiente…”; él la escuchaba en su alma… ¿o el gitano?... ¿Se llamaría Pedro, el gitano?...
“Ese” Pedro, ahora vestido de chupín negro y chaleco bordó, con el jopo engominado, avanzaba taconeando y palmoteando hacia su princesa. Pedro podía adivinarlo  en su propio cuerpo tenso y bullente; ansioso de la cintura y del corpiño dorado de Antonia; de la boca risueña y de sus ojos pícaros e insinuantes. Sentía arder sus propios ojos, por el brillo de los del otro; sentía como suyo el aliento de su boca húmeda…
Desde las sillas, los viejos animaban el encuentro con palmadas, y frases descaradas y sensuales.
Y él veía y oía y sentía todo desde muy cerca, cada vez más cerca,  como si no estuviera en su cama; como si no tuviera once años;  como si se hubiera animado a pasar el cerco, y hubiera conquistado a Antonia antes de que se fuera en los carromatos, al día siguiente.



miércoles, 9 de noviembre de 2016

LA QUINTA ESQUINA


Así se llamaba la zona de calles en diagonal; y así se llamaba el bodegón. Todas las noches los tahúres se sentaban alrededor de una mesa pentagonal; los lugares estaban numerados, del uno al cinco El anotador  se sentaba siempre en la  quinta esquina, cerca de la barra, para atender al mismo tiempo algún pedido de refuerzo. El tintineo de los dados jugaba sobre el humo con la música del gramófono.  En el número uno, Julieta, la preciosa bailarina treintañera, acompañaba la ronda, sentada sobre las rodillas del tonto de turno, para que se desconcentrara y pudieran “pelarlo”.
La noche del crimen,  las luces amarillentas del bodegón  pintaban  el tronco de un paraíso y la primera hilera de baldosas de la vereda; más allá todo estaba en tinieblas.  Pero la música estridente alcanzaba a los vecinos que trataban de dormir.
Pablo Flores  se sumergió en el bullicio incongruente de “La Quinta Esquina”. ¿Por qué incongruente? Porque no había nadie en el salón.
Nadie vivo, digamos. En el piso, estaba Julieta… Degollada.
Sobre la mesa pentagonal, en un charco de bebidas,  flotaba un revoltijo de dados y ceniceros llenos. Los vasos y botellas en añicos eran la alfombra de la bailarina.
No se espantó por los ojos desorbitados y la boca abierta en el grito final; ya estaba curtido en estas lides. No se detuvo a verificar si realmente estaba muerta; su ojo profesional de policía inteligente lo había detectado al instante; también sabía que la escena del crimen no se toca en ausencia del cuerpo judicial; y además, su tremenda barriga  no  le permitía acuclillarse.
«Habría que llamar a la policía» pensó. Pero estaba muy cansado y no tenía apuro: se sentó y se puso a mirar el cadáver de la chica. Varias veces habían estado juntos,  por las tardes, en cualquier hotelucho próximo. Lástima que su figura descuidada y decadente y su bolsillo raquítico de jubilado, no colmaron las expectativas de Julieta; no es fácil conseguir clientes  para un bar en una ciudad pequeña. Ahora que  tenía algunas nuevas ofertas favorables, Pablo había venido  a buscarla; pero ya era tarde.
«Triste» pensó. Y se rascó la calva.
 Pero, después de todo- pensó- si el bolsillo tampoco alcanzaba, ella volvería a irse, porque él no rejuvenecería; su cabello no iba a crecer ni bajaría de peso.
Algo le molestaba en la calva, o a causa de la calva, y no podía entenderlo… Parecía como una luz creciente que  afloraba en su cabeza agotada.  Apoyó el codo en la quinta esquina, en donde había estado anotando… ¿unas horas antes? …¿un rato antes?
Florecían los recuerdos: se había  ido, borracho y furioso porque  el de la primera esquina  toqueteaba demasiado a Julieta, y seguía ganando. Furioso porque ella  lo disfrutaba sin cuidar del negocio. Cada vez más furioso, hasta que rompió el vaso en que estaba bebiendo. Tan rabioso, que no escuchó los gritos y las carreras de los que escapaban llevándose la mesa por delante cuando él se paró y la tironeó  hacia el vaso que acababa de trizar y con el que le rebanó su precioso y despavorido cuello.  
Volvió a mirar el cadáver y a tocarse la cabeza: la mano  de Julieta se crispaba sobre  su ausente peluquín.

Una sirena aullante acompañó la frenada del  auto policial. Los jugadores que habían huído entraron gritando, junto a dos agentes. Entonces, Pablo hundió violentamente   un trozo de vidrio en su propio cuello. 

EL ECLIPSE (A partir del cuento homónimo de Antonio Monterroso)


Este cuerpo mutilado a merced de los carroñeros, es mi cuerpo; pero mi corazón que todavía gotea sangre está en su templo, en manos del Rey y de sus sacerdotes..
“Bartolomé, es llegada tu hora.”
No  hace ni una hora que la selva cerró su cerco asfixiante y me entregó a los mayas.
                Te invoqué, Dios mío, con la ciencia que me hiciste conocer; pero el Demonio les dictó a estos ignorantes, los profundos secretos de los cielos, y tu proyecto de luces  y sombras a través de los siglos.
                ¡Ah, Dios mío! Yo sé que ahora viene mi gloria, que es la tuya. Sin duda, mi corazón irradiará tu luz sobre estas gentes, y un fuego purificador aniquilarà al Demonio.
                Aquí, Señor, se cierra el ciclo de tu mandato; mi rey, Carlos V sabrá que no he defraudado su confianza. ¡Gloria! ¡Hossana! ¡Arrodillaos, infieles1
                Pero, ¿qué es esto?.Mi corazón lleno de escupitajos va rebotando entre los pies del pueblo y cae en un profundo pozo plagado de bestias rabiosas.

                Dios Mío… Confié en que compartiría tu Pasión y tu Resurrección. ¿Por qué me estás abandonando? ¿Por qué me eclipsas?

