viernes, 25 de marzo de 2022

MEMORIAS DE LAS CASTAS AMERICANAS


Tenía siete años cuando fui con mis padres a Buenos Aires en el tren que venía del norte, desde La Quiaca. Para ir a la capital había que viajar doce horas, con buena suerte.

El guarda nos acompañó a un coqueto camarote, pulcro y perfumado, revisó los boletos y se fue; creo que nos dormimos enseguida.

En algún momento desperté con muchas ganas de hacer pis. Me confié de mi experiencia viajera y encontré pronto un baño, aunque estaba cerrado con llave.

Bastante apurada, avancé bamboleante en la penumbra hasta una puerta. Detrás, otra realidad: el olor penetrante a comida vieja, vino y orines me golpeó la nariz y el estómago; resaltaban los bultos de gente dormida en el suelo, envuelta en ponchos coloridos y con los sombreros puestos; en medio de las personas había un desparramo de canastos, ollas y… hasta algunas ‘pelelas’.

Un muchacho se sentó en su ‘cama’ y me miró sorprendido; me sonrió, pero yo le tuve miedo: era ‘un pobre’; y los pobres eran todos malos, borrachos y ladrones… Yo estaba paralizada de horror y vergüenza: me estaba orinando. Empecé a gritar: “mamá, papá…”

Apareció el guarda muy eficiente; me tomó la mano de inmediato y me llevó con mis padres, que ni siquiera habían notado mi ausencia: otra vez el bienestar, los mimos. Yo no olía a rosas, para espanto de mi mamá; pero lo solucionamos enseguida; en el camarote había un bañito ‘paquete’ y en mi maleta, ropa suficiente para abrir una tienda.

Cuando fuimos a desayunar al comedor, pregunté por los pasajeros ‘pobres’.

—Son “collas”— dijo papá.— ¡Pobre gente! Casi cuarenta horas de viaje, sin plata y con los baños cerrados. No saben usarlos y los ensucian y atascan.

—¿Vos sabés que hace mucho eran príncipes en las montañas?— preguntó mamá, como de pasada.

—¿Y por qué van así a Buenos Aires con todas sus cosas y sus hijos? ¿Para qué?

—Para ver si consiguen trabajar. Pobres— volvió a decir— ¡qué destino!

Las masitas del desayuno se me volvieron amargas… Me quedé cautiva de este mundo extraño al que acababa de asomarme. 

jueves, 17 de marzo de 2022

MIGRACIONES


Por haber, solamente hay un océano

y un chucrún de tragedias.

El único equipaje es la impotencia

que trata de ahogar cualquier Chinchín

de esperanza y de renacimiento.

La patera encalló sobre la playa,

Chucrún, grajea un ancla inexistente...

¡En el fondo del mar se asientan tantas penas! 

Ojalá haya un Chinchín: La vida sigue, 

y puja por ganarle a la violencia.

Y en baúles secretos, incorpóreos

germinan los recuerdos, las costumbres,

las canciones de cuna y oraciones

por si hay un Dios que es justo y providente...


 

miércoles, 16 de febrero de 2022

LA LUNA Y SU POLISÓN DE NARDOS*


El niño sale de la carpa y se sienta en el suelo , junto a la fragua.  Es un niño de grandes ojos oscuros y  bonitos rulos negros. Lleva un bollo de pan en la mano derecha;  con la izquierda rasca la cabeza del perro más tonto del mundo: el suyo, el más amado.

La luna los mira, fría, lejana, redonda, plateada…  

 La madre y otras mujeres,  están revolviendo en las ollas, mil veces,  para que se despeguen las sobras con las que van a cenar. Y cantan coplas y se ríen; o se riñen por tonteras;  y otra vez vuelven a reírse.

 El niño mira y mira a la luna… Tal vez  sus senos blancos le recuerdan su destete postergado.  Tal vez, su polisón de nardos, se parece a la mantita de su cuna, y por eso se mece entre los rayos, y se adormila.  La luna es una mamá serena y luminosa.

El niño y el perro  miran a la luna… La están mirando… mirando… Después entran a la casa, medio dormidos, y se duermen del todo.

