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lunes, 9 de enero de 2017

Esperame en la terraza

Se giró al escuchar el grito: ¡Lauraaa!… ¿ Arriba, en el aire tibio del atardecer? ¿O dentro de su corazón?
De espaldas, a unos pasos del moderno edificio, se disponía a subir al coche; la llave estaba en la cerradura. El semáforo se puso en  rojo. ¿Frenadas?
Levantó la cabeza, con la mano en la puerta entreabierta; entonces lo vio volar en picada desde el octavo piso; allí,  desde la terraza en donde habían pasado una hora poniendo en orden su futuro de pareja en crisis. También volaban el infaltable portafolios y uno de sus mocasines; no supo que estaba corriendo con los brazos extendidos para recibirlo; tampoco advirtió el coqueto bolsito beige, entreabierto, que se soltó de su mano; un labial, un portadocumentos y el celular se desparramaron en la vereda,
Ismael caía inexorable, mudo y vacío, ya desparramada su vida, sus papeles, sus planes, su actitud de triunfador; cincuenta años de éxitos y ochenta kilos de importancia y no pesaba más que cualquier papelito; a su paso se abrían ventanas de ignotas oficinas y el grito renacía con los de tantos otros. Laura corría con toda su confusa y desesperada angustia, ciega por la melena revuelta y por sus lágrimas secas. Su alarido desgarrador, que sabía a duraznos y vodka, se había ligado al de Ismael, y al de la gente en la vereda y en los ascensores;  y él volaba,  quieto y rígido,  muy cerca del piso, mientras ella se ahogaba en el loco palpitar de su corazón.
«¿Qué hiciste?» «No, no; pará» «¡No te lo creíste!» «Este tiempo que decidimos darnos…» «¿Todo estaba podrido para vos?» «¡No, no, por favor!»
Crujió el tacón de su sandalia derecha. El reventón de Ismael contra las baldosas estalló junto con el de su propia caída amortiguada sobre el cuerpo sin rostro.
Después se apagaron sus sollozos histéricos; no oyó el nuevo arranque de los autos,  las voces,  ni las sirenas…
Enarboló su celular de niebla y contestó la llamada muda: “Hola… Sí… Esperame en la terraza con unos daiquiris… Llego ´en cinco’, más o menos…”


domingo, 11 de diciembre de 2016

Entraste en mi vida para siempre


Argentina. 1836. 
Margarita tenía veintiún años cuando llegó a Santa Fé, con la abuela Tiburcia, para visitar al prisionero. Tiempos de guerra civil.
Personaje prominente, José María Paz había sido derrotado y llevado lejos de su Córdoba natal. Tenía cuarenta y cuatro años. Había perdido un brazo en una batalla. 
Conmovida por la suciedad y el envejecimiento de ese hombre que admiraba desde pequeñita, y por los recuerdos de la infancia que él había hecho feliz, Margarita se arrojó en sus brazos, consciente de su total y apasionada incorrección, loca de amor.
Habían pasado ocho días de idas y vueltas, de acompañarlo, limpiarlo, conversar con él cuando se lo dijo:
—Yo me quedo contigo, José María. Hasta que la muerte nos separe.
—Hija, Margarita, estás loca. Vuélvete a Córdoba. Reza siempre por mí, que también te amo. Pero acepta la voluntad de Dios y no arruines tu vida. 
No lo escuchó. Salió sollozando y corrió hacia la iglesia próxima. Media hora más tarde volvía con un fraile.
—Mi tío ha pedido confesión— le explicó al soldado de guardia.
El cura entró a la celda y mientras Margarita aparentaba revisar la mano áspera del vencido, él rezó la fórmula matrimonial y los casó. Allí mismo redactó el parte de la boda. Sentada en el catre, Doña Tiburcia, única testigo, lo firmó.
Esa misma tarde, regresó sola, llorando. 
Revuelo familiar en Córdoba. ¡Cuánta tristeza por el hombre enérgico e inteligente!¡Cuánta pena por esta joven hermosa y promisoria, eternamente enamorada de su glorioso tío y dispuesta a seguirlo en la caída! 
Desde esa noche, Margarita Weild y José María Paz, vivieron en el calabozo durante ocho años. Allí tuvieron tres hijos, y perdieron una. 
Paz se fugó, primero, y luego fue oficialmente perdonado y galardonado. Y otra, y mil veces, traicionado y reivindicado en una vida inestable y dura. Ella siguió a su lado en Argentina, Uruguay y Brasil, en un periplo de nueve hijos, luces y sombras.
Murieron en Río de Janeiro, como horticultores; pobres pero enamorados. Ella se fue antes. 
Hoy descansan juntos, en el atrio de la Catedral de Córdoba

martes, 26 de julio de 2016

El Tren de las Nubes (edición sttorybox)