El perdón

El Perdón
Juana y Blanca murieron el mismo día, a la misma hora: un Viernes Santo a las tres de la tarde.
Esto determinó que la separación que se habían impuesto cinco años atrás terminara, de golpe, a la Puerta del Paraíso.
Una historia de amor frustrado, engaño, envidia y muerte había separado a las hermanas. En el medio estaba el fantasma de Ismael.  Blanca lo amaba y Juana se lo había quitado con un embarazo fingido. Blanca se confió a una bruja,  y el bebedizo que ella le dio para recobrarlo resultó mortal para Ismael.
Junto a la puerta, Juana y Blanca se agitaban enfrentadas en anhelos de sangre; pero no había uñas, ni manos, ni carótidas: sólo el odio, mal sepultado bajo una montaña de buenas obras con las que buscaron, inútilmente,  sanar en vida su ira y remordimiento,
 La Puerta del Paraíso estaba cerrada con un grueso candado de nubes indestructibles: pero el frenesí de los sentimientos de las mujeres sacudió la Puerta; Jesús y el bueno de San Pedro alcanzaron a oírlo.
—Maestro— rezongó el viejo portero—Son las que mataron a Ismael. Otro par de almas indignas, que pretenden la bienaventuranza. Justamente en este día…
Jesús hizo un gesto de infinita paciencia: «Pedro… no te olvides del gallo…! Avísale a Ismael y a los querubines»
Como en el “Hágase” del Paraíso, Ismael apareció en medio de las hermanas y las abrazó en silencio.  Los angelitos rompieron a cantar: «Perdón, perdón. Mi alma tienes sed de Ti», Y ellas lo coreaban bañadas de lágrimas y de luz. «Perdón, hermana,» sollozó Blanca». «Perdón, hermana,» suspiró Juana.
Ahora la puerta estaba abierta. Las manos de Jesús, claveteadas y resucitadas desde la eternidad, dibujaban sobre sus cabezas las buenas obras que habían realizado.
 «Yo soy el Perdón», sintieron más que oyeron.
Y se encontraron en el Cielo.




lunes, 31 de octubre de 2016

MIEDO


Anochecía y en la calle  se iban encendiendo algunos faroles.  La tormenta agazapada en el horizonte, henchida de malos presagios, se puso en marcha desde los cerros cercanos y avanzó derramando tinieblas. De pronto, se cortó la luz en todo el pueblo y estalló el rayo.
Cerró ansioso los postigos; atenazado de miedo, recordó la inundación del mes anterior; el brutal remolino negro y helado que se había llevado tantas casas, fotos, perros, plantas… Tantas vidas que seguían latiendo y reconstruyéndose;  y tantas otras que no volvieron a respirar, como la de su esposa.
Entonces escuchó otra vez los cascos que retumbaban en el  pavimento y el grito débil de la mujer.  Y al instante, el alarido y el relincho desesperados  y el chapoteo jadeante contra la correntada.  
Y otra vez el miedo se le hizo terror, parálisis. Pero su cabeza y su corazón latían descontrolados. Abrir la puerta para brindar socorro era adelantar la entrada del agua en su casa. Quedarse, sin más, era morir a su condición humana, a su impulso de ayudar, de salvar, de salvarla… ¿A quién? ¿Dónde estarían ya la mujer y el caballo? «¡Quédate!»« ¡Tranca todo!»«¡Abre!» «¡Se estarán ahogando!»
Ya no los oía cuando cayó de rodillas, entre estertores angustiosos,  con las manos en la garganta y el pecho. El agua borboteaba por debajo de su puerta; goteaba el techo en medio de las tinieblas. Sintió que su mujer lo llevaba de la mano hacia una esquina lóbrega donde yacía junto al caballo; ya no tenía miedo; él también se había ido.


viernes, 30 de septiembre de 2016

El otro yo

Este cuento desarrolla una posible segunda historia a partir de "Hernán", de Abelardo Castillo (argentino- 1935). Contiene, asimismo, un poema de Alfonsina Storni: "La caricia perdida"

Quiero contarlo ahora, para no olvidarlo.  Para mantener el equilibrio sin invadir el espacio ajeno.
Cuando la señorita Eugenia entró por primera vez al aula, el otro Hernán me dictó la pregunta: «¿Por qué sigue siendo señorita?»
«Sos un degenerado, Hernán», me llegó el cuchicheo entre risas ahogadas.
Yo no era un ídolo indiscutible;  no había vivido ninguna de esas emociones rebeldes que se comparten con los amigos y cuyo mayor encanto es el secreto. Las risas alentaron al Hernancito malo que no puede volar por ahí dando disgustos a sus padres, y que de un codazo le cerró la boca al Hernancito modelo: «Vos sabés que no alcanza con ser abanderado y poeta y tener buena memoria; ellos, los otros, son  los dueños de las decisiones a la hora de hacer una fiesta, de invitar  o de presentarte  a una hermana, a una amiga. A los dieciocho, alguna vez se puede ser cretino: se puede pisar la patineta y echarse calle abajo en busca de aplausos. Allá vamos: cartitas, recitados, miradas». Y nos lanzamos, ella y yo, en nuestras patinetas transgresoras.
Pero esa tarde, cuando bailé con ella y la invité a pasear al astillero, me dolía el estómago; sentía que estaba descarrilando, y que nos estrellaríamos contra aquel barco viejo.
La Señorita Ingenua, perdón, Eugenia, también lo había advertido. El pimpollo de pasión que empezaba a enraizar en su alma llena de poemas ajenos se estaba malogrando bajo una llovizna de miedo y de realidades. «Será mi primera vez. No juegues conmigo, por favor. No destruyas mi sueño de amor» solloza su corazoncito palpitante.
Pasé mi brazo sobre sus hombros; recostó la cabeza…
Entonces… Se miraron, tensos.
«Es tu oportunidad de ser uno más, no un bicho raro»«No. Es tu oportunidad de encontrarte y de quererte»
—Vamos; usted sabe que esto no puede ser cierto, y que es un juego de chicos tontos. No sé qué estuve pensando. (El angelito bueno aletea).
Con las mejillas rojas, y el pecho agitado despierta Eugenia, avergonzada, espantada de sí misma. «Idiota», le dicen sus propios ojos llorosos. Respira hondo:
No, realmente; no puede ser… Ya ves cuántas tonteras puede hacer un adulto, Hernán, cuando no es dueño de sí mismo; fue una chiquilinada de los dos.
— No llore, Eugenia. Perdóneme. Volvamos. Nadie sabrá nada de esto. «¿Nadie? ¿Cómo quedás con los muchachos? Vamos, decile algo»
Y entonces se aliaron; como tantas veces  me pasó en la vida, Hernancito, el poeta, buen alumno y su mellizo el atorrante: “—Yo soy un enamorado de las letras y de su sencillez— le dije —; por favor, no quiero olvidarme de este día de aprendizaje: déjeme algo suyo, de la poesía que la inunda”.
Y ella también integró sus dos mitades. “Tonta. Me imagino la apuesta. Hasta aquí llega mi ingenuidad.” Con manos temblorosas, sin dudar, llevó sus manos al cuello y se quitó la bolsita de laurel: “¡Tomá, chamuyero! Mañana nos veremos en el aula. Sos tan niño… Chau. Me vuelvo en el ómnibus”.
A la mañana siguiente, la bolsita de alcanfor (o laurel, no está muy claro) colgaba del marco del pizarrón, como una palomita perdida.
La señorita Eugenia entró al aula, clavó la mirada entre espantada y dolorosa en el pizarrón y en mí. Luego respiró profundamente, muy hondo, y ordenó: «Lectura silenciosa “La caricia perdida”, de Alfonsina Storni;  página catorce de la Antología».  Mientras la buscábamos,  tomó la tiza, descolgó la bolsita  y la echó al basurero.

