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viernes, 6 de octubre de 2017

SABIO QUE LADRA

                Varias veces durante el día, el perro le gruñó a la sombra que se asomaba desde alguna grieta de la pared, o por debajo de los muebles; la dominaba con un ladrido si avanzaba hacia el dormitorio: “todavía no”;   después,  él volvía a arrinconarse, para descansar los huesos.
En plena madrugada, el Tobi se agitó en el rincón de la cocina; se levantó cuando el viejo salió del dormitorio; lo husmeó desconfiado y nervioso: había pasado junto a él sin regalarle ni siquiera un silbido cortito.
                Con la cola baja, lo fue siguiendo mientras preparaba un té de yuyos y hurgueteaba en el botiquín. El hombre se estaba portando diferente; sonaba diferente, con sus suspiros y sus hipos;  olía diferente, a  desconcierto y miedo.                                                                                                                                                      Con su ciencia de perro viejo, entendió que faltaba poco. Le hociqueó el borde del pijama  y se echó a la puerta; no debía seguirlo                                                                                                   Arrastrando las pantuflas, el anciano llevó el té y los remedios al dormitorio.                                    
               En ese momento, el viento empujó la puerta del patio y el Tobi vio a la sombra que avanzaba decidida; esta vez no gruñó: sabía que ya era la hora y que se llevaría los últimos gemidos  de la mujer tendida en la cama.                                                                                                                                Rompiendo las reglas, él también entró, a rastras, a la habitación.                                      
               El hombre estaba sentado en el borde del colchón; le hablaba muy bajito a su compañera y le acariciaba la cabeza.                                                                                                                                              El Tobi sabía que ella estaba muerta y que el amigo lo necesitaba especialmente. Lamió las manos del dueño; él le rascó la cabezota y arrancó a sollozar; el Tobi gemía; no era el dolor de su artritis: era un arrullo fraternal.  


*ESPERANDO EL TREN

 “Dormían en habitaciones separadas y todo; debían tener como 70 años cada uno, y hasta puede que más y, sin embargo, aún seguían disfrutando con sus cosas”. Sus cosas: las que habían amasado, tejido, inventado entre los dos a lo largo de esos años. Los recuerdos, las bromas, las miradas. Disfrutaban de la presencia mutua, y de las ausencias consentidas, silenciosas, dormilonas, quietas; de estar vivos y juntos; de ir cediéndose mutuamente gustos, opiniones, espacio, tiempo. Disfrutaban de sus cuerpos, de los nuevos lenguajes del amor que descubrían, cama afuera, sin prejuicios. Cada día renacían en un rezo, unos mates y un beso trémulo, tal vez distraído en la búsqueda de los remedios o de los anteojos. Y cada día eran una pareja tomada de las manos; esperaban el tren indefectible sin alharacas y sin miedo.
*Participación en un juego de escritura, a partir de la primera frase de "El Guardián entre el Centeno", de Salinger.

jueves, 4 de mayo de 2017

Caleidoscopio

El suspiro  me llega desde su casa. ¡Está tan lejos!  Casi nunca lo veo…pero llega, y se acurruca en mi corazón. Y yo no puedo dormirme otra vez y echarle la culpa a algún mosquito desubicado.
No entiendo cómo un suspiro tan distante pudo despertarme y desvelarme en plena madrugada. Pero yo sé que es él,  el que suspira… ¿O solloza? Como tantas otras noches, desde que saqué su cuna de nuestro dormitorio. Entonces yo sabía que estaba soñando, o jugando con sus manitos; o que tenía fiebre o cólicos.
Ahora es un hombre, y está construyendo una buena vida;  ahora suspira feliz, supongo; sus niños son hermosos, sanos y alegres; su mujer es muy buena compañera;  o tal vez está llorando por dentro, aunque se ahogue, como le han enseñado, porque es varón;  porque lo abruman las deudas; o porque está en una crisis de pareja; ¿o porque nos  extraña?  ¡Capaz que sí!¡Seguro!
Me he reído mientras sigo jugando con este caleidoscopio de posibilidades  blancas y negras porque sé que  soy yo la del suspiro; que no vino de lejos, sino de muy, muy cerca, desde adentro; más que del corazón, del útero, aunque ya está viejo y reseco. Que lo extraño, a veces,  en el nido vacío; sin embargo no quiero tenerlo aquí más de unas horas; porque estaría todo mal, entonces; que sólo quiero un beso, un “hola, mami” y muy pocas confidencias;   que no sé nada más que lo que él me cuenta;  y no quiero intuiciones; es lo que puedo y debo saber.

