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jueves, 8 de febrero de 2018

Gabriela


Desde niña disfruté los poemas de Gabriela Mistral; finalizando el secundario supe de su notable carrera como pedagoga y de su añoranza de la maternidad que le negó la vida. Me permito, entonces, jugar un poco con su biografía: inventar episodios, re interpretar lo que puedo saber de ella en la Red, y recrear una Gabriela que quiebra mi voz cuando les canto a mis nietos: “Es verdad, no es un cuento/ hay un Ángel Guardián/  que te toma y te lleva como el viento/ y con los niños va por donde van”.  

Toda la tarde, Lucila había jugado  a la ronda con sus vecinas: “Aserrín aserrán/ piden queso, piden pan”. Las hojas del otoño modulaban en medio del ritmo infantil.
Pero ya era hora de entrar a casa; pronto haría frío.  Anochecía y empezaban a titilar las estrellas.  El canto infinito de las olas llegaba mortecino desde la playa cercana. A través del vidrio cerrado, ella miraba el cielo bordado de luces e improvisaba canturreando:
“Los astros son rondas de niños/jugando la tierra a espiar...
Los trigos son talles de niñas /jugando a ondular..., a ondular...
Los ríos son rondas de niños/ jugando a encontrarse en el mar...
Las olas son rondas de niñas /jugando la Tierra a abrazar...”
Mamá escuchaba desde la cocina:
 —¿Quién canta? —preguntó. —¿Lucila o Gabriela?.
Era el juego de todas las noches; Lucila inventaba poemas y canciones y mamá los escribía en un cuaderno precioso, lleno de flores y haditas. En cuanto Lucila aprendiera a escribir, lo haría sola.
 ¿Y por qué Gabriela? Lucila había elegido su pseudónimo: Gabriela, la mensajera;  y la mamá había sugerido Mistral, para el apellido. “Mensajera del viento”, explicaba Lucila a su familia; “el Mistral es un viento molesto y frío, pero suena bonito”.
Lucila vivía una infancia feliz; no la envanecía su talento; jugaba, trepaba, corría; se sabía amada y mimada por la vida.
Pasaron los años. Empezó a publicar y el mundo aplaudió su poesía clara, elegante y alegre. Y jerarquizó su pseudónimo: “Es Gabriela, por el italiano Gabriel  D’Annunzio, y Mistral, por Fréderic Mistral, poeta occitano”. ¡No importa! Su voz siguió corriendo como el viento, llena de mensajes claros y emotivos.
Un día llegó  el amor; después,  la esperanza frustrada de un hijo; y el desencanto y el suicidio del amado.
Desesperada, Lucila estaba sepultando a Gabriela…  Lucila se resistía al paisaje sereno de sus versos.
Pero todo tiene su tiempo para madurar; un día, el dolor floreció en poemas.
Y entre lágrimas, algunas rabiosas, otras nostálgicas, muchas esperanzadas, le escribió a la muerte, al vacío (“El viento hace a mi casa su ronda de sollozos/ y de alarido, y quiebra,/como un cristal, mi grito”) ; a los niños de pies descalzos (“Piececitos de niño, /azulosos de frío, /¡cómo os ven y no os cubren, /Dios mío!”);   al  hijito que se acurrucaba en sus recuerdos y al que sentía latir en cada niño (“¡Un hijo, un hijo, un hijo! /Yo quise un hijo tuyo y mío/, allá en los días del éxtasis ardiente, /en los que hasta mis huesos temblaron de tu arrullo /y un ancho resplandor creció sobre mi frente”)…
Gabriela Mistral vivió intensa y serenamente su solitario periplo: audaz  pedagoga autodidacta, embajadora, literata; primer Premio Nobel de Literatura para una mujer latinoamericana.  
Cuando repaso su historia o me estremezco con su luminoso sentir,  digo con Bécquer: “Poesía eres tú”.


lunes, 29 de enero de 2018

La odisea del jubilado

 


—¿Disfrutando?— me preguntó el marinero .—¿Quiere ver las sirenas?
Era un tipo extraño para los estándares de la tripulación del yate. Había algo frágil y danzarín en su marcha y una cierta chispa de picardía en su mirada. Y esa conducta despreocupada, irreverente hacia el pasajero…
No lo recordaba, pero tampoco me preocupé demasiado; si bien el barco era pequeño y la tripulación escasa, no era probable que uno conociera a todos los marineros.
Me guiño un ojo y siguió su camino mientras yo me repantigaba en la hamaca para llenarme de silencio e inmensidad. Estaba anocheciendo. Pronto servirían la cena. Mis compañeros de viaje empezaban a dejar la cubierta para cambiar las mallas y bermudas por trajes formales.
Este viaje era mi sueño de oficinista viudo y jubilado; mi duelo había terminado al salir del cementerio; ya fuera reposando y disfrutando paisajes o corriendo aventuras había que seguir viviendo; mejor si había sirenas.
Desde el mar subían aromas limpios y sonidos adormecedores; todo mi cuerpo se abandonaba al antiguo encanto de la cuna.
Sopló un viento suave; el canto del agua se hizo más intenso y posesivo.
Curiosamente, volvieron a chistar las zapatillas del marinero; esta vez se dirigía al área de los botes; otro saludo fugaz, otro guiño, y un consejo: “Escúchelas bien. Noche sin luna. Noche de sirenas…”.
«Sirenas, sirenas…» cavilé somnoliento. «Ya sé que las sirenas son mentirosas y embaucadoras; también sé que no existen»…
De pronto, el canto se trocó en lamento. Sobresaltado, dejé la hamaca y me asomé por la borda. Algunas sombras sugerían riscos en la playa cercana. Ahora los sollozos alternaban con trinos y risas.
Nadie más parecía conmovido por el misterio. Tal vez no llegaban las voces a los camarotes donde se duchaban y perfumaban los huéspedes.
Era extraño; me inclinaba fascinado, como si me abriera a las leyendas. La música ganaba en cálidos vibratos, sin aumentar su intensidad. Pura adrenalina demandante, asfixiante. ¿Acaso las sirenas estarían sentadas esperando navegantes incautos o pasajeros adormilados?
De la nada, apareció el marinero en medio del océano. Piloteaba un salvavidas fluorescente y me llamaba con gestos excitados.
Mi propia alma me catapultó al mar y animó mis brazadas hacia el bote cada vez más alejado de mí, cada vez más cercano a la costa. Me pareció que iba al garete.
«Pero yo lo vi. ¿El marinero no subió al barco, entonces? ¿Qué habrá sido de él?»
Una bruma dorada envolvió el bote vacío. Seguí mirando, absorto, cada vez más relajado, casi un tronco flotante. Y fui testigo de la metamorfosis: una sirena dorada emergió de la bruma; sobre sus sinuosos cabellos chispeaba el casquete del marinero, a guisa de corona. De pie en el barquito, me llamó con movimientos envolventes, señalando hacia sí misma y hacia el fondo del océano.
Me invadió una pereza fría y voluptuosa, y sentí que me hundía para siempre.