La Caricia Perdida-  Alfonsina Storni
Se me va de los dedos la caricia sin causa,
Se me va de los dedos... En el viento, al pasar.
La caricia que vaga sin destino ni objeto,
La caricia perdida, ¿quién la recogerá?
Pude amar esta noche con piedad infinita,
Pude amar al primero que acertara a llegar. 
Nadie llega. Están solos los floridos senderos. 
La caricia perdida, rodará... rodará...
Si en los ojos te besan esta noche, viajero,
Si estremece las ramas un dulce suspirar,
Si te oprime los dedos una mano pequeña
Que te toma y te deja, que te logra y se va.

Si no ves esa mano, ni la boca que besa,
Si es el aire quien teje la ilusión de besar,
Oh, viajero, que tienes como el cielo los ojos,
En el viento fundida ¿me reconocerás?

lunes, 15 de agosto de 2016

Mi familia, el Jueves Santo de 1948

                                          Premiado en Concurso "Raíces de Nuestra Córdoba- Caja de Jubilaciones de la Pcia.(Espacio Illia) - Julio de 2016         

1-  En 1948 yo estaba en segundo grado, y era el único hijo y el único nieto, en mi familia; se imaginarán lo mimoso que era; pero a la hora de cumplir deberes no había excepciones: la escuela, la iglesia, la higiene, el respeto y los permisos no se negociaban.
Mi tía Dolores y la abuela Martirio vestían con ropa sencilla y pulcra, pero casi no usaban cosméticos ni peinados raros. El abuelo anunciaba a gritos su carácter de gallego aldeano y labriego.  Llegados de España, se asentaron  en San Vicente, un barrio de quintas y granjas; cuando avanzó la urbanización, hacia 1925, desaparecieron muchos de estos espacios;  pero ellos siguieron ahí, vendiendo los productos de la casa en un galponcito contiguo a su sencilla vivienda. Mi papá fue al colegio salesiano San Antonio; la tía Dolores, al Santa Margarita; ambos eran colegios privados, sin demasiadas pretensiones  económicas, pero bastante exigentes en las prácticas religiosas.
Mi mamá y mi tía Beatriz usaban siempre “trajecitos sastre”, tacones y sombrerito, iban a la peluquería a “hacerse peinar” y se pintaban. Las dos se habían recibido de maestras en el Carbó, sabían tocar el piano y escribían poemas.  Vivían en el Centro, e iban a Misa a la Catedral. Se reunían con amigos de “la Escuela” los domingos a la tarde; iban al cine; a “La Oriental”, a tomar té con masas; a “El Plata”, a bailar y tomar un refresco.
¿Cómo fue que Felipe, mi papá, se casó con “esta pituca de Martita”? Porque tanto fastidió con el estudio que el abuelo accedió a que fuera abogado, ya que era muy, muy inteligente; mi papá se fue alejando despacito de las costumbres y las ideas de su casa; conoció gente liberal, se aficionó al teatro, al cine y a las muestras de pintura; pero como no avanzaba demasiado en la Universidad, mi abuelo le cortó los víveres: a trabajar; entró al ferrocarril con el apoyo de sus antiguos compañeros de facultad, y prosperó.  Entonces se puso de novio y se casó. Así llegué al mundo, en 1940, y produje, con mi seductora presencia, la unión familiar de esta gente tan buena y tan diferente.
II-  Y ahora vuelvo a este especial Jueves Santo lleno de sol. La chacrita de la abuela Martirio irradiaba vida; mientras yo disfrutaba los primeros minutos de pereza la escuchaba diciendo “pipipipipipí” y sacudiendo la canasta del maíz para los pollos. El coro de píos y cloqueos  y el ladrido del Sultán, un perro bravo, atado a la higuera, me llegaba a la cama; y también el aroma del desayuno, que debía de estar preparando la tía Dolores.
Iba llegando el final del ensueño;  minutos más tarde, la abuela me despertó canturreando y palmeando una copla antigua, seguramente gallega:
“Levántate pecador /no duermas tan descansado/no venga la muerte y te halle/ sin haberte confesado”. Iba abriendo las ventanas de par en par, cosa de que la muerte se alejara de un ambiente tan saludable; pero no se quedó tranquila:
Hala, hala dijo mientras me sacudía La noche es para dormir y el día para ganarse el cielo. ¡Arriba!
Y no dejó de revolver cobijas y acomodar zapatos hasta que me vio de pie, rumbo al baño.
Para mi abuela, controlar  la práctica cotidiana de nuestras virtudes,  era una misión sagrada e irrenunciable; especialmente, la lucha contra la pereza y la indiferencia religiosa.
Volví al dormitorio. Mi abuela se había ido de ahí para que yo, un varoncito ya crecido (ocho años), pudiera vestirme  en privado como debía ser.
—Vamos—gritó desde el pasillo— ¿Por qué tanta demora? Demasiadas atenciones para estos cuerpos de pecado.
—¡Mamá, por favor; es una criatura!— clamó la Tía Dolores, la hermana de mi papá.
Cuando esperaba la perorata sobre lo mal que nos educaban nuestros padres y familiares, se abrió la puerta de calle: el abuelo y mi papá volvían de mi casa, junto con la otra tía, Beatriz, la hermana de mi mamá.
¡Papá! ¡Tía Beatriz!— Corrí a abrazarlos, sobre todo a la tía, que me comió a besos; papá era siempre sobrio en el saludo; los tres lucían correctísimos: la tía, preciosa como siempre;  papá y el abuelo con su traje gris y su corbata azul oscuro. Pero el abuelo no perdía su aire rústico, tal vez porque se había puesto una boina de pana y sus zapatos  se notaban viejos y ajados.
¡Ya nació! ¡Ya nació! ¡Una nena! ¡Todo bien!— coreaban a dúo, mientras abrazaban a la abuela y a la otra tía.— ¡Un parto rápido y feliz!
—¿Un qué?—pregunté yo.
Dos “chist” enérgicos de las tías, callaron las efusiones.
—Tenés una hermanita— dijo mi papá; parecía contento; pero no me dio un abrazo, por supuesto: esas son cosas de mujeres; al varón, nada de ñoñeces.
—¿Qué dijeron?— volví a preguntar.
—Eso, eso; que la cigüeña le dejó la niña a tu madre en el patio; y que estaba feliz— se embarullaron  las tías.
—Yo escuché “parto”— insistí, sin éxito.
—Tontas— rezongó por lo bajo mi abuela—.  Que nació tu hermanita, nada más;  y me dio un besote, baila que baila conmigo, mientras el abuelo batía palmas y sacudía la cabeza.
¡Pucha! Recién ahora caigo en la cuenta; los abuelos no pensaban como los padres y los tíos. ¿Será porque los viejos estaban acostumbrados a trabajar codo a codo con la madre y hermanas? ¿A verlas parir en casa igual que veían parir a los animales?  Toda una fabulería para escondernos lo más natural del mundo.