«Dormite, entonces; relajate.  Suspiró porque está vivo; una de cal y una arena; así es la vida»  

miércoles, 3 de mayo de 2017

BORRACHO


Supo que el vaso estaba lleno nuevamente.
El mozo, comedido,
regresaba a la barra, indiferente.
Desde su mesa
arrancó con poemas enredados
y con coplas  pastosas e incoherentes.
Ni una vez, medio vaso;
una y otra, dos tres… vaso completo.
«A medias, media luna», recitaba.
«O  unas medias tramadas de agujeros».
Y rompiendo a cantar, desafinaba:
«A medias, incompleto,
cosas de perezoso o indeciso».
Y animado de aplausos y silbidos
Continuaba su terco desvarío.
«La vida es todo o nada, ¡viva el vino
que  por el vidrio espía mis pesares!»
«Ya no me duele el alma, flota lánguida
entre las viejas penas olvidadas
que  el vino fiel, ahoga cada tarde».


martes, 2 de mayo de 2017

Un visitante apurado


—¡Ya voy!—gritó por encima del chirrido incesante del timbre.
Se levantó del sillón, de un salto.

Justo cuando el asesino de la serie aprontaba su revólver, abrió de un tirón la puerta de calle. Resonaron dos explosiones: el estallido del revólver en la tele, y el de su experta patada de karateca  en la muñeca del visitante.  El arma que le apuntaba voló por encima de la tapia. 

jueves, 27 de abril de 2017

Amado Moreno de mi Corazón


—Linda casa—comentó la vendedora de pasteles.
—Linda—contestó su compañero.
—Merecida la tiene, Don Mariano, por honesto y leal.
—Así le han pagado los de la Junta. Lo han nombrado embajador en Inglaterra.
—Se sacaron los estorbos ‘del medio’. A éste, por ‘jetón’ se lo han dado a los gringos; a Belgrano, como es más quedadito lo han hecho milico a la juerza; que se lo coman los mosquitos en el Paraná.
—Y a ‘ujtede do´ no les van a alcanzar las patas cuando les echen mano los ‘cogotudos’, por lenguas largas—gritó la Candela que volvía del matadero con el canasto a la cabeza.
Mientras se perdían calle abajo, llegaban desde el patio de la casa las risas de Marianito y la niñera, y los ladridos del Gauchito. Bajo una llovizna leve, un aroma de madreselvas y jazmines anunciaba la plenitud de la primavera en Buenos Aires.
Por un momento, María Guadalupe Cuenca sonrió a la escena;  canturreaba unos versos que se le habían ocurrido unos meses antes, para la segunda carta a Mariano:
Amado Moreno mío/ dueño de mi corazón
 de mis suspiros de niña/de mi vida y de mi amor.
Ahora que te han llevado/no me puedo consolar.
Mi pena se me hace canto/pero vos no me escuchás.
¡Es tanto mi sufrimiento/por tu ausencia y el temor!…
¿Y si en el mar te me pierdes, y yo me pierdo sin vos?

Volvió frente al secreter para meditar y seguir repasando y escribiendo sus memorias. Así había escrito a poco de llegar a Buenos Aires, en 1805.«Vida sencilla y digna, la de los Moreno. Desde los catorce años, cuando nos casamos, la vida con Mariano es una loca aventura de cimas y abismos; gracias a la Virgen no nos falta el amor.
«Ya han habilitado a Mariano para que ejerza la profesión. Tenemos nuestra casa.»
 «Marianito ya tiene ocho meses; es nuestro premio cotidiano»,
Y al año siguiente: «¡Calificaciones brillantes!¡Cuánta clientela!
A veces no veo a Mariano; a veces no puedo entender sus problemas políticos.
Añoro las veladas plácidas de Chuquisaca, y a mi buena mamá que Dios guarde en Paz.»
Pero después del glorioso 25 de mayo de 1810, Mariano, había ido cayendo en desgracia. «Tristes Navidades marcadas por los rencores y la incomprensión. Mariano ha renunciado a la Junta».
Ahora vuelve a tomar la pluma: «Mariano va rumbo a Inglaterra. Aquí estoy con mi hijito, amenazada de pobreza y empapada de soledad y angustia. Ya van cuatro meses sin noticias.»
« Mi pena se me hace canto, pero vos no me escuchás. » 
Desde el pasillo la alertó el chancleteo de la Simona.
Amita. Esto han ‘dejao’ en la cancel.
María Guadalupe, sentada frente al secreter, dejó la pluma en el tintero, escondió el pañuelito en una de las mangas del vestido y se volvió hacia la esclava.
La negra, expectante le alargó un paquete mediano y se quedó a su lado. Había confianza de años; sabía que podía compartir su curiosidad y la emoción del ama.
.«Pobre, mi niña. Otra vez llorando» pensó mientras la joven señora desataba el paquete misterioso. «Demasiado envoltorio para ser buen augurio»
Guadalupe rasgó el último papel, levantó la tapa de la caja y se derrumbó sobre la alfombra con un grito ahogado en sollozos.
—Ay, Dios mío; Mariano…
—¡Amita! ¡Mi reina! «Le hubiera valido más quedarse de monja en Chuquisaca»
Junto al ama se habían desparramado como mariposas negras un abanico, unos guantes y un velo de viuda; y un paquete con las últimas cuatro cartas que le envió al barco; todas estaban cerradas. Y nada más…Nadie le explicó que  él yacía en el fondo del mar, envenenado y envuelto en una bandera inglesa.
Mientras la abanicaba y le ponía un almohadón debajo de la cabeza, Simona invocaba a la Virgen por el descanso eterno para su enérgico y justiciero amo; y al ancestral Olorún, le pedía una pedrea de desventuras para Saavedra y sus secuaces.
En el patio había arreciado la lluvia. Silencio. Al pequeño Marianito le había llegado la hora de crecer, de repente, a los seis años