jueves, 14 de diciembre de 2017

Viva la música


Faltaba un año para la Ordenación, cuando Ricardo pidió una dispensa y volvió a su pueblo: su madre y sus dos tías eran viejecitas,  estaban solas...  Había que practicar las Obras de Misericordia.
Buen pianista, tenor  aceptable, el devoto novicio  era  un joven muy atractivo; sobre todo, con sotana.
El Párroco, un viejo bonachón,  le encomendó la dirección del  Coro.
—Disfuta de la gente y de la música. ¡Ah! Puedes andar sin sotana, amigo.
Todos felices: las viejitas perduraban con su niño en casa;  Ricardo y el cura con la música;  y las alborotadas chicas del pueblo que se desvivían por robarse al elegido…  
En especial Carmela, la profesora de piano; era una peticita coqueta y eficiente; no era muy “beata”, pero se le había despertado,  de pronto, una fuerte vocación de servicio, y se unió al grupo.
El Coro era promisorio en alegría cristiana. El problema era dirigirlo y bregar con el armonio destartalado… Y con Carmela.  
  —Es difícil mantener la vocación fuera del convento— se confesó Ricardo una tarde.
—La vocación de servir a Dios no se pierde por las chicas. El Matrimonio también es un servicio divino— sonrió el párroco. —Mientras seas sincero…
Para la Semana Santa,  el “Stabat Mater” estaba tan verde como los ojos del “padrecito”; y la pícara Carmela  no prestaba atención:
—Señorita Carmela; más marcado el pianísimo…
—Sí, sí… Es que este teclado es tan viejo…
—Pruebe articulando así los dedos y la muñeca.
Y tomaba los finos dedos y la muñeca grácil, entre los suyos  torpes de tímida osadía.
Los ojazos negros de Carmela chispeaban de risa; los de las otras chicas, de envidia.
—¡Ay! Cierto que era Si bemol… Tal vez si lo ensayamos en el piano de casa… Ricardo…—sugirió una tarde, pestañeando.—Mamá estará encantada de recibirlo.
Doña Maripepa sirvió el té con masitas y los dejó ensayando;  una y otra tarde…
 Las vueltas de la vida: Después de Pascua, el Prior recibió la renuncia de Ricardo; cerca de la siguiente Navidad,  la invitación para venir a casarlos.  Doy fe de que nací diez meses más tarde.

 Viva la música

domingo, 3 de diciembre de 2017

GRACIAS A LA VIDA


No fue una epifanía: me la veía venir. Tanto joder y joder, acabaron por enamorarse. Yo esperé, pese a todas las evidencias; me comporté como un esposo fiel y un amigo leal; alguna vez crucé una sonrisa con la vecina de los shorts sintéticos, pero nunca olvidé mis juramentos. Esa sonrisa me bastaba para mantener en calma al hatajo de las pasiones humanas, que en estos casos tiende a desmadrarse: ira, gula, soberbia...  Un buen día plantearon la trama; no se necesitó demasiada elocuencia para confirmar  mis sospechas. Con mi bonhomía esencial, despedí a mi mujer y al sinvergüenza de mi amigo; los acompañé un tiempo con mis recuerdos, y  volví a  la vida, arrastrando los pies.
De pie frente al espejo de mi alma vi al manso cornudo;  me sentí un estropajo, retorcido por mi propia paciencia,  basureado sin piedad. El malestar del engaño  reventó como un divieso de pasión.  El  hatajo que venía arreando desde hacía meses, saltó desde las sombras.
Entonces me volví desmesurado, violento: destruí a patadas el escenario de la traición, estallé copas contra el piso, incendié sábanas, degollé fotografías... Más relajado, después de un whisky, me juré vivir en casta y divertida soledad; no comprometerme por bonhomía o nostalgia.

Imprudente y crédulo,  me fui a buscar fortuna por los senderos de la vida.  No llegué muy lejos: encontré a mi vecina, mi fiel admiradora;  intentaba con poca maña cambiar la rueda del coche. Su sonrisa tímida y su atrevido shortcito despertaron mi bonhomía. Me ensucié las rodillas y las manos en la tarea, y me premié con su ingenua presencia. A la sombra de los fresnos de su vereda me sentí renacer en  una epifanía mientras ella me prestaba (¿coincidencia?) un estropajo para limpiarme las manos, y me invitaba a una inocente limonada.
Para "El Reto de las Palabras"- Terr de Escritores Dic 2017

martes, 31 de octubre de 2017

EL BUITRE


En el pueblo nos esperaban para el Samain. Pero la banda de salteadores atracó el carro, lo vació y lo quemó. Destrozaron a tiros y culatazos a mi familia y huyeron con nuestros caballos, regando el suelo con las castañas que caían de las bolsas.
Yo estaba lejos del campamento. Permanecí agazapado en la letrina de espinos; escuché los aullidos de mi gente, el estruendo de los rifles y el galope de la fuga. Cuando reinó el silencio me animé a rondar los restos del desastre.
 Espanté a los primeros buitres que se preparaban a gozar del banquete; volvieron a acechar desde un gajo reseco.
No podía hablar ni llorar; me ahogaba una ira caliente que me sacudía el corazón y el alma.
En algún momento se me desataron el hambre y un llanto mínimo, casi seco; con los restos del incendio asé un par de castañas; las mantuve rodando en la boca, pero no pude tragarlas; significaban fiesta, familia, vida. Y yo estaba casi muerto entre mis propias ruinas.
Los buitres no abandonaban la rama mustia; presentían que la vianda sería más abundante que al principio. El más audaz, o más hambriento se lanzó en picada sobre el cuadro fúnebre.
 Increíble: en medio de mi pasmo y de mi debilidad salté hacia arriba con los dedos engarfiados para atrapar su cuello. Sentí un picotazo en la mano y el aleteo de la bandada que nos abandonaba.
No sangré; al contrario, fue como haberme inyectado una fuerza nueva, desconocida.
Velé a los míos hasta que atardeció. La ira había ido mudando a indiferencia. Impávido, como si estuviera fuera de mi cuerpo, vi cómo mis uñas crecidas y sucias desgarraban el vientre hinchado de mi hermanito y buscaban sus entrañas; sentí que el pellejo sangriento pasaba por mi garguero. Después avancé a los saltos sobre los cadáveres y rapiñé los ojos de mi madre y las manos agarrotadas de mi padre. 
Un manto tibio y oscuro me abrigaba del relente. Un somnoliento bienestar me levantó hasta la maleza. Casi dormido sacudí mis plumas negras, erguí la cabeza y le grazné a la luna creciente.
Con las luces del alba me despertó el llanto de los parientes que llegaban a buscarnos al conjuro del humo y de los carroñeros.
—¡El pequeño Gastón!¡Gracias a Dios está vivo y no lo han raptado!
¿Estoy vivo? Me temen, huelo mal, sueno áspero. Apenas me alimento: la gente no deja ratones muertos a la intemperie ni me permite rondar sus canarios. Desde los seis años vegeto en el monte. Ya ni siquiera me extrañan.