—A desayunar— avisó la tía Dolores. Y nos sentamos alrededor de una mesa fuerte y relavada; el desayuno era abundante pero sencillo, y casi toda la comida era casera: pan, dulce de naranjas; la leche, recién ordeñada y traída de los campos cercanos: veinte cuadras, a lo sumo.
—¿Cómo se llamará? le dijo la abuela a papá .Piensa que ha nacido en Semana Santa: Pascuala, Cruz, o Martirio, como yo.
Las tías se taparon las bocas con las servilletas: papá lanzó una carcajada, pero la cortó por la mitad, ante la fuerte mirada de su madre.
     No lo sabemos, todavía, viejita.  Lo normal es que lleve el nombre de la mamá, ¿no?
La abuela bajó la cabeza y rezongó: “No se respeta nada, hoy en día”. Pero se le pasó pronto. El abuelo había desaparecido; pero volvió a desayunar con su mameluco y alpargatas, listo para la chacra.
—Bueno—determinó la abuela—, basta de estar de ociosos;  chicas, hay mucho que hacer; a la tarde hay que ir a conocer a la nena y a hacer la visita a las siete iglesias.
     «Uuuh», recordé mientras levantaba las tazas y las llevaba a la pileta. «¡Semana Santa!¡No hay clase hasta el lunes!».
—Siete iglesias, nada menos— rezongó por lo bajo mi papá.  —Mi viejita; la charlan estos curas. Vengase conmigo y el Pedrito a conocer a la nena. Así Beatriz y Dolores charlan a gusto.
—Aay—suspiró tía Beatriz— no traje ropa de entrecasa, Dolores; no voy a poder ayudar mucho. Creo que me vuelvo para acompañar a Marta y a la nena. ¿Vamos con papá, Pedrito? ¡Hasta luego!— Besó a Dolores, pero mi abuela le esquivó el beso.
—A la tarde voy a conocer a tu hermanita y te llevo a las Iglesias;  estate listo—ordenó la abuela.
 Y me tentó con una promesa: flan con dulce de leche.
III-  Así es que a las 18 horas entré a la Catedral, de la mano de la abuela, y con la escolta de las tías. Papá y el abuelo se quedaron con mamá.
Mamá me llevaba los domingos, aunque en el Santo Tomás nos daban la Catequesis y la Misa. De entrada me sentí transportado al cielo en una nube de incienso y música de órgano.  Hice la genuflexión a las apuradas; la abuela me frenó el avance y me ordenó saludar bien al Señor y usar agua bendita.
Todo sucedía en la parte delantera del templo, en el altar precioso, lleno de brillos y santos. Como siempre, el Cura se daba vuelta, de vez en cuando; las fórmulas en latín me eran tan familiares como las criollas; el año próximo iba a hacer la Primera Comunión y sería monaguillo.
Cuando escuchamos “Ite Missa Est”, salimos volando, porque pronto sería de noche y las Iglesias debían de ser siete, para honrar a la Eucaristía; las tías se habían hecho humo con algunos jóvenes de la Acción Católica; «cada cual honra al Señor como se lo dicta el Espíritu, pienso hoy».
Nosotros hicimos las “Visitas”: siete Padrenuestros, Avemarías y Glorias, y siete “Adorado y Alabado sea el Santísimo Sacramento del Altar”, en la Compañía, San Francisco, Santa Teresa… y cuando salimos corriendo hacia Santa Domingo, dije:
—Me hago pis, abuela; y tengo hambre. Vamos  a una confitería.
—No hay ninguna abierta, hoy. ¡Bueno estaría! ¡Un Jueves Santo!
—Pero yo no doy más— insisití, con las piernas cruzadas.
—Aguántate, que eres hombre; más sufrió Nuestro Señor por nosotros.
—Quiero ir al baño, por favor; no aguanto más. Mirá, hago ahí en ese arbolito de la vereda y vamos; aguanto el hambre.
  Mi abuela miró para todos lados y con mucha vergüenza me dio la espalda: casi un hombre,  orinando en público el Jueves Santo, era una horrible afrenta para aceptarla sin más.
  Apenas había terminado mi cometido cuando la abuela se prendió a mi brazo:
— ¡Ay, Dios mío! ¡Un perro negro! ¡Puede ser una señal del enojo del Señor!
—No es negro, abuela; es gris, como el de Don Bosco; era un ángel que lo acompañaba a llevar la Comunión,  me contó mi papá que le dijeron los salesianos.
Un poco más serena iba a reiniciar la marcha hacia la Calle Ancha, cuando tropezó con una baldosa rota y se cayó en la vereda oscura. Entre sus ayes y mis gritos parecíamos anticipar el Viernes Santo. Le sangraba la rodilla y pedía perdón por no cumplir con la celebración.
Pasaba bastante gente, con lo del Jueves Santo y Las Visitas. Pronto tuvimos ayuda para la abuela;  un dominico  angelical en su hábito blanco, la ayudó a subir al coche de otro feligrés: “Una persona de bien, señora; vaya usted en paz. Dios conoce su corazón”.
       En cinco minutos estábamos en casa. Papá la llevó a la suya. Me quedé sin flan, pero no me importó demasiado.
Cuando arrancó el auto, me acurruqué junto a mamá y a mi preciosa hermanita; menos mal que mamá la esperaba en el patio, si no, a saber qué golpazo le habría dado la cigüeña desde el aire. Y menos mal que le pusieron María Marta.














Mi familia, el Jueves Santo de 1948

                                          Participante  del Concurso "Raíces de Nuestra Córdoba- Caja de Jubilaciones de la Pcia.(Espacio Illia) - Julio de 2016         