De pronto resuenan  los cascos en la noche metálica; los hombres vuelven al campamento y las mujeres preparan los cazos. Y una zumaya chillona las obliga a persignarse entre carcajadas.

Mientras tanto,  la luna juega a la carretilla con las mareas, y revuelve almanaques.

Mil veces sale la luna… otras veces, no… ¿Se le habrá perdido el polisón? ¿Se lo habrán robado los gitanos para hacer abalorios? ¿O se lo han cambiado por uno de luto y de espinas?

  Ahora,  el niño ya no la ve. Se ha ido detrás de un rayo que le ha señalado el pecho y le ha robado el corazoncito. El pequeñito quedó cerca de la fragua. El hombre que fue niño yace entre los olivos, pálido como la luna. O se vuelve negra sombra,  cuando la luna no está.

La madre  y el perro,  y los gitanos, y la zumaya, han dejado la tribu y duermen bajo los troncos grises.

 Y cada 18 de agosto, despiertan, miran a la luna llena y le aúllan la injusta ausencia.

Después vuelven a dormirse  junto al  pequeño Federico  soñador.

* A partir de “Romance de la luna, luna”, de Federico García Lorca.

 

 

 

 

martes, 1 de febrero de 2022

ESMERALDA



Cinco años atrás,  llegué a la casona rural. Vine  al tranco lento de la mula de un vecino, sin ningún apuro por asentarme donde la vida me llevaba casi a rastras. En la hacienda, necesitaban una sirvienta; eso, o ir a los surcos a trabajar de sol a sol, y vivir amontonada en el rancho hasta que me acollarara con algún peón.

Yo tenía catorce años, y era bastante alta y fuerte, para mi edad.

Al día siguiente, conocí al patrón cuando entré a limpiar los vidrios de su salita; era un hombre cuarentón, corpulento,
parecido a cualquier otro de la zona; pero su vestimenta, su perfume, su presencia erguida y segura ponían en claro que él era el amo.

—Permiso, patrón.

—¿Vos sos Esmeralda?

—Sí, patrón.

Me clavó los ojos achinados:

—No sos nada fea, vos. Buenas formas. 

Me callé, le di la espalda y empecé a trabajar con la limpieza.

De pronto, sentí que se acercaba. Y por encima del hombro me mostró su mano enjoyada.

— ¿Conocés las esmeraldas? —susurró— Mirá qué lindo anillo. ¿Sabés que la esmeralda vale más que los diamantes que lleva alrededor?  Te lo podría regalar si te portás bien...

—No, patrón. Yo trabajo. Sólo quiero mi sueldo.

Ya estaba avisada, porque era "cosa sabida". Yo, Esmeralda, igual que el anillo, era una de sus cosas.

Respiraba agitado, sobre mi cuello. Sus manos bajaron despacito desde mis hombros; una, por el  escote; la otra,  bajo mi falda. Hurgó, manoseó, desnudó.  

Sollocé, me retorcí, pateé sus tobillos, tironeé su pelo por sobre mi cabeza. Pero tenía…¿miedo de escaparme, de gritar?, ¿curiosidad ansiosa?

Tampoco me asusté demasiado; había visto muchas veces en el rancho, o en los campos, lo que me estaba pasando; lo dejé hacer como si él fuera el doctor que me revisaba;  algo que dolía un poco, sangraba otro poco, pero que era necesario para seguir en la casa.

Como debía ser, lo arañé, le escupí a los pies, alcé el balde y los trapos y salí; él se quedó riendo por lo bajo, tirado en el sofá.

— Nada mal para una virgencita... Una joya para pulir...Andá, Esmeralda, andá nomás. Vos sabés lo que te conviene. 

Salí corriendo, agitada. La cocinera me consoló con su filosofía servil: "Nos pasó a todas, con el padre y con él. Por lo menos este es estéril. Si no te golpea... ". 

En realidad, más allá del sobresalto, me había gustado ese dominio de fuerza bruta que marcaba sin mimos, mi género y mi clase social. Me gustaba que olía bien... Y... el anillo.