Y cuando es luna llena, echo alas, plumas y garras; entonces salgo de rapiña, como un buitre solitario. Los espíritus de mi familia, comulgados en esa tarde siniestra, aletean en mí; no sólo buscan alimento; esperan la noche de la venganza. 

lunes, 30 de octubre de 2017

¿Y después qué?


Nadie se pregunta “y después ¿qué?” mientras trepa, mochila al hombro, en busca de maravillas, entre amigos y canciones; ni cuando arde el ‘fogón’ y la música guitarrera sube en el humo, hasta las estrellas.  
Nadie se pregunta “¿y después qué?” ante un árbol rebosante de mandarinas; todos saben que se van a acabar y las disfrutan a pleno: comiendo, oliendo, mirando.
Nadie se pregunta “¿y después qué?”, en el primer beso, en el hijo recién nacido, en los cumpleaños felices.
Somos tan, pero tan felices… Y entonces chocamos…
Duda, enfermedad,  traición, soledad, violencia…  Sólo el dolor nos vuelve demandantes de respuestas.  Cuando la vida duele,  recordamos que también es invierno y desamparo, guitarras rotas y versos pisoteados. 
“Después qué” es  un fantasma tenebroso que agita sus cadenas. Si le preguntamos a él,  sacudirá su manto oscuro y sembrará pesadillas.
¿Y entretanto  el Amor?  Como el fuego en las piedras, chispea cuando chocan la realidad y la Esperanza.


lunes, 23 de octubre de 2017

NÁUFRAGO


La noche anterior sobrevivieron al naufragio; pero su mujer quedó malherida y loca;  los quejidos persistentes no lo dejaban concentrarse en la absurda búsqueda de auxilio. Ni motor, ni remo, ni provisiones;  todo el día habían girado a la deriva, bajo el sol ardiente. Apenas quedaba un par de tragos de agua.
Caía la tarde cuando  encontró un palo bastante largo y fuerte  que flotaba cerca del bote; empezó a remar, tal vez por hacer algo distinto, y le pareció que avanzaba sobre las aguas quietas; quizás porque el mar estaba cambiando de plateado a negro, y en el cielo, cada vez más oscuro, empezaban a brillar las estrellas. Arreciaba el frío…
Los estertores dolorosos de la mujer perforaban la noche;  y zumbaban en el cerebro del hombre entre ráfagas de piedad, de ira, de miedo.
Entonces se eligió para sobrevivir: enarboló el palo y le destrozó la cabeza; después tiró su cadáver al agua y volvió a remar; sentía su alma serena, sin culpas; ella descansaba, él saldría del infierno del hambre,  la sed y la soledad.
De pronto divisó las hogueras; las estrellas se empañaban con el humo; intuyó a los pescadores que se preparaban para el día siguiente.  

El bote se acercó a la playa  y encalló en las rocas.   El náufrago exprimió sus últimas fuerzas, se apoyó en el palo y llamó con un único grito agónico. Sólo le respondió el chasquido creciente de las olas contra las piedras...Creciente, ensordecedor… Desde las hogueras inmensas,  avanzaban siluetas danzantes. ¿Palmeras al viento? ¿Demonios carcajeantes que celebraban su arribo?  

viernes, 20 de octubre de 2017

LA PRINCESA REBELDE


—¡Cuando las ranas vuelen!— contestó el rey.— ¡Qué ocurrencia, hija mía! ¿No te gusta ser princesa? Y siguió su majestuosa marcha hacia la sala del trono. ¡Para qué esperar que una niña de nueve años le contestara!
«¡Entonces, es posible; algún día dejaré de ser princesa, y jugaré en el patio, todo el día, sin escolta!» pensó.
Si supieran cómo se le había ocurrido. Fue cuando anduvo por la zona de servicios, la tarde en que su “mademoiselle” se volcó una taza de té caliente en la mano. Aprovechó la confusión para escabullirse y se asomó al patio posterior de palacio; los chicos descalzos y desabrigados, jugaban muchísimo; mientras ayudaban en la huerta o la cocina, se hamacaban en las ramas, se escondían en la caballeriza, perseguían a los patos. ¡Era tan distinto de las “visitas” semanales de las “petites dames”! Siempre modosas, silenciosas, manipulando muñecas y comiendo masitas; y siempre con la escolta, en el parque o en su cuarto.
Aunque trató de que no la vieran, un niño de su edad se le acercó.
—Soy Pedro. Vení, juguemos.
—No puedo ensuciarme; soy princesa.
—Ya sé. Pero una princesa puede hacer lo que quiera. Si no, ¿para qué sos princesa? Yo puedo hacer lo que quiero.
—¿Podés buscarme una rana que vuele?
—A lo mejor. Viven en Madagascar. ¿Para qué la querés?
—Para ser menos princesa y jugar con ustedes.
—Se la pediré a un marinero amigo de mi papá. Yo te mandaré la rana voladora en cuanto la tenga.
II —¿Las ranas vuelan?— le preguntó a la institutriz.
—Creo que solamente en los cuentos de hadas, Alteza; vamos, debéis repasar las tablas de multiplicar y no perder tiempo en ensueños. Ah; y el supino de los verbos que os enseñé ayer. Y, por favor, no os echéis a llorar. Sois una princesa.
¡Pobrecita! No quería saber nada de matemáticas ni de latines; tampoco le interesaba el protocolo de la vida real.
Estaba muy distraída y tristona. ¿La habría engañado Pedro? ¿O la institutriz no sabía todo lo que se puede saber?
III- Y una tarde… ¡Sorpresa! Pedro la llamó desde un macizo del jardín; se había acercado a las ventanas de los aposentos con dos ranitas voladoras. Con grandes aspavientos indicó a la princesa lo que sucedía en el parque.
—¡Oooohhh! ¡Deteneos, Alteza!— gritaba la institutriz y corría detrás de ella mientras bajaba las escaleras.
El rey, la reina y los ministros paseaban solemnes cuando vieron unas jaulas misteriosas colgadas entre los árboles. Entonces conocieron a las ranas voladoras. Eran muy bonitas y volaban como los monos.
     ¡Jamás las he visto! ¡Esto es brujería!— exclamó el rey. La reina, por supuesto, se desmayó, pero como estaba encantada con las ranitas se recuperó enseguida.
La princesa llegó sin aliento junto a sus padres y los acompañantes. Venía en shorts y sin coronita.
Justamente en ese momento el Ministro de Cultura le decía al Rey:
—Majestad. Existen. Ya os mostraré la nota en Internet cuando terminéis vuestra partida de Candy Crush. A vos también, mademoiselle. Es la cultura de hoy: estar abiertos al mundo.
Como la princesa no tenía la coronita, no corría el protocolo; así es que pudo saltar, aplaudir, chillar y sacar a Pedro de su escondite.