1-  En 1948 yo estaba en segundo grado, y era el único hijo y el único nieto, en mi familia; se imaginarán lo mimoso que era; pero a la hora de cumplir deberes no había excepciones: la escuela, la iglesia, la higiene, el respeto y los permisos no se negociaban.
Mi tía Dolores y la abuela Martirio vestían con ropa sencilla y pulcra, pero casi no usaban cosméticos ni peinados raros. El abuelo anunciaba a gritos su carácter de gallego aldeano y labriego.  Llegados de España, se asentaron  en San Vicente, un barrio de quintas y granjas; cuando avanzó la urbanización, hacia 1925, desaparecieron muchos de estos espacios;  pero ellos siguieron ahí, vendiendo los productos de la casa en un galponcito contiguo a su sencilla vivienda. Mi papá fue al colegio salesiano San Antonio; la tía Dolores, al Santa Margarita; ambos eran colegios privados, sin demasiadas pretensiones  económicas, pero bastante exigentes en las prácticas religiosas.
Mi mamá y mi tía Beatriz usaban siempre “trajecitos sastre”, tacones y sombrerito, iban a la peluquería a “hacerse peinar” y se pintaban. Las dos se habían recibido de maestras en el Carbó, sabían tocar el piano y escribían poemas.  Vivían en el Centro, e iban a Misa a la Catedral. Se reunían con amigos de “la Escuela” los domingos a la tarde; iban al cine; a “La Oriental”, a tomar té con masas; a “El Plata”, a bailar y tomar un refresco.
¿Cómo fue que Felipe, mi papá, se casó con “esta pituca de Martita”? Porque tanto fastidió con el estudio que el abuelo accedió a que fuera abogado, ya que era muy, muy inteligente; mi papá se fue alejando despacito de las costumbres y las ideas de su casa; conoció gente liberal, se aficionó al teatro, al cine y a las muestras de pintura; pero como no avanzaba demasiado en la Universidad, mi abuelo le cortó los víveres: a trabajar; entró al ferrocarril con el apoyo de sus antiguos compañeros de facultad, y prosperó.  Entonces se puso de novio y se casó. Así llegué al mundo, en 1940, y produje, con mi seductora presencia, la unión familiar de esta gente tan buena y tan diferente.
II-  Y ahora vuelvo a este especial Jueves Santo lleno de sol. La chacrita de la abuela Martirio irradiaba vida; mientras yo disfrutaba los primeros minutos de pereza la escuchaba diciendo “pipipipipipí” y sacudiendo la canasta del maíz para los pollos. El coro de píos y cloqueos  y el ladrido del Sultán, un perro bravo, atado a la higuera, me llegaba a la cama; y también el aroma del desayuno, que debía de estar preparando la tía Dolores.
Iba llegando el final del ensueño;  minutos más tarde, la abuela me despertó canturreando y palmeando una copla antigua, seguramente gallega:
“Levántate pecador /no duermas tan descansado/no venga la muerte y te halle/ sin haberte confesado”. Iba abriendo las ventanas de par en par, cosa de que la muerte se alejara de un ambiente tan saludable; pero no se quedó tranquila:
Hala, hala dijo mientras me sacudía La noche es para dormir y el día para ganarse el cielo. ¡Arriba!
Y no dejó de revolver cobijas y acomodar zapatos hasta que me vio de pie, rumbo al baño.
Para mi abuela, controlar  la práctica cotidiana de nuestras virtudes,  era una misión sagrada e irrenunciable; especialmente, la lucha contra la pereza y la indiferencia religiosa.
Volví al dormitorio. Mi abuela se había ido de ahí para que yo, un varoncito ya crecido (ocho años), pudiera vestirme  en privado como debía ser.
—Vamos—gritó desde el pasillo— ¿Por qué tanta demora? Demasiadas atenciones para estos cuerpos de pecado.
—¡Mamá, por favor; es una criatura!— clamó la Tía Dolores, la hermana de mi papá.
Cuando esperaba la perorata sobre lo mal que nos educaban nuestros padres y familiares, se abrió la puerta de calle: el abuelo y mi papá volvían de mi casa, junto con la otra tía, Beatriz, la hermana de mi mamá.
¡Papá! ¡Tía Beatriz!— Corrí a abrazarlos, sobre todo a la tía, que me comió a besos; papá era siempre sobrio en el saludo; los tres lucían correctísimos: la tía, preciosa como siempre;  papá y el abuelo con su traje gris y su corbata azul oscuro. Pero el abuelo no perdía su aire rústico, tal vez porque se había puesto una boina de pana y sus zapatos  se notaban viejos y ajados.
¡Ya nació! ¡Ya nació! ¡Una nena! ¡Todo bien!— coreaban a dúo, mientras abrazaban a la abuela y a la otra tía.— ¡Un parto rápido y feliz!
—¿Un qué?—pregunté yo.
Dos “chist” enérgicos de las tías, callaron las efusiones.
—Tenés una hermanita— dijo mi papá; parecía contento; pero no me dio un abrazo, por supuesto: esas son cosas de mujeres; al varón, nada de ñoñeces.
—¿Qué dijeron?— volví a preguntar.
—Eso, eso; que la cigüeña le dejó la niña a tu madre en el patio; y que estaba feliz— se embarullaron  las tías.
—Yo escuché “parto”— insistí, sin éxito.
—Tontas— rezongó por lo bajo mi abuela—.  Que nació tu hermanita, nada más;  y me dio un besote, baila que baila conmigo, mientras el abuelo batía palmas y sacudía la cabeza.
¡Pucha! Recién ahora caigo en la cuenta; los abuelos no pensaban como los padres y los tíos. ¿Será porque los viejos estaban acostumbrados a trabajar codo a codo con la madre y hermanas? ¿A verlas parir en casa igual que veían parir a los animales?  Toda una fabulería para escondernos lo más natural del mundo.