La rutina de la casa continuó; la sirvienta, limpiando la casa o lavando la ropa; el patrón, atendiendo la hacienda. .

El tiempo siguió su marcha. A veces con frecuencia, a veces esporádicamente, me llamaba a la salita. Sí o sí, mencionaba lo de la joya. Y siempre me hacía saber que yo era la sirvienta y le pertenecía, aunque volviera a escupirlo, arañarlo o tirarle del pelo: ese era mi rol; siempre muda, pero cada vez más dispuesta a "cumplir" para llegar a mu objetivo.

Nunca supe que eso fuera lujuria y ambición; me gustaba sentirlo en mi cuerpo, y saber que estaba más cerca de la esmeralda prometida, si me portaba bien. Nunca le tuve miedo, ni le fallé.

 Pero sí, le falló el corazón.

Una mañana, cuando le llevé el desayuno, lo vi desplomarse lívido y jadeante en el sofá. Y no titubeé ni un segundo: alcé un almohadón y se lo apreté bien fuerte sobre la cara, un largo rato, hasta que supe que estaba muerto.

Le miré la mano. ¡No tenía puesto el anillo!

Me quedé fría; sentía oleadas de miedo y desencanto.

Empecé a acomodar el almohadón en su sitio; a sacudir la alfombra, las cortinas, los bolsillos...

 «Ahí está, en la silla; agarralo que es tuyo».

—¡Virgen Santa! ¡San Roque!¡Un fantasma!

«¡Qué tantos santos! Es tuyo…Sin rencores. Nadie se muere el día antes».

Me persigné. Levanté el anillo y lo escondí en el escote. Derechita, alcé la bandeja, la dejé en la cocina y me fui al patio.  Espanté la culpa que me ronroneaba en la oreja  y cacé una escoba.

A mediodía empezaron los gritos, las carreras. Llegó el médico.

—Un síncope; se lo había advertido; aquí está el certificado.

Ahí estuve sirviendo café en el velorio.

Cuando volvieron del cementerio, le dije al administrador que me iba, que tenía mucha desgana, que me pagara los días que me faltaba cobrar.

Un puñadito de billetes, un recibo, y adiós. Sobraban chicas en el campo.

Riendo, el fantasma me azuzó: "¡Corré, pequeña asesina!" 

Pero yo no corrí; me lancé al camino, serena, lenta. 

Estaba en paz con él y conmigo. La esmeralda bailaba en mi bolsillo.

viernes, 21 de enero de 2022

DE CHANCHOS Y PAJARITOS

 José Saramago escribió un cuento que se llama "Desquite"; el mismo, integra una antología:"Casi un objeto". Un cuento crudo que enraiza en la dependencia voraz sobre los más débiles. "Desquite" me inspiró este relato-que presento para FanFiction. Lo he centrado  en niños desorientados entre las revelaciones sexuales y sus mundos inocentes.

  Despreocupados nueve años... Juan estaba aburrido. y jugueteaba  con  su "pajarito". Era su juguete privado, que  se erguía como un resorte imprevisible y lo catapultaba lejos de su vida solitaria, como si fuera una semilla voladora, un "panadero"..

Justo apareció el abuelo, cuchillo en mano.  Lo miró con severidad y picardía: “Ojo, m’hijito… Si te lo andás tocando, te lo corto a vos también”.  Y se reía a carcajadas con los otros peones"conchabados" para el capado de los cerdos.

“¿A mí también? ¿Como a los chanchitos? …"

Antes de que sonara el chillido angustioso del animal, el chico escapó .hacia el río. Con las manos protegía a su "pajarito".

Se detuvo jadeante en la orilla. Tendido en el barro como un cerdito feliz,  recuperó el aliento, y se dejó envolver por el silencio y por su propia presencia casi desnuda.  Sus preocupaciones volaron como los guacamayos.

La siesta ardía sobre el río oscuro y burbujeante, cuando vio que pasaba una canoa.

Intuyó a la chica que se asomaba desde la espesura todos los días, con un pájaro azul en el hombro, .

Se lanzó al agua y la alcanzó.

 Los remos se mecían en un palmoteo mágico, mientras el río se los llevaba lejos… lejos del  chiquero… y del miedo a los chanchos.