—Me voy a jugar al patio con Pedro y los otros chicos, papá. Me lo prometiste, recuerda: será cuando las ranas vuelen.

viernes, 6 de octubre de 2017

SABIO QUE LADRA

                Varias veces durante el día, el perro le gruñó a la sombra que se asomaba desde alguna grieta de la pared, o por debajo de los muebles; la dominaba con un ladrido si avanzaba hacia el dormitorio: “todavía no”;   después,  él volvía a arrinconarse, para descansar los huesos.
En plena madrugada, el Tobi se agitó en el rincón de la cocina; se levantó cuando el viejo salió del dormitorio; lo husmeó desconfiado y nervioso: había pasado junto a él sin regalarle ni siquiera un silbido cortito.
                Con la cola baja, lo fue siguiendo mientras preparaba un té de yuyos y hurgueteaba en el botiquín. El hombre se estaba portando diferente; sonaba diferente, con sus suspiros y sus hipos;  olía diferente, a  desconcierto y miedo.                                                                                                                                                      Con su ciencia de perro viejo, entendió que faltaba poco. Le hociqueó el borde del pijama  y se echó a la puerta; no debía seguirlo                                                                                                   Arrastrando las pantuflas, el anciano llevó el té y los remedios al dormitorio.                                    
               En ese momento, el viento empujó la puerta del patio y el Tobi vio a la sombra que avanzaba decidida; esta vez no gruñó: sabía que ya era la hora y que se llevaría los últimos gemidos  de la mujer tendida en la cama.                                                                                                                                Rompiendo las reglas, él también entró, a rastras, a la habitación.                                      
               El hombre estaba sentado en el borde del colchón; le hablaba muy bajito a su compañera y le acariciaba la cabeza.                                                                                                                                              El Tobi sabía que ella estaba muerta y que el amigo lo necesitaba especialmente. Lamió las manos del dueño; él le rascó la cabezota y arrancó a sollozar; el Tobi gemía; no era el dolor de su artritis: era un arrullo fraternal.  


jueves, 27 de abril de 2017

AMADO MORENO DE MI CORAZÓN


—Linda casa—comentó la vendedora de pasteles.
—Linda—contestó su compañero.
—Merecida la tiene, Don Mariano, por honesto y leal.
—Así le han pagado los de la Junta. Lo han nombrado embajador en Inglaterra.
—Se sacaron los estorbos ‘del medio’. A éste, por ‘jetón’ se lo han dado a los gringos; a Belgrano, como es más quedadito lo han hecho milico a la juerza; que se lo coman los mosquitos en el Paraná.
—Y a ‘ujtede do´ no les van a alcanzar las patas cuando les echen mano los ‘cogotudos’, por lenguas largas—gritó la Candela que volvía del matadero con el canasto a la cabeza.
Mientras se perdían calle abajo, llegaban desde el patio de la casa las risas de Marianito y la niñera, y los ladridos del Gauchito. Bajo una llovizna leve, un aroma de madreselvas y jazmines anunciaba la plenitud de la primavera en Buenos Aires.
Por un momento, María Guadalupe Cuenca sonrió a la escena;  canturreaba unos versos que se le habían ocurrido unos meses antes, para la segunda carta a Mariano:
Amado Moreno mío/ dueño de mi corazón
 de mis suspiros de niña/de mi vida y de mi amor.
Ahora que te han llevado/no me puedo consolar.
Mi pena se me hace canto/pero vos no me escuchás.
¡Es tanto mi sufrimiento/por tu ausencia y el temor!…
¿Y si en el mar te me pierdes, y yo me pierdo sin vos?

Volvió frente al secreter para meditar y seguir repasando y escribiendo sus memorias. Así había escrito a poco de llegar a Buenos Aires, en 1805.«Vida sencilla y digna, la de los Moreno. Desde los catorce años, cuando nos casamos, la vida con Mariano es una loca aventura de cimas y abismos; gracias a la Virgen no nos falta el amor.
«Ya han habilitado a Mariano para que ejerza la profesión. Tenemos nuestra casa.»
 «Marianito ya tiene ocho meses; es nuestro premio cotidiano»,
Y al año siguiente: «¡Calificaciones brillantes!¡Cuánta clientela!
A veces no veo a Mariano; a veces no puedo entender sus problemas políticos.
Añoro las veladas plácidas de Chuquisaca, y a mi buena mamá que Dios guarde en Paz.»
Pero después del glorioso 25 de mayo de 1810, Mariano, había ido cayendo en desgracia. «Tristes Navidades marcadas por los rencores y la incomprensión. Mariano ha renunciado a la Junta».
Ahora vuelve a tomar la pluma: «Mariano va rumbo a Inglaterra. Aquí estoy con mi hijito, amenazada de pobreza y empapada de soledad y angustia. Ya van cuatro meses sin noticias.»
« Mi pena se me hace canto, pero vos no me escuchás. » 
Desde el pasillo la alertó el chancleteo de la Simona.
Amita. Esto han ‘dejao’ en la cancel.
María Guadalupe, sentada frente al secreter, dejó la pluma en el tintero, escondió el pañuelito en una de las mangas del vestido y se volvió hacia la esclava.
La negra, expectante le alargó un paquete mediano y se quedó a su lado. Había confianza de años; sabía que podía compartir su curiosidad y la emoción del ama.
.«Pobre, mi niña. Otra vez llorando» pensó mientras la joven señora desataba el paquete misterioso. «Demasiado envoltorio para ser buen augurio»
Guadalupe rasgó el último papel, levantó la tapa de la caja y se derrumbó sobre la alfombra con un grito ahogado en sollozos.
—Ay, Dios mío; Mariano…
—¡Amita! ¡Mi reina! «Le hubiera valido más quedarse de monja en Chuquisaca»
Junto al ama se habían desparramado como mariposas negras un abanico, unos guantes y un velo de viuda; y un paquete con las últimas cuatro cartas que le envió al barco; todas estaban cerradas. Y nada más…Nadie le explicó que  él yacía en el fondo del mar, envenenado y envuelto en una bandera inglesa.
Mientras la abanicaba y le ponía un almohadón debajo de la cabeza, Simona invocaba a la Virgen por el descanso eterno para su enérgico y justiciero amo; y al ancestral Olorún, le pedía una pedrea de desventuras para Saavedra y sus secuaces.
En el patio había arreciado la lluvia. Silencio. Al pequeño Marianito le había llegado la hora de crecer, de repente, a los seis años