—A desayunar— avisó la tía Dolores. Y nos sentamos alrededor de una mesa fuerte y relavada; el desayuno era abundante pero sencillo, y casi toda la comida era casera: pan, dulce de naranjas; la leche, recién ordeñada y traída de los campos cercanos: veinte cuadras, a lo sumo.
—¿Cómo se llamará? le dijo la abuela a papá .Piensa que ha nacido en Semana Santa: Pascuala, Cruz, o Martirio, como yo.
Las tías se taparon las bocas con las servilletas: papá lanzó una carcajada, pero la cortó por la mitad, ante la fuerte mirada de su madre.
     No lo sabemos, todavía, viejita.  Lo normal es que lleve el nombre de la mamá, ¿no?
La abuela bajó la cabeza y rezongó: “No se respeta nada, hoy en día”. Pero se le pasó pronto. El abuelo había desaparecido; pero volvió a desayunar con su mameluco y alpargatas, listo para la chacra.
—Bueno—determinó la abuela—, basta de estar de ociosos;  chicas, hay mucho que hacer; a la tarde hay que ir a conocer a la nena y a hacer la visita a las siete iglesias.
     «Uuuh», recordé mientras levantaba las tazas y las llevaba a la pileta. «¡Semana Santa!¡No hay clase hasta el lunes!».
—Siete iglesias, nada menos— rezongó por lo bajo mi papá.  —Mi viejita; la charlan estos curas. Vengase conmigo y el Pedrito a conocer a la nena. Así Beatriz y Dolores charlan a gusto.
—Aay—suspiró tía Beatriz— no traje ropa de entrecasa, Dolores; no voy a poder ayudar mucho. Creo que me vuelvo para acompañar a Marta y a la nena. ¿Vamos con papá, Pedrito? ¡Hasta luego!— Besó a Dolores, pero mi abuela le esquivó el beso.
—A la tarde voy a conocer a tu hermanita y te llevo a las Iglesias;  estate listo—ordenó la abuela.
 Y me tentó con una promesa: flan con dulce de leche.
III-  Así es que a las 18 horas entré a la Catedral, de la mano de la abuela, y con la escolta de las tías. Papá y el abuelo se quedaron con mamá.
Mamá me llevaba los domingos, aunque en el Santo Tomás nos daban la Catequesis y la Misa. De entrada me sentí transportado al cielo en una nube de incienso y música de órgano.  Hice la genuflexión a las apuradas; la abuela me frenó el avance y me ordenó saludar bien al Señor y usar agua bendita.
Todo sucedía en la parte delantera del templo, en el altar precioso, lleno de brillos y santos. Como siempre, el Cura se daba vuelta, de vez en cuando; las fórmulas en latín me eran tan familiares como las criollas; el año próximo iba a hacer la Primera Comunión y sería monaguillo.
Cuando escuchamos “Ite Missa Est”, salimos volando, porque pronto sería de noche y las Iglesias debían de ser siete, para honrar a la Eucaristía; las tías se habían hecho humo con algunos jóvenes de la Acción Católica; «cada cual honra al Señor como se lo dicta el Espíritu, pienso hoy».
Nosotros hicimos las “Visitas”: siete Padrenuestros, Avemarías y Glorias, y siete “Adorado y Alabado sea el Santísimo Sacramento del Altar”, en la Compañía, San Francisco, Santa Teresa… y cuando salimos corriendo hacia Santa Domingo, dije:
—Me hago pis, abuela; y tengo hambre. Vamos  a una confitería.
—No hay ninguna abierta, hoy. ¡Bueno estaría! ¡Un Jueves Santo!
—Pero yo no doy más— insisití, con las piernas cruzadas.
—Aguántate, que eres hombre; más sufrió Nuestro Señor por nosotros.
—Quiero ir al baño, por favor; no aguanto más. Mirá, hago ahí en ese arbolito de la vereda y vamos; aguanto el hambre.
  Mi abuela miró para todos lados y con mucha vergüenza me dio la espalda: casi un hombre,  orinando en público el Jueves Santo, era una horrible afrenta para aceptarla sin más.
  Apenas había terminado mi cometido cuando la abuela se prendió a mi brazo:
— ¡Ay, Dios mío! ¡Un perro negro! ¡Puede ser una señal del enojo del Señor!
—No es negro, abuela; es gris, como el de Don Bosco; era un ángel que lo acompañaba a llevar la Comunión,  me contó mi papá que le dijeron los salesianos.
Un poco más serena iba a reiniciar la marcha hacia la Calle Ancha, cuando tropezó con una baldosa rota y se cayó en la vereda oscura. Entre sus ayes y mis gritos parecíamos anticipar el Viernes Santo. Le sangraba la rodilla y pedía perdón por no cumplir con la celebración.
Pasaba bastante gente, con lo del Jueves Santo y Las Visitas. Pronto tuvimos ayuda para la abuela;  un dominico  angelical en su hábito blanco, la ayudó a subir al coche de otro feligrés: “Una persona de bien, señora; vaya usted en paz. Dios conoce su corazón”.
       En cinco minutos estábamos en casa. Papá la llevó a la suya. Me quedé sin flan, pero no me importó demasiado.
Cuando arrancó el auto, me acurruqué junto a mamá y a mi preciosa hermanita; menos mal que mamá la esperaba en el patio, si no, a saber qué golpazo le habría dado la cigüeña desde el aire. Y menos mal que le pusieron María Marta.














lunes, 8 de agosto de 2016

Matar un elefante.


Durante años el elefante invisible compartió nuestra historia.  Apareció; ninguno preguntó cómo;  se quedó. Lógicamente, desde que entró en casa, jamás  recibió su cuota nutritiva, ni una de las tantas caricias que iban a nuestras mascotas.  Se sabía que estaba, como todo lo de la casa, pero nadie lo nombró jamás, ni los nenes lo señalaron con sus manitas, como al gato, al perro  o la luna llena.,
¡Éramos tan especiales, tan felices y serenos! Mientras  circulábamos armoniosamente por la casa o por el barrio, irradiando simpatía , el elefante dormía, tal vez detrás de un armario. 
Pero aparecía cuando coincidíamos, mate en mano,  en el patio o en la cocina, o frente al televisor. Charlábamos  despreocupados  sobre nuestros sucesos cotidianos; nos reíamos ante cualquier sorpresa doméstica.
Y de pronto,  sentíamos la poderosa presencia del elefante, como si en una jungla peligrosa una liana se enredara en la conversación y la asfixiara, despacito;  a uno se le soltaba una lágrima; el otro se levantaba y se iba a cualquier parte, a hacer cualquier cosa. Entonces el elefante volvía a su rincón que cada vez le quedaba más chico.
Tanto crecía que empezamos a verlo. Lo primero que se manifestó fue la trompa: una gruesa manguera gris, como la de la aspiradora ¿Y si estornudaba?
Estornudó. Estornudamos. 
Sucedió una noche, antes de acostarnos. Como correspondía, nos acariciamos con bastante entusiasmo como siempre y nos dimos las buenas noches; de pronto comenzaron los estornudos. 
— He leído que esos catarros nasales son desahogos disimulados de las broncas. ¡Atchís! 
— ¡Atchís! ¿Vos tenés alguna bronca, acaso? 
— ¡At… No sé cómo se te ocurre… chís! 
— No… Nosotros nos llevamos re bien; pero… ¡Atchís! 
— ¿Acaso... ¡Atchís!... hay algún pero? ¡De lleno te estarás quejando! 
— Y vos ¿por qué tan… ¡Atchís!... to estornudo, entonces? 
— ¡Porque a veces tengo ganas de estornudar, o de lo que sea, qué tanto!—; y esta vez no hubo ¡Atchís! 
— No sabía que te faltase nada. 
— Nunca dijimos que nos faltara o no nos gustara algo. 
Nos miramos raro; estornudar no era para enojarse. Pero algo funcionaba diferente. 
Después se notó la oreja del elefante, harta de escuchar elogios y de estar sorda a lo que “hacía ruido”. Más adelante, advertimos la pata del elefante que se había hecho fuerte sobre ilusiones frustradas y sueños no compartidos. 
Cada vez nos sentíamos más presos del soberbio gigante que no habitaba en casa, sino que nos habitaba. Cada día éramos más elefante, y menos nosotros. 
Y el elefante que éramos bramó estridente cuando se sintió descubierto y señalado. 
Ese bramido fue su perdición: mientras desangraba nuestros mutuos rencores, injusticias, incomprensiones, desilusiones, iba perdiendo volumen; quedó reducido a una bolsa de añicos que habría que ir limpiado día a día; recomponer o tirar, aunque eso alcanzara niveles inauditos de rebeldía ante nosotros mismos. 
Respiramos y lloramos abrazados a nuestras propias miserias nombradas y aceptadas. Y reímos finalmente, sanamente, sin pretender curarnos con la magia de una relación enferma. Se sentía correr el aire desde la casa hasta el corazón. 
Nunca más volveremos a matar un elefante; no habrá más elefantes, sea cual sea nuestro camino.

lunes, 25 de julio de 2016

Don Elías y el Carlitos (historia bifásica)

¿Cómo nació esta historia bifásica? De un ejercicio de Taller de Escritura;se trataba de descubrir la historia oculta, por debajo de una historia con final incoherente. Yo creo haber logrado el objetivo, en ambas versiones, la coordinadora dice que no; de cualquier manera me encantan las dos versiones. El texto disparador no me gusta tanto como mis dos historias, pero le haré el honor de transcribirlo: 
"Secretamente, el hijo admiraba a su padre, tanto que lo ayudó siempre en la carpintería. Aprendió de tal modo el oficio, que llegó a igualar y, me animo a inferir, sobrepasar a su maestro.
Un accidente doméstico dejó postrado en cama al padre. Su hijo, con eficacia, se hizo cargo de los trabajos que había. Pero una complicación inesperada llevó al carpintero a la muerte.
Al tiempo, me sorprendió un cartel en la puerta del taller, que decía: "Se vende".
Al terminar el barrio, justo al lado de las vías del tren, duerme su borrachera un mendigo."