 —¡Chancho inmundo!—repicaban  muertos de risa, los remos fugitivos.



Dos personajes de “Desquite”, de José Saramago


El cucú de la rana

Tal como un pájaro azul, tan original y libre,

solté mi mente al espacio y me descubrí a mí misma.

Desnuda como nací,  liberada de prejuicios,

me lancé ardiente a la vida  y me refresqué en su río.

Pero la rana chismosa, se asomó tras los visillos

de las algas y del limo.


Tomó  la voz de los sabios y cuchicheó:

“¡¡Qué vergüenza!

¡Eso no es de señoritas!…

!No vayas a ser mal vista!

No sea que alguno piense

que eres fácil y ligera,

que tientes a los varones

y que arruines tu destino!”

Esa es la rana mirona,  espiándome la vida,

cosechando mil rumores y robándome la dicha.

¡Pobre loca, solitaria, que se ocupa del vecino,

que solo sabe del barro, del hedor y de la asfixia!

 

El pájaro azul

Me imagino a los padres del Pájaro Azul, animándolo a volar; a derrochar tantos cuidados, tanta tibieza, en la empresa de llenarse de luz y de vientos para hablarnos de esperanza y de ilusiones. Sin palabras; puro vuelo, puro canto… A despertarnos el anhelo de los “más allá”

 

 

 

 

DE CERDOS Y PAJARITOS

 

Inocente, despreocupado y libre de escrúpulos, el Juancito  había desayunado y ahora estaba sentado en el umbral de la cocina. Hacía una semana que estaba de vacaciones y se aburría.  De a ratos la Paula, su mama,  le hablaba, como a la fuerza: “Barré algo”. ”Ayudále al abuelo con los pollos”… Nada más.

Siempre la vida chata y rutinaria;  la chacra, el corral, el gallinero… Un galpón grandote para comer y dormir en el suelo; y el pozo y los churquis, para el baño.

Seguía  con la mirada a las moscas, le ladraba al perro, estiraba una pierna. se rascaba la cabeza…  y jugueteaba  con  su pajarito.  Era su juguete privado, que  se erguía como un resorte imprevisible y lo catapultaba lejos de su vida solitaria, como si fuera una semilla voladora, un panadero.. No había demasiada etiqueta. Había visto, varias veces, los pájaros  del abuelo o del peón,  que se aliviaban entre los churquis.

  Justo apareció el abuelo, cuchillo en mano;  lo miró con severidad y picardía: “Ojo, m’hijito… Si te lo andás tocando, te lo corto a vos también”.  Y se reía a carcajadas con el peón, el Evaristo y los otros peones de conchabo para el capado de los cerdos.

“¿A mí también? ¿Como a los chanchitos?” …

El abuelo con la cuchilla… los peones…  el cerdito chillando desesperado, cabeza abajo. Y los dos floripones sobre el pasto… ¡Tantas veces había visto la escena!

Pero esa mañana, a los primeros chillidos, se escapó de la casa.  Corría y tropezaba. Mientras se iban apagando los guarridos del animal, crecía su propio miedo.

Llevaba las manos crispadas sobre su pene, que apenas se insinuaba en la entrepierna del pantalón.    Aquella parte de sí, inestable y  misteriosa, que lo identificaba como “varoncito”, no se debía tocar ¡Y podía ser lastimada, destruida!

Se detuvo jadeante a la orilla del río,  sin miedo a los caimanes ni a las víboras; tendido en el barro como un chanchito feliz,  recuperó el aliento, y se dejó envolver,  sin preocupaciones, por el silencio, por su propia presencia casi desnuda,  por el bullir de su ignorada hombría.