viernes, 7 de abril de 2017

Mi roca, mi baluarte


La fila patética de los presos  vestidos con pijamas inmundos,  se desplazó desde los barracones por el terreno helado y ventoso; no tenían edad: todos estaban aplastados por  la misma desnutrición física y moral.
Pocos guardias flanqueaban la línea de espectros; no se necesitaban demasiados para contener a estos infelices,  tan ausentes ya…
David marchaba entre ellos; parecía uno más, tan flaco y tan sucio como todos.
Día a día recibió su jarro ardiente de bazofia; percibió el jadeo acatarrado de los enfermos, obligados a cavar, tal vez sus propias tumbas;  los vio caer y cómo los ultimaban a culatazos; oyó el rumor sobre los desaparecidos, y olió el extraño humo acre.
Mientras  iban muriendo las esperanzas, una llama invisible calentaba todavía su corazón: David iba cantando  Salmos en su garganta silenciosa.  Eran su patrimonio  de judío fervoroso:  la Fe en Yahvé, lo que jamás le robaría la miseria del campo.
“Tú eres, Señor, mi Fortaleza, mi Roca, mi Baluarte, mi Libertador.”
No sabía si estaba enloqueciendo, pero una voz interior lo cuestionaba: «¿Por qué no me proclamas? ¿Tienes miedo de morir? Eres uno de mis elegidos»
La pregunta crecía en la tragedia cotidiana; siseante, zumbona, clara…
…y  se hizo enérgica, esa mañana, cuando tuvo la visión:  El Sabbath de la infancia; la madre prendiendo los cirios; la Fe vibrante en la alegría y el Amor de la familia; las velas que se consumían hasta morir entre canciones y alabanzas…«morir entre canciones de alabanza»…«volar al Hogar entre canciones de alabanza»...
Entonces estalló su canto súbito y vibrante: “Tú eres, Señor, mi Fortaleza, mi Roca, mi Baluarte, mi Libertador”.  
Y el canto de otros que soltaban también, sus voces… 
Y también estallaron las balas;  y  mientras los cuerpos caían, ellos se veían, sangrantes, desde el anhelado  carro de fuego de Eliseo, en que ahora viajaban.


NOCHE DE BRUJAS


Susana esperaba la señal de la luna para comenzar el hechizo.  La sombra de los altos árboles del cementerio debía  tocar  la tumba  de Pedrito. Era la señal  de un ángulo propicio. Entretanto el  viento enmarcaba  la Noche de Brujas con nubes oscuras y quejidos espeluznantes .
Suspendida en su escoba, Susana iba llamando a los ingredientes para tenerlos en la punta de su vara sarmentosa: cenizas, ojos y pelos del muerto se iban alzando entre chispas rojas y azules  hacia el temible aparatejo.
 ¿Todo en orden? «Mmm» «¡No!»  «¡Ratón!»  «¿Cómo era que se llamaba a un ratón?».
Se le alborotaron las crenchas bajo el sombrero picudo; sin el ratón, no podía lograr que Pedrito se moviera en la tumba; y lo necesitaba; estaba en juego su graduación espeluznante.
Repasó todos los conjuros conocidos: “Debajo un botón, ton, ton”, “Los hombres son los ratones y las mujeres el queso”, “Gato con guantes no caza ratones”. Nada...
Las cenizas, ojos y pelos castaños del muerto yacían en la vara, y la luna debía de haberse movido casi lo suficiente;  la sombra de los árboles estaba a pocos centímetros del túmulo... a milímetros, ahora.
Susana se desesperaba; invocaba a otras brujas, pero cada cual estaba ocupada en sus trabajos en esta noche tan especial.
De pronto, en un espasmo de sus neuronas, vibró otro conjuro: “¡Susanita tiene un ratón!”...  Pero en lugar de articular el verso ella continuó la estrofa: “Un ratón chiquitín...”¡Y palmoteó feliz!
Con el rabillo de un ojo vio asomar el hociquito; pero el ratón no llegó a la punta de la vara; bailoteó en el aire y se disolvió en  la hojarasca. Con el otro rabillo vio cómo la sombra envolvía la tumba del minino y avanzaba más allá.
¡Horror! Notó que ella misma se diluía en el aire, con vara, escoba, y todo,  junto a los otros elementos del conjuro.  Era el temido castigo del Más Allá,  a su tonta  ineficiencia y a su rapto de felicidad.