Es de madrugada cuando subimos al tren. Hace mucho frío. La estación tiene ese desagradable olor en que se mezclan la combustión de los motores y los fritos para el desayuno de los clientes. 
Con las ventanillas cerradas para evitar alguna pedrada clandestina, nos vamos alejando de los pueblos aledaños a la capital. Algunos bostezos perezosos y los primeros mates nos van integrando a la travesía. Se levantan las persianas y ahí están el sol y las montañas. 
Una infinita variedad de paisajes se va desplegando al paso del tren; sobre la base rocosa, gigantesca, los colores se encienden, lucen y dejan paso a la tonalidad siguiente: marrón, ocre, naranja, rojo, blanco; al borde de un hilo de agua cristalina verdea una insólita huerta; en medio de la soledad, una inesperada capillita blanca; una manada de guanacos nos espía entre cardones; y una bandera argentina flamea sobre una escuelita de adobes, junto a una colorida Wiphala, la bandera de los Pueblos Originales… El hombre se ha acurrucado al resguardo del frío y de los vientos arropado por su bandera arco iris. 
No hace mucho que leí sobre la Wiphala: combina, en cuadraditos, los colores del arco iris; simboliza la cosmovisión andina; expresa una filosofía de vida ordenada; muestra cómo estar seguro, en el lugar que nos ha dado la vida. 
Y la vida palpita en pequeños pueblos chatos, marrones, como Chorrillos, Muñano, Ingeniero Maury, Santa Rosa de Tastil… Un hombre maneja un arado rudimentario, una mujer cuelga la ropa lavada, en medio del viento. Y el tren sigue jadeando, crujiendo, pero siempre subiendo. 
Un complicado sistema de “rulos”y ruedas especiales permite que el tren afronte en zig-zag las cuestas empinadísimas, y nos lleve a la cima. 
El viaje dura unas cinco horas; en varios tramos retrocede para lograr un envión eficiente hacia las nubes. La tecnología del tren es sorprendente, pero no moderna. El hombre, empujado por motivaciones tan opuestas como el afán de aventuras y los intereses económicos y políticos, ha activado su inteligencia para llegar a los escenarios de la vida aborigen y de la historia patria… (O para comunicar mejor a los pueblos y al comercio andino. ¿Por qué no? ) 
Sin duda, esto no es un trekking por las Sierras de Córdoba. Esto se disfruta diferente; es casi...¿un viaje astral?. Nuestro cuerpo está pegado a la butaca, al vidrio empañado, mientras el alma se vuela hacia el mundo helado y ventoso de las raíces ancestrales. 
Entre traqueteos, fotos y mareos de "apunados" vamos trenzando impresiones con los vecinos de viaje, otros desconocidos argentinos. Todos disfrutamos de esta tierra nuestra, tan áspera y llena de historia; todos atenuamos en el corazón lo que sabemos: que no somos los dueños, sino los hijos de los que usurparon una cultura, con mejores o peores intenciones. 
Y yo me siento agradecida porque descubro la belleza y la fuerza de la vida en ángulos diferentes. 
Llegamos: pasamos sin detenernos frente a una ciudad: San Antonio de los Cobres. El nombre está construido en piedras adosadas a la ladera. 
Y aquí estamos en La Polvorilla, un puente increíble. Como una oruga gigantesca el tren ha trepado hasta allí y nos deja, al borde de un abismo de pesadilla, imaginando la puja de la fortaleza del hombre y la de la naturaleza: hierro en las entrañas de las rocas; hierro en el desafiante trenzado del puente… Sueños de aventura, miedo, vértigo... Otra vez al tren. 
Retrocedemos a la ciudad; es una ciudad- pueblo, pequeña, de alrededor de cinco mil habitantes, donde hay que estar enraizado, desde siglos, para convivir con el viento seco y helado, más allá del paseo turístico. 
Y el turismo le da de comer, como en un tiempo lo hacían las mulas y las minas de cobre. Un guía explica que San Antonio es el protector de los arrieros de mulas; este es el Antiguo Camino al Alto Perú, por donde transitaba la riqueza de metales y animales de carga; un día, despertó el Atlántico y brotó Buenos Aires. 
Una alfombra de vendedores ambulantes se extiende al pie del tren, en La Polvorilla y en San Antonio, únicas paradas del larguísimo viaje. Yo pienso en los incas soberbios, casi míticos que llegaron hasta aquí con los largos dedos de su Imperio. El bebé que saluda y sonríe a los turistas, con la manita extendida para la moneda o el caramelo; los adolescentes que sostienen corderitos entre los brazos en procura de ser fotografiados; hombres y mujeres que despliegan los mismos aguayos, medias, gorritos y carteras que vemos en cualquier otro punto del noroeste turístico (y en nuestra peatonal cordobesa), nos dejan una impronta tristona de decadencia cultural. Pero están vivos, en su idioma, en su filosofía, en su wiphala; enfrentan la realidad y se sumergen en este sincretismo que les permite la supervivencia material y espiritual. 
Ninguno de ellos se acerca al tren; todos somos argentinos, pero no somos compatriotas; triste, ¿no?; una guardia policial asegura que "ellos" nos atraigan, pero que no nos molesten; la paradoja es que los agentes también son "originarios". 
Cargados de fotos compradas por monedas y de artesanías depreciadas, incorporadas a la industria turística, volvemos al tren para el regreso.
 ¿Podré integrar en mis escritos tantas formas de ser argentinos?