Bastante después lo  sobresaltó un ruido hecho como de gritos ahogados  y suspiros, que  agitaba la espesura.. . ¿ Monos?… ¿Jaguares?… Se acercó sigiloso… Espió entre la hojarasca. Eran la Paula y el Evaristo.  Estuvo a punto de llamarlos,  pero se pasmó cuando vio que estaban desnudos, tirados en el suelo, como anudados….  Los pechos enormes de su mama, se balanaceaban  como campanas y el Evaristo la apretaba contra la panza, donde había algo como… ¿un palo? …muy grueso, amoratado… que empujó entre las piernas abiertas de la mujer.  Estuvieron un rato, sacudiéndose, jadeando.  El Evaristo cayó como cansado y la Paula, inerte,  esperó a que se levantara

Cuando se separaron, el palo era otra vez un“pajarito” grandote y desinflado. Y su mama tenía el pelo revuelto y la cara triste, de todos los días. Cada cual se puso  su ropa y se fue.

  Ohh. Igual que los chanchos: machos y  hembras…   .El Juancito volvió pensativo a la orilla…¿Habría intuído parte del misterio de su “pajarito”. ¿Y de la soledad de su mama?

La siesta ardía sobre el río oscuro y burbujeante, cuando vio que pasaba una canoa.

En la espesura, una chica, tal vez la Paula,   había imaginado grullas y tortugas siesteando al sol, brillando en el barro… Se tentó de no cuidarse; de lanzar sus miedos al agua, con el fardo liviano de su ropa. Se imaginó a sí misma, en una canoa, tendida al sol, también desnuda, acariciándose. Los remos se mecían en un palmoteo mágico, mientras el río se la llevaba lejos… lejos del  chiquero… y del miedo a los chanchos.

 —¡Chancho inmundo!—repicaban  muertos de risa, los remos fugitivos.

De reojo vio al muchacho, que la saludaba, tan niño todavía,  y lo subió a su canoa para hablarle y acariciarlo. Y los dos viajaron  hacia el atardecer.

 

 

 

 

 

 

 

 De cerdos y pajaritos

Inocente, despreocupado y libre de escrúpulos, el Juancito  había desayunado y ahora estaba sentado en el umbral de la cocina. Hacía una semana que estaba de vacaciones y se aburría.  De a ratos la Paula, su mama,  le hablaba, como a la fuerza: “Barré algo”. ”Ayudále al abuelo con los pollos”… Nada más.

Siempre la vida chata y rutinaria;  la chacra, el corral, el gallinero… Un galpón grandote para comer y dormir en el suelo; y el pozo y los churquis, para el baño.

Seguía  con la mirada a las moscas, le ladraba al perro, estiraba una pierna. se rascaba la cabeza…  y jugueteaba  con  su pajarito.  Era su juguete privado, que  se erguía como un resorte imprevisible y lo catapultaba lejos de su vida solitaria, como si fuera una semilla voladora, un panadero.. No había demasiada etiqueta. Había visto, varias veces, los pájaros  del abuelo o del peón,  que se aliviaban entre los churquis.

  Justo apareció el abuelo, cuchillo en mano;  lo miró con severidad y picardía: “Ojo, m’hijito… Si te lo andás tocando, te lo corto a vos también”.  Y se reía a carcajadas con el peón, el Evaristo y los otros peones de conchabo para el capado de los cerdos.

“¿A mí también? ¿Como a los chanchitos?” …

El abuelo con la cuchilla… los peones…  el cerdito chillando desesperado, cabeza abajo. Y los dos floripones sobre el pasto… ¡Tantas veces había visto la escena!

Pero esa mañana, a los primeros chillidos, se escapó de la casa.  Corría y tropezaba. Mientras se iban apagando los guarridos del animal, crecía su propio miedo.

Llevaba las manos crispadas sobre su pene, que apenas se insinuaba en la entrepierna del pantalón.    Aquella parte de sí, inestable y  misteriosa, que lo identificaba como “varoncito”, no se debía tocar ¡Y podía ser lastimada, destruida!

Se detuvo jadeante a la orilla del río,  sin miedo a los caimanes ni a las víboras; tendido en el barro como un chanchito feliz,  recuperó el aliento, y se dejó envolver,  sin preocupaciones, por el silencio, por su propia presencia casi desnuda,  por el bullir de su ignorada hombría.