El Choque

El Choque
Cada año, el Día de Reyes, la procesión del Candombe salía a las calles de Buenos Aires. 
Varias crónicas recogen la copla dominante:
“ Celebran el seis de enero/ el día de San Balthazar/,
el Santo más candombero/que se pueda imaginar”.
Aunque se alertaba desde los púlpitos sobre el origen pagano del festejo, los blancos asistían al espectáculo desde veredas y balcones.  No faltaban los frailes que dirigían el Rosario y las beatas que pasaban el cepillo de la limosna.
Desde el cielo gris, la tormenta urgía a la concurrencia. Cientos de africanos y criollos, puros o mulatos, viboreaban al son de panderetas, collares de vainas secas, o cualquier trasto resonante; y entre las coplas en castellano, se filtraban  las plegarias bantú, las preces de hechizos y bendiciones y los requiebros sensuales y obscenos. Los tambores  guiaban a cada Cofradía.  Con estandartes rústicos  y colorinches se identificaban las distintas barriadas  y sus santos cristianos protectores. Dioses  amasijados en el sincretismo que aseguraba la supervivencia…  
 El negro Balthazar inauguraba el desfile. Lucía joven, vibrante y fuerte con su ropa de esclavo: camisa y pantalón blanco, pies descalzos.
Los suyos lo habían reconocido como el elegido de Olorún por su maestría innata con el tambor y su don de gentes. Y por algo como un halo invisible: aquella chispa ladina y fosforescente en sus ojos negrísimos.  Dimanaba una sabiduría superior, que rebajaba el orgullo de los amos; la misma que ahora habría suspendido la tormenta a su decisión.
Aquellos ojos especiales  permanecían fijos en el horizonte del puerto;  tal vez en la evocación de su tierra y de su viaje de esclavo.  
De pronto, giraron apenas hacia la izquierda.
De una de las iglesias salió una procesión: un acólito con incensario y otro con un Crucifijo de largo pie,  precedían a cuatro sacerdotes viejísimos; ellos sostenían sobre los hombros temblorosos un altar portátil de la Dolorosa, con sus manitas orantes y su corazón ensangrentado. Detrás de los ancianos, un grupo de niños vestidos de angelitos cantaba “Perdón, Señor”, “Líbranos del Maligno”.
El redoble magistral del tambor cambió a un ostinato bronco, amenazante;  se alteró la marcha de la serpiente multicolor; el paso vibrante se volvió aleteo sigiloso.
Entonces, Balthazar sacudió las baquetas en el aire. Silencio tembloroso.  Hubo un estallido atronador, y  el rayo estrepitoso se desprendió del cielo amenazante;  en medio de alaridos de terror  la gente se arrodillaba y se persignaba.  Los chiquillos y los viejitos corrieron espantados al templo, y la buena María alcanzó a ser atrapada entre el aire y los adoquines por dos creyentes próximos: uno blanco y uno negro.

El candombe reinició la marcha. Balthazar lucía impasible; ni una sonrisa, ni una corchea a destiempo. Detrás, las carcajadas desvergonzadas sacudían el cielo expectante.