Las ramas de los árboles del Zoo Cementerio repartieron los ecos del maullido sobrenatural de Pedrito, que agradecía su reposo eterno.

martes, 28 de marzo de 2017

La Laguna


Lo habían fascinado las ninfas en la vieja foto del comedor;  el abuelo le contó que estaban nadando en la laguna del pueblo; le encantaban los cuerpos desnudos, mojados,  brillando al sol.
—¿Así es la gente grande desnuda?— preguntó inocente. Risas. Cuchicheos.
 Quiso ver, preguntar otra vez;  y tocar a los adultos. «Eso es sucio». «Calladito».
Insistió; pero estaba prohibido: ni siquiera su propio cuerpo. Prohibido, a gritos y amenazas sobrenaturales; prohibido, a golpes y penitencias; prohibido, retirando el cuadro.
La eterna sombra invisible de Agustín lo envolvía por fuera: hosco, silencioso, huidizo; solo y agresivo; por dentro, la obsesión era una fogata de urgencias reprimidas: ver, tocar, vibrar.
«Las fogatas se apagan a pisotones»; y él los sentía cada vez más dolorosos: prohibido, prohibido, prohibido… Y la obsesión crecía e incendiaba.
Como tantas otras veces, esa tarde las siguió cuando iban a bañarse a la laguna; quería gozar del cuadro cuando salieran para vestirse.  Tampoco esa tarde el grupo de chicas bulliciosas se percató de su presencia; una sombra más entre la de los viejos árboles. Agustín se asomó sigiloso a la laguna para espiarlas; chapoteaban y reían, desnudas, ingenuas. 
Sintió que su mundo interior estallaba ardiente y poderoso; se lanzó, desnudo y jadeante y rebotó con su grito de miedo  en el pozo vacío en el que alguna vez estuvo la laguna. Una sinfonía de garzas y zorzales tapó el crujido de las ramas y de las piedras sueltas. 
“Encuentran muerto en el fondo de un barranco al anciano paciente del hospital psiquiátrico; el hombre habría salido a pasear y se alejó del predio; siempre deliraba con la laguna que se desecó para urbanización a mediados del siglo veinte.”



El otro lado de "Las Margaritas Amarillas"


 Ni siquiera busco el cuadro de Lucía; es imposible que no esté frente a la escalera; lleva treinta años allí; se llama “Las Margaritas Amarillas”: flores sencillas y mucho sol;  así ve Lucía nuestra vida de amor; ¿o la suya con la mía? Cada uno en sus asuntos, pero siempre juntos entre largos silencios.
¿Por qué jamás entiendo cuando me pregunta: “Arnoldo, ¿qué hay al otro lado de mis margaritas?”. Yo me río; pienso que es un poco boba.
Acabo de despertarme sobresaltado por un estallido de vidrios y maderas, y un golpe sordo  envuelto en un grito de angustia y dolor.
—¿Lucía? ¿Qué pasó?
Silencio, su cama está tendida y vacía.
Casi olvido manotear una linterna; no hemos pagado la luz; malos tiempos para los viejos solos. Voy bajando la escalera; rengueo descalzo  y jadeante.
Busco a nivel del piso, desde el último peldaño. El pálido rayo de la linterna  sugiere cortinas, muebles; nada extraño, al parecer.
Veo un banquito caído al pie de la pared; el fuerte soporte del cuadro está casi arrancado y sostiene una soga sucia; un tarro de pintura negra vuelca mansamente su contenido sobre el cielo diáfano del cuadro.  Y justo al pie de la escalera, como en una pira presta al holocausto, se desparrama el cuerpo mudo y gastado de Lucía, desarticulado sobre vidrios, astillas y flores; Lucía y el otro lado de sus Margaritas Amarillas.
Me imagino la soga en el soporte de su cuadro, mientras Lucía, desde el banquito,  trata de escribir un mensaje póstumo antes de colgarse; lucha con la soga y el pincel y el tarro; se viene en banda, con todo, y se rompe la cabeza.
Ya estoy demasiado viejo para andar sin chancletas sobre el estropicio; me siento a llorar a la espera del amanecer y de algún auxilio; sé que está muerta; ni siquiera procuro tocarla, ayudarla, besarla. ¿Qué hay al otro lado de una vida que se rompe?
Oigo en el aire polvoriento su añosa cantilena: “Arnoldo. ¿Qué hay al otro lado de mis margaritas?” Ahora sé lo que hay: vacío, tristeza y soledad.

  

domingo, 11 de diciembre de 2016

Entraste en mi vida para siempre


Argentina. 1836. 
Margarita tenía veintiún años cuando llegó a Santa Fé, con la abuela Tiburcia, para visitar al prisionero. Tiempos de guerra civil.
Personaje prominente, José María Paz había sido derrotado y llevado lejos de su Córdoba natal. Tenía cuarenta y cuatro años. Había perdido un brazo en una batalla. 
Conmovida por la suciedad y el envejecimiento de ese hombre que admiraba desde pequeñita, y por los recuerdos de la infancia que él había hecho feliz, Margarita se arrojó en sus brazos, consciente de su total y apasionada incorrección, loca de amor.
Habían pasado ocho días de idas y vueltas, de acompañarlo, limpiarlo, conversar con él cuando se lo dijo:
—Yo me quedo contigo, José María. Hasta que la muerte nos separe.
—Hija, Margarita, estás loca. Vuélvete a Córdoba. Reza siempre por mí, que también te amo. Pero acepta la voluntad de Dios y no arruines tu vida. 
No lo escuchó. Salió sollozando y corrió hacia la iglesia próxima. Media hora más tarde volvía con un fraile.
—Mi tío ha pedido confesión— le explicó al soldado de guardia.
El cura entró a la celda y mientras Margarita aparentaba revisar la mano áspera del vencido, él rezó la fórmula matrimonial y los casó. Allí mismo redactó el parte de la boda. Sentada en el catre, Doña Tiburcia, única testigo, lo firmó.
Esa misma tarde, regresó sola, llorando. 
Revuelo familiar en Córdoba. ¡Cuánta tristeza por el hombre enérgico e inteligente!¡Cuánta pena por esta joven hermosa y promisoria, eternamente enamorada de su glorioso tío y dispuesta a seguirlo en la caída! 
Desde esa noche, Margarita Weild y José María Paz, vivieron en el calabozo durante ocho años. Allí tuvieron tres hijos, y perdieron una. 
Paz se fugó, primero, y luego fue oficialmente perdonado y galardonado. Y otra, y mil veces, traicionado y reivindicado en una vida inestable y dura. Ella siguió a su lado en Argentina, Uruguay y Brasil, en un periplo de nueve hijos, luces y sombras.
Murieron en Río de Janeiro, como horticultores; pobres pero enamorados. Ella se fue antes. 
Hoy descansan juntos, en el atrio de la Catedral de Córdoba