Bastante después lo  sobresaltó un ruido hecho como de gritos ahogados  y suspiros, que  agitaba la espesura.. . ¿ Monos?… ¿Jaguares?… Se acercó sigiloso… Espió entre la hojarasca. Eran la Paula y el Evaristo.  Estuvo a punto de llamarlos,  pero se pasmó cuando vio que estaban desnudos, tirados en el suelo, como anudados….  Los pechos enormes de su mama, se balanaceaban  como campanas y el Evaristo la apretaba contra la panza, donde había algo como… ¿un palo? …muy grueso, amoratado… que empujó entre las piernas abiertas de la mujer.  Estuvieron un rato, sacudiéndose, jadeando.  El Evaristo cayó como cansado y la Paula, inerte,  esperó a que se levantara

Cuando se separaron, el palo era otra vez un“pajarito” grandote y desinflado. Y su mama tenía el pelo revuelto y la cara triste, de todos los días. Cada cual se puso  su ropa y se fue.

  Ohh. Igual que los chanchos: machos y  hembras…   .El Juancito volvió pensativo a la orilla…¿Habría intuído parte del misterio de su “pajarito”. ¿Y de la soledad de su mama?

La siesta ardía sobre el río oscuro y burbujeante, cuando vio que pasaba una canoa.

En la espesura, una chica, tal vez la Paula,   había imaginado grullas y tortugas siesteando al sol, brillando en el barro… Se tentó de no cuidarse; de lanzar sus miedos al agua, con el fardo liviano de su ropa. Se imaginó a sí misma, en una canoa, tendida al sol, también desnuda, acariciándose. Los remos se mecían en un palmoteo mágico, mientras el río se la llevaba lejos… lejos del  chiquero… y del miedo a los chanchos.

 —¡Chancho inmundo!—repicaban  muertos de risa, los remos fugitivos.

De reojo vio al muchacho, que la saludaba, tan niño todavía,  y lo subió a su canoa para hablarle y acariciarlo. Y los dos viajaron  hacia el atardecer.

 

 

 

 

 

 

 

 De cerdos y pajaritos

Inocente, despreocupado y libre de escrúpulos, el Juancito  había desayunado y ahora estaba sentado en el umbral de la cocina. Hacía una semana que estaba de vacaciones y se aburría.  De a ratos la Paula, su mama,  le hablaba, como a la fuerza: “Barré algo”. ”Ayudále al abuelo con los pollos”… Nada más.

Siempre la vida chata y rutinaria;  la chacra, el corral, el gallinero… Un galpón grandote para comer y dormir en el suelo; y el pozo y los churquis, para el baño.

Seguía  con la mirada a las moscas, le ladraba al perro, estiraba una pierna. se rascaba la cabeza…  y jugueteaba  con  su pajarito.  Era su juguete privado, que  se erguía como un resorte imprevisible y lo catapultaba lejos de su vida solitaria, como si fuera una semilla voladora, un panadero.. No había demasiada etiqueta. Había visto, varias veces, los pájaros  del abuelo o del peón,  que se aliviaban entre los churquis.

  Justo apareció el abuelo, cuchillo en mano;  lo miró con severidad y picardía: “Ojo, m’hijito… Si te lo andás tocando, te lo corto a vos también”.  Y se reía a carcajadas con el peón, el Evaristo y los otros peones de conchabo para el capado de los cerdos.

“¿A mí también? ¿Como a los chanchitos?” …

El abuelo con la cuchilla… los peones…  el cerdito chillando desesperado, cabeza abajo. Y los dos floripones sobre el pasto… ¡Tantas veces había visto la escena!

Pero esa mañana, a los primeros chillidos, se escapó de la casa.  Corría y tropezaba. Mientras se iban apagando los guarridos del animal, crecía su propio miedo.

Llevaba las manos crispadas sobre su pene, que apenas se insinuaba en la entrepierna del pantalón.    Aquella parte de sí, inestable y  misteriosa, que lo identificaba como “varoncito”, no se debía tocar ¡Y podía ser lastimada, destruida!

Se detuvo jadeante a la orilla del río,  sin miedo a los caimanes ni a las víboras; tendido en el barro como un chanchito feliz,  recuperó el aliento, y se dejó envolver,  sin preocupaciones, por el silencio, por su propia presencia casi desnuda,  por el bullir de su ignorada hombría.