1° versión: Elías, el viejo carpintero del pueblo, vivía solo.  Los vecinos conocieron a su familia; pero cuando la mujer murió, el hijo, ya adulto,  se fue a la ciudad y poco a poco desapareció de la vida de su padre. Doña Lorenza, la maestra del pueblo, telefoneaba de vez en cuando a algunas parientas de la esposa del carpintero. Era una vieja muy sentimental y siempre preguntaba por  su antiguo alumno, el Omarcito; pero Elías no le prestaba atención cuando le sacaba el tema.
Don Elías vivía bien; la casa era muy sencilla, con poco confort, pero le alcanzaba.
 Un día adoptó al Carlitos, un chico de catorce años que tampoco tenía familia; le había dado pena verlo  vagabundear por la zona, ligado a veces a gente poco recomendable, y a alguna que otra botella comunitaria de vino. Se dispuso a hacer de él un hombre de bien, y legarle su carpintería. Doña Lorenza aplaudió su loable empeño, pero mantuvo informadas a sus amigas.
Todo parecía encaminado. El Carlitos era hosco y para nada cariñoso;  pero aprendía el oficio y respetaba a su padre.  Se esmeraba muchísimo y lograba, a veces, superarlo. Los vecinos comentaban que, sin duda, lo admiraba, y que merecía la bondad de Don Elías.
 ¿Quién hubiera imaginado que los golpes de su infancia destruida lo hubieran deformado para siempre? Lo consumían la ambición, la soberbia  y el odio. La responsable presencia de don Elías y los límites que le ponía se le iban haciendo insoportables; él era capaz de hacer plata con esa carpintería si el viejo no andaba por el medio. ¡Y qué bien la iba a pasar con el bolsillo lleno!
Dos años esperó. Un soleado mediodía de invierno Don Elías llevaba un tacho de agua hirviendo para prepararse un baño; convalecía de una gripe y pensaba volverse a  la cama.  El Carlitos se las arregló para trabarle el paso con una pesada banqueta de madera. Don Elías perdió el equilibrio, se quemó el pecho y el vientre, y se quebró un brazo al caer.
Los vecinos más próximos los ayudaron en el trance. El médico estaba de viaje, de modo que vino el del pueblo vecino;    el anciano quedó imposibilitado, en cama, al cuidado del chico.
Se confiaron. Aunque siguió trabajando en los pedidos pendientes, el Carlitos le dio dosis abusivas de calmantes y prescindió de curaciones y antibióticos. A la semana, el hombre murió. El médico local no indagó demasiado, dada la edad del paciente y su reciente enfermedad: una complicación, una infección.  Enterraron a Elías y siguió la vida; los clientes confiaban en el chico
Pero en medio de tanto sosiego, la sentimental Doña Lorenza pensó que no podía excluir del  duelo  al hijo y avisó a la familia; digamos que tampoco era tonta: algo sabía de herencias y maniobró con la noticia para sacar alguna tajada.
A la semana siguiente apareció el Omarcito en la comisaría, munido de todos sus derechos de hijo legítimo. Acompañado de un agente que representaba al Juez de Paz, inventarió y tomó solemne posesión de la empresa y de la casa; después, sin perder un minuto,  le dio las gracias al Carlitos por sus cuidados,  y lo puso en un tren con su maleta, unas empanadas de la rotisería y algo de plata en el bolsillo; por las dudas, el agente acompañó al viajero, cumpliendo lo tratado con el generoso nuevo dueño: no lo dejó hasta que se hospedó en una pensión, en otra ciudad bastante alejada del pueblo y de la capital.
Omar encargó al yerno de Doña Lorenza todas las gestiones para apurar la venta de la casa y las máquinas  y emprendió el regreso. Del Carlitos no supieron nada más.
 Varios meses después, en un programa de la televisión mostraron cómo la policía se llevaba  a un ratero vagabundo y borrachín que dormía sobre las vías del tren, cerca de un asentamiento marginal.
A Doña Lorenza le pareció conocido. ¿Sería el Carlitos?
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2° versión.
Secretamente admiraba a su padre, pero casi no se comunicaban;  la carpintería de oficio no le gustaba demasiado;  igual,  lo ayudó siempre; no era fácil negarse a hacerlo, pero no había más remedio: si papá llamaba había que dejar lo que fuere, hasta  las tareas de la escuela, para ayudarlo.
De todos modos, llegó a ser un admirable carpintero. Tenía un don natural para ser creativo con la madera.  Lo mismo con los dibujos, y hasta con las telas y flores. Pero papá valoraba sólo la ayuda en la carpintería; nada de innovaciones; nada de mariconadas, de hacer almohadones o craquelar muebles antiguos. Nada merecía su sonrisa más que una silla bien encolada.
  Todo estaba ordenado dentro de la casa, pero un día  papá se lastimó mal con aquel la pesada banqueta de madera que el hijo dejó fuera de lugar, al paso,  y quedó inválido.  Formal y respetuoso, el muchacho se ocupó de terminar los trabajos pendientes, pero no recibió nuevos encargos. Ahora que el ambiente no era tan tenso,  aprovechó a su gusto el tiempo libre: se fue abriendo paso como pintor, decorador y modisto. 
El anciano decaía a ojos vista; el joven  cumplió como pudo con  las medicinas,  la higiene y la comida de su padre. Pero las leyes de la vida  son inescrutables. Llegó y pasó la hora. El hijo vendió todo y se fue a la ciudad, con bastante dinero y  con su bagaje de obras, realmente talentosas.