sábado, 10 de diciembre de 2016

Gitanos


Todos los veranos llegaban los carromatos; los gitanos armaban su campamento a la salida del pueblo, cerca del arroyo. Dos grandes carpas desteñidas.
 Estaba prohibido acercarse; un muro de prejuicios cortaba el paso: «Brujos» «Ladrones» «Mentirosos y sucios» «Cuchilleros». 
      Desde la calle se veía un montón de chicos medio desnudos que acarreaban baldes de agua;  madres, con pañuelo a la cabeza, barre que te barre; se oía la charla llena de gritos; viejas medio tullidas, llenas de recuerdos y siempre mandonas; ruidos de hierros y martillos; olor a traspiración y fritangas de pescado…
A la tarde, caía el muro: envueltas en una nube de agua de colonia, las más bellas jovencitas que se pudiera soñar iban desde el campamento a la plaza, acompañadas de algunas matronas jóvenes, a ofrecer “la buenaventura”, coplas de algún poeta paisano y algunas danzas.  La magia de los presagios y conjuros, y los escotes descarados de las blusas,  derribaban las trabas sociales, y la clientela bullía.
Allí, Pedro conoció a Antonia; lo fascinó con sus remolinos;  se le quedó prendida en los ojos. Desde los tacones nacía el vaivén que subía hacia las caderas y los pechos quinceañeros, y acariciaba sus pollerones coloridos. La acompañaba una gitanita flaca y desaliñada, ideal para resaltar el brillo de la princesa.      
Escuchó los «¡Ole, por la Antonia!...»  Y por ahí: « Antonia, ¿cuándo es el viaje?» «Mañana, después de la fiesta».
Así supo el nombre, y también que no había mucho tiempo… ¿para qué?...
  De regreso, cuando acababan de pasar por su vereda, escuchó las carcajadas de dos muchachotes:
     Eh, gitanas!  Dígannos la buenaventura.
     ¡Vamos, lindas! ¿Quieren vernos las manos?
     ¿Seguro que las manos, nada más?
Avanzaban; Antonia se detuvo; la chiquita salió corriendo hacia el campamento.  La joven  irguió la cabeza,  y  de repente comenzó un siseante canturreo: “Permita Dios…” mientras iba girando y crecía su voz; “que Jesucristo te mande una sarna perruna por mucho tiempo”; los enfrentó, con sus larguísimas uñas y con un grito aullante: “que los diablos te lleven en cuerpo y alma al infierno”… Y finalmente, escupió terribles carcajadas sobre los muchachos, congelados de espanto…
     ¡Antonia, ya vamos!

Corriendo en medio de la calle, la gitanita volvía con un gitano flaco, vestido de mameluco, sudoroso y engrasado. Los bocones se replegaron como inocentes conejos; un gitano enojado es demasiado temible.
La tomó de la mano y Antonia se fue.  Y Pedro  la sintió ahora, prendida en el alma. «¡Valiente!¡Poderosa!¡Hermosa!»
Esa noche lo mantuvo despierto el jaleo del campamento.  Canciones, aplausos, gritos; llamadas a los niños, voces de castañuelas y guitarras; fuerte olor a comidas guisadas, a condimentos extraños. Todo entraba por su ventana, todo era fiesta.
Imaginaba a Antonia en la rueda; bailaría al son de las coplas, envuelta en el serpenteo de sus brazos llenos de pulseras; y su enagua bordeada de puntillas estaría llamando al compañero, por debajo de la falda voladora ¿verde?... ¿roja?...
Y en vez de maldiciones se estarían musitando hechizos de amor: “Una rosa y un clavel, tan diferentes, somos los dos… Dame tu corazón, quema mi alma, quema mi cuerpo.. Dame  tus pensamientos bajo la luna brillante y el sol ardiente…”; él la escuchaba en su alma… ¿o el gitano?... ¿Se llamaría Pedro, el gitano?...
“Ese” Pedro, ahora vestido de chupín negro y chaleco bordó, con el jopo engominado, avanzaba taconeando y palmoteando hacia su princesa. Pedro podía adivinarlo  en su propio cuerpo tenso y bullente; ansioso de la cintura y del corpiño dorado de Antonia; de la boca risueña y de sus ojos pícaros e insinuantes. Sentía arder sus propios ojos, por el brillo de los del otro; sentía como suyo el aliento de su boca húmeda…
Desde las sillas, los viejos animaban el encuentro con palmadas, y frases descaradas y sensuales.
Y él veía y oía y sentía todo desde muy cerca, cada vez más cerca,  como si no estuviera en su cama; como si no tuviera once años;  como si se hubiera animado a pasar el cerco, y hubiera conquistado a Antonia antes de que se fuera en los carromatos, al día siguiente.



miércoles, 9 de noviembre de 2016

LA QUINTA ESQUINA


Así se llamaba la zona de calles en diagonal; y así se llamaba el bodegón. Todas las noches los tahúres se sentaban alrededor de una mesa pentagonal; los lugares estaban numerados, del uno al cinco El anotador  se sentaba siempre en la  quinta esquina, cerca de la barra, para atender al mismo tiempo algún pedido de refuerzo. El tintineo de los dados jugaba sobre el humo con la música del gramófono.  En el número uno, Julieta, la preciosa bailarina treintañera, acompañaba la ronda, sentada sobre las rodillas del tonto de turno, para que se desconcentrara y pudieran “pelarlo”.
La noche del crimen,  las luces amarillentas del bodegón  pintaban  el tronco de un paraíso y la primera hilera de baldosas de la vereda; más allá todo estaba en tinieblas.  Pero la música estridente alcanzaba a los vecinos que trataban de dormir.
Pablo Flores  se sumergió en el bullicio incongruente de “La Quinta Esquina”. ¿Por qué incongruente? Porque no había nadie en el salón.
Nadie vivo, digamos. En el piso, estaba Julieta… Degollada.
Sobre la mesa pentagonal, en un charco de bebidas,  flotaba un revoltijo de dados y ceniceros llenos. Los vasos y botellas en añicos eran la alfombra de la bailarina.
No se espantó por los ojos desorbitados y la boca abierta en el grito final; ya estaba curtido en estas lides. No se detuvo a verificar si realmente estaba muerta; su ojo profesional de policía inteligente lo había detectado al instante; también sabía que la escena del crimen no se toca en ausencia del cuerpo judicial; y además, su tremenda barriga  no  le permitía acuclillarse.
«Habría que llamar a la policía» pensó. Pero estaba muy cansado y no tenía apuro: se sentó y se puso a mirar el cadáver de la chica. Varias veces habían estado juntos,  por las tardes, en cualquier hotelucho próximo. Lástima que su figura descuidada y decadente y su bolsillo raquítico de jubilado, no colmaron las expectativas de Julieta; no es fácil conseguir clientes  para un bar en una ciudad pequeña. Ahora que  tenía algunas nuevas ofertas favorables, Pablo había venido  a buscarla; pero ya era tarde.
«Triste» pensó. Y se rascó la calva.
 Pero, después de todo- pensó- si el bolsillo tampoco alcanzaba, ella volvería a irse, porque él no rejuvenecería; su cabello no iba a crecer ni bajaría de peso.
Algo le molestaba en la calva, o a causa de la calva, y no podía entenderlo… Parecía como una luz creciente que  afloraba en su cabeza agotada.  Apoyó el codo en la quinta esquina, en donde había estado anotando… ¿unas horas antes? …¿un rato antes?
Florecían los recuerdos: se había  ido, borracho y furioso porque  el de la primera esquina  toqueteaba demasiado a Julieta, y seguía ganando. Furioso porque ella  lo disfrutaba sin cuidar del negocio. Cada vez más furioso, hasta que rompió el vaso en que estaba bebiendo. Tan rabioso, que no escuchó los gritos y las carreras de los que escapaban llevándose la mesa por delante cuando él se paró y la tironeó  hacia el vaso que acababa de trizar y con el que le rebanó su precioso y despavorido cuello.  
Volvió a mirar el cadáver y a tocarse la cabeza: la mano  de Julieta se crispaba sobre  su ausente peluquín.