Bastante después lo  sobresaltó un ruido hecho como de gritos ahogados  y suspiros, que  agitaba la espesura.. . ¿ Monos?… ¿Jaguares?… Se acercó sigiloso… Espió entre la hojarasca. Eran la Paula y el Evaristo.  Estuvo a punto de llamarlos,  pero se pasmó cuando vio que estaban desnudos, tirados en el suelo, como anudados….  Los pechos enormes de su mama, se balanaceaban  como campanas y el Evaristo la apretaba contra la panza, donde había algo como… ¿un palo? …muy grueso, amoratado… que empujó entre las piernas abiertas de la mujer.  Estuvieron un rato, sacudiéndose, jadeando.  El Evaristo cayó como cansado y la Paula, inerte,  esperó a que se levantara

Cuando se separaron, el palo era otra vez un“pajarito” grandote y desinflado. Y su mama tenía el pelo revuelto y la cara triste, de todos los días. Cada cual se puso  su ropa y se fue.

  Ohh. Igual que los chanchos: machos y  hembras…   .El Juancito volvió pensativo a la orilla…¿Habría intuído parte del misterio de su “pajarito”. ¿Y de la soledad de su mama?

La siesta ardía sobre el río oscuro y burbujeante, cuando vio que pasaba una canoa.

En la espesura, una chica, tal vez la Paula,   había imaginado grullas y tortugas siesteando al sol, brillando en el barro… Se tentó de no cuidarse; de lanzar sus miedos al agua, con el fardo liviano de su ropa. Se imaginó a sí misma, en una canoa, tendida al sol, también desnuda, acariciándose. Los remos se mecían en un palmoteo mágico, mientras el río se la llevaba lejos… lejos del  chiquero… y del miedo a los chanchos.

 —¡Chancho inmundo!—repicaban  muertos de risa, los remos fugitivos.

De reojo vio al muchacho, que la saludaba, tan niño todavía,  y lo subió a su canoa para hablarle y acariciarlo. Y los dos viajaron  hacia el atardecer.

 

 

 

 

 

 

 

 De cerdos y pajaritos

Inocente, despreocupado y libre de escrúpulos, el Juancito  había desayunado y ahora estaba sentado en el umbral de la cocina. Hacía una semana que estaba de vacaciones y se aburría.  De a ratos la Paula, su mama,  le hablaba, como a la fuerza: “Barré algo”. ”Ayudále al abuelo con los pollos”… Nada más.

Siempre la vida chata y rutinaria;  la chacra, el corral, el gallinero… Un galpón grandote para comer y dormir en el suelo; y el pozo y los churquis, para el baño.

Seguía  con la mirada a las moscas, le ladraba al perro, estiraba una pierna. se rascaba la cabeza…  y jugueteaba  con  su pajarito.  Era su juguete privado, que  se erguía como un resorte imprevisible y lo catapultaba lejos de su vida solitaria, como si fuera una semilla voladora, un panadero.. No había demasiada etiqueta. Había visto, varias veces, los pájaros  del abuelo o del peón,  que se aliviaban entre los churquis.

  Justo apareció el abuelo, cuchillo en mano;  lo miró con severidad y picardía: “Ojo, m’hijito… Si te lo andás tocando, te lo corto a vos también”.  Y se reía a carcajadas con el peón, el Evaristo y los otros peones de conchabo para el capado de los cerdos.

“¿A mí también? ¿Como a los chanchitos?” …

El abuelo con la cuchilla… los peones…  el cerdito chillando desesperado, cabeza abajo. Y los dos floripones sobre el pasto… ¡Tantas veces había visto la escena!

Pero esa mañana, a los primeros chillidos, se escapó de la casa.  Corría y tropezaba. Mientras se iban apagando los guarridos del animal, crecía su propio miedo.

Llevaba las manos crispadas sobre su pene, que apenas se insinuaba en la entrepierna del pantalón.    Aquella parte de sí, inestable y  misteriosa, que lo identificaba como “varoncito”, no se debía tocar ¡Y podía ser lastimada, destruida!