Cierto día  visité una de sus muestras;  me heló aquella pintura: un mendigo  muy parecido al carpintero, dormía cerca de las vías, como esperando que lo pisara el tren; la máquina avanzaba, oscura y temible; en una mano, el hombre tenía una botella de aceite de linaza  y en la otra, la caja de herramientas. A su lado, un artista pintaba indiferente.

lunes, 9 de mayo de 2016

Esmeralda


Esmeralda

La primera vez,  entré a limpiar los vidrios de la salita, su oficina y dormitorio ocasional.  El patrón, repantigado en el sofá, fumaba una pipa; yo lo miré, apenas.
— Con permiso, patrón.— Y entré cargando balde y estropajo.
—¿Vos sos Esmeralda?— preguntó en medio de una nubecita de humo.
—Sssiii, patrón.
Era un hombre parecido a cualquier otro de los alrededores: moreno, corpulento, pero no fuerte; y medio enfermo de comilonas y tabaco.   Pero tenía un destello de distinción en su ropa, su peinado, su modo de hablar. Era  el patrón, el amo.  Catorce años tenía yo; él, más o menos cuarenta.
Se paró, altísimo, junto al escritorio y me clavó sus ojos achinados:
—Es- me- ral-da  ¿Conocés las esmeraldas?—Mostró el anillo que refulgía en su mano; la piedra guiñaba oronda;  la miré curiosa, y me pareció muy bella. —Podría regalártela, algún día, si te portás bien. Vale sus buenos pesos.
—No, señor. Yo gano mi sueldo. Los regalos no son para mí— dije en voz baja, y le di la espalda, para iniciar la tarea.
Como si no me hubiera oído dijo: —No sos nada fea, vos.  Buenas formas.  ¿Tenés novio, o marido?
—Emm … ¡No, patrón! Soy muy chica… Y… 
 Aunque estaba avisada por mi gente y por mi instinto de sierva, no lo sentí llegar: sólo una de sus manos en mi pecho, y la otra por debajo de mi pollera, me avisaron que estaba detrás, y que yo era cosa suya.  Hurgó, manoseó, desnudó… Yo sollozaba, pero tenía…¿ miedo de escaparme, de gritar?, ¿curiosidad ansiosa? Lo dejé a su antojo, como si él fuera un médico que tenía que hacerme doler, gemir y  sangrar…¿porque yo estaba enferma, sucia, tal vez? 
«Sucia, seguro» como decía mi ‘mama’; porque entre jadeos y besos el miedo y la vergüenza se me iban yendo, en una llamarada cálida que me recorría hasta el alma.
 Mi cuerpo y el suyo me revelaban sensaciones desconocidas hasta entonces; y mi alma se despojaba de intuiciones y enseñanzas de infancia; «Las mujeres limpias son del marido; y no  disfrutan con “eso”;   se lo aguantan.»  decía mi madre; supe que no era así, que podía sentirse agradable; y que un amo era un amo: descubrí a la vez  el odio y la lujuria.
De pronto, me soltó.
—Andá, Esmeralda, andá nomás, —dijo con voz grave y fatigada— Una piedra preciosa para mi joyero. No  dejaré que nadie más te engarce.
Lo miré de frente.  Como debía hacerlo, por mi propio respeto,  escupí a sus pies; después acomodé mi ropa y mi pelo, y me fui a paso cansino hacia el patio del fondo, mientras lo escuchaba silbar.
En la pieza de servicio, Amalia me encontró llorando. La cocinera no necesitó que le contara nada; me acarició la cabeza; hizo que me lavara y me trajo un té .
—A todas nos ha pasado, con el padre, o con él;  a nadie le extraña, ni hay forma de evitarlo; necesitamos el trabajo, ¿no? Por lo menos vos no te vas a quedar embarazada; es estéril.
Pobre Amalia; suponía que me consolaba en la deshonra y la vergüenza. Yo seguía llorando, porque no estaba del todo  bien lo que me pasaba; pero tampoco quería que dejara de hacerlo: era una fuerza nueva en mi persona, en mis ideas y en mi cuerpo ; yo quería ser su Esmeralda vibrante y… la dueña del precioso anillo.
Durante algunos días fue como un fantasma encarnado.  Pasaba sin verme ni hablarme; pero yo sentía que me rondaba como el aire, y me requería dentro del alma. Había sembrado en mí el anhelo de su presencia y de su energía; y la ambición de la joya; pasaba cerca,  hecho voz, sombra, portazo. Entonces, de repente, pidió  que le sirvieran su  café  en la salita;  y allí estaba , corporizado, potente, dominante: el amo .
Así, durante veinte años, me hizo saber que le pertenecía, aunque yo lo escupiera, lo arañara o le arrancara mechones de pelo y de barba; era mi papel en el escenario. Siempre muda, siempre dispuesta y deseándolos a la vez, a él y a su esmeralda.
—Esmeralda; cálida, bella y brillante. Sí que te portás bien, Esmeralda, — ronroneaba sobre la alfombra, mientras yo le alcanzaba su ropa antes de volver a mi cama. —Habrá que darte un premio algún día.
Después volvía a ser el fantasma indiferente, desparramado en su sillón, o galopando entre sus peones.
La vida en la casa parecía apacible; pero vibraba una niebla de rutina y desinterés que envolvía el ambiente silencioso. Durante el día  lo escuchaba llegar y  llamar a Laura, su esposa; los oía discutir elegantemente en el salón, siempre pulcros y correctos; los veía salir, cada cual en su coche; y a él lo escuchaba volver, llamar a mi puerta y  encerrarse sin más en la salita; sabía que lo había oído. Yo nunca le fallé.
Pero sí le falló el corazón, una noche cualquiera, cuando terminaba de vestirse;  y entonces le apreté la almohada contra la cara para que se muriera de una vez. Sólo cuando cesaron sus estertores noté que no tenía puesto el anillo.
Cuando volvimos del cementerio, Laura revolvió la pequeña habitación; buscaba entre los libros y las carpetas, en los cajones, entre los almohadones del sofá.
—¡Nada!— rezongó sin perder su elegancia. —¡Bah! A mí me sobran joyas. Que le sirva de veneno a la que herede esa esmeralda. ¡Maldito farsante presumido!
Y  me mandó a limpiar y cerrar la salita.
Todavía no sé si era su espíritu o la cortina, pero desde la ventana me llegó su voz: «Es tuya, Esmeralda; ahí está; fijate.»
«Ay, Virgen Santa, San Roque, un fantasma»; desgrané temblando mi letanía , marcha atrás hacia la puerta.
«Bah; tantos santos; es tuya; sin rencores; siempre te portaste bien y yo no;  nadie se muere el día antes»
Medio alelada sacudí la alfombra; entonces la vi brillar; y me la acerqué bien a los ojos para cerciorarme; yo, la buena Esmeralda, encontré el anillo en aquella hendedura del parqué;  y me la guardé en el delantal.  «¿Quién sino yo podría reclamarla?»  
Pasaba la noche sin que hubiera podido dormir. El sombrío fantasma de la culpa  revoloteaba sobre mi cama y, como un mosquito, siseaba alrededor de mi cabeza.
Al amanecer, cansada de espantarlo con recuerdos y rezos,  lo metí bajo la almohada, junto a la esmeralda, para asfixiarlo otra vez.  Y esa tarde renuncié y me fui para siempre… con la esmeralda que, por supuesto, no respiraba, pero brillaba burlona y feliz.