Una sirena aullante acompañó la frenada del  auto policial. Los jugadores que habían huído entraron gritando, junto a dos agentes. Entonces, Pablo hundió violentamente   un trozo de vidrio en su propio cuello. 

EL ECLIPSE (A partir del cuento homónimo de Antonio Monterroso)


Este cuerpo mutilado a merced de los carroñeros, es mi cuerpo; pero mi corazón que todavía gotea sangre está en su templo, en manos del Rey y de sus sacerdotes..
“Bartolomé, es llegada tu hora.”
No  hace ni una hora que la selva cerró su cerco asfixiante y me entregó a los mayas.
                Te invoqué, Dios mío, con la ciencia que me hiciste conocer; pero el Demonio les dictó a estos ignorantes, los profundos secretos de los cielos, y tu proyecto de luces  y sombras a través de los siglos.
                ¡Ah, Dios mío! Yo sé que ahora viene mi gloria, que es la tuya. Sin duda, mi corazón irradiará tu luz sobre estas gentes, y un fuego purificador aniquilarà al Demonio.
                Aquí, Señor, se cierra el ciclo de tu mandato; mi rey, Carlos V sabrá que no he defraudado su confianza. ¡Gloria! ¡Hossana! ¡Arrodillaos, infieles1
                Pero, ¿qué es esto?.Mi corazón lleno de escupitajos va rebotando entre los pies del pueblo y cae en un profundo pozo plagado de bestias rabiosas.

                Dios Mío… Confié en que compartiría tu Pasión y tu Resurrección. ¿Por qué me estás abandonando? ¿Por qué me eclipsas?

El perdón

El Perdón
Juana y Blanca murieron el mismo día, a la misma hora: un Viernes Santo a las tres de la tarde.
Esto determinó que la separación que se habían impuesto cinco años atrás terminara, de golpe, a la Puerta del Paraíso.
Una historia de amor frustrado, engaño, envidia y muerte había separado a las hermanas. En el medio estaba el fantasma de Ismael.  Blanca lo amaba y Juana se lo había quitado con un embarazo fingido. Blanca se confió a una bruja,  y el bebedizo que ella le dio para recobrarlo resultó mortal para Ismael.
Junto a la puerta, Juana y Blanca se agitaban enfrentadas en anhelos de sangre; pero no había uñas, ni manos, ni carótidas: sólo el odio, mal sepultado bajo una montaña de buenas obras con las que buscaron, inútilmente,  sanar en vida su ira y remordimiento,
 La Puerta del Paraíso estaba cerrada con un grueso candado de nubes indestructibles: pero el frenesí de los sentimientos de las mujeres sacudió la Puerta; Jesús y el bueno de San Pedro alcanzaron a oírlo.
—Maestro— rezongó el viejo portero—Son las que mataron a Ismael. Otro par de almas indignas, que pretenden la bienaventuranza. Justamente en este día…
Jesús hizo un gesto de infinita paciencia: «Pedro… no te olvides del gallo…! Avísale a Ismael y a los querubines»
Como en el “Hágase” del Paraíso, Ismael apareció en medio de las hermanas y las abrazó en silencio.  Los angelitos rompieron a cantar: «Perdón, perdón. Mi alma tienes sed de Ti», Y ellas lo coreaban bañadas de lágrimas y de luz. «Perdón, hermana,» sollozó Blanca». «Perdón, hermana,» suspiró Juana.
Ahora la puerta estaba abierta. Las manos de Jesús, claveteadas y resucitadas desde la eternidad, dibujaban sobre sus cabezas las buenas obras que habían realizado.
 «Yo soy el Perdón», sintieron más que oyeron.
Y se encontraron en el Cielo.




lunes, 31 de octubre de 2016

MIEDO


Anochecía y en la calle  se iban encendiendo algunos faroles.  La tormenta agazapada en el horizonte, henchida de malos presagios, se puso en marcha desde los cerros cercanos y avanzó derramando tinieblas. De pronto, se cortó la luz en todo el pueblo y estalló el rayo.
Cerró ansioso los postigos; atenazado de miedo, recordó la inundación del mes anterior; el brutal remolino negro y helado que se había llevado tantas casas, fotos, perros, plantas… Tantas vidas que seguían latiendo y reconstruyéndose;  y tantas otras que no volvieron a respirar, como la de su esposa.
Entonces escuchó otra vez los cascos que retumbaban en el  pavimento y el grito débil de la mujer.  Y al instante, el alarido y el relincho desesperados  y el chapoteo jadeante contra la correntada.  
Y otra vez el miedo se le hizo terror, parálisis. Pero su cabeza y su corazón latían descontrolados. Abrir la puerta para brindar socorro era adelantar la entrada del agua en su casa. Quedarse, sin más, era morir a su condición humana, a su impulso de ayudar, de salvar, de salvarla… ¿A quién? ¿Dónde estarían ya la mujer y el caballo? «¡Quédate!»« ¡Tranca todo!»«¡Abre!» «¡Se estarán ahogando!»
Ya no los oía cuando cayó de rodillas, entre estertores angustiosos,  con las manos en la garganta y el pecho. El agua borboteaba por debajo de su puerta; goteaba el techo en medio de las tinieblas. Sintió que su mujer lo llevaba de la mano hacia una esquina lóbrega donde yacía junto al caballo; ya no tenía miedo; él también se había ido.