Se detuvo jadeante a la orilla del río,  sin miedo a los caimanes ni a las víboras; tendido en el barro como un chanchito feliz,  recuperó el aliento, y se dejó envolver,  sin preocupaciones, por el silencio, por su propia presencia casi desnuda,  por el bullir de su ignorada hombría.

Bastante después lo  sobresaltó un ruido hecho como de gritos ahogados  y suspiros, que  agitaba la espesura.. . ¿ Monos?… ¿Jaguares?… Se acercó sigiloso… Espió entre la hojarasca. Eran la Paula y el Evaristo.  Estuvo a punto de llamarlos,  pero se pasmó cuando vio que estaban desnudos, tirados en el suelo, como anudados….  Los pechos enormes de su mama, se balanaceaban  como campanas y el Evaristo la apretaba contra la panza, donde había algo como… ¿un palo? …muy grueso, amoratado… que empujó entre las piernas abiertas de la mujer.  Estuvieron un rato, sacudiéndose, jadeando.  El Evaristo cayó como cansado y la Paula, inerte,  esperó a que se levantara

Cuando se separaron, el palo era otra vez un“pajarito” grandote y desinflado. Y su mama tenía el pelo revuelto y la cara triste, de todos los días. Cada cual se puso  su ropa y se fue.

  Ohh. Igual que los chanchos: machos y  hembras…   .El Juancito volvió pensativo a la orilla…¿Habría intuído parte del misterio de su “pajarito”. ¿Y de la soledad de su mama?

La siesta ardía sobre el río oscuro y burbujeante, cuando vio que pasaba una canoa.

En la espesura, una chica, tal vez la Paula,   había imaginado grullas y tortugas siesteando al sol, brillando en el barro… Se tentó de no cuidarse; de lanzar sus miedos al agua, con el fardo liviano de su ropa. Se imaginó a sí misma, en una canoa, tendida al sol, también desnuda, acariciándose. Los remos se mecían en un palmoteo mágico, mientras el río se la llevaba lejos… lejos del  chiquero… y del miedo a los chanchos.

 —¡Chancho inmundo!—repicaban  muertos de risa, los remos fugitivos.

De reojo vio al muchacho, que la saludaba, tan niño todavía,  y lo subió a su canoa para hablarle y acariciarlo. Y los dos viajaron  hacia el atardecer.

 

 

 

 

 

 

 

 De cerdos y pajaritos

Inocente, despreocupado y libre de escrúpulos, el Juancito  había desayunado y ahora estaba sentado en el umbral de la cocina. Hacía una semana que estaba de vacaciones y se aburría.  De a ratos la Paula, su mama,  le hablaba, como a la fuerza: “Barré algo”. ”Ayudále al abuelo con los pollos”… Nada más.

Siempre la vida chata y rutinaria;  la chacra, el corral, el gallinero… Un galpón grandote para comer y dormir en el suelo; y el pozo y los churquis, para el baño.

Seguía  con la mirada a las moscas, le ladraba al perro, estiraba una pierna. se rascaba la cabeza…  y jugueteaba  con  su pajarito.  Era su juguete privado, que  se erguía como un resorte imprevisible y lo catapultaba lejos de su vida solitaria, como si fuera una semilla voladora, un panadero.. No había demasiada etiqueta. Había visto, varias veces, los pájaros  del abuelo o del peón,  que se aliviaban entre los churquis.

  Justo apareció el abuelo, cuchillo en mano;  lo miró con severidad y picardía: “Ojo, m’hijito… Si te lo andás tocando, te lo corto a vos también”.  Y se reía a carcajadas con el peón, el Evaristo y los otros peones de conchabo para el capado de los cerdos.

“¿A mí también? ¿Como a los chanchitos?” …

El abuelo con la cuchilla… los peones…  el cerdito chillando desesperado, cabeza abajo. Y los dos floripones sobre el pasto… ¡Tantas veces había visto la escena!

Pero esa mañana, a los primeros chillidos, se escapó de la casa.  Corría y tropezaba. Mientras se iban apagando los guarridos del animal, crecía su propio miedo.

Llevaba las manos crispadas sobre su pene, que apenas se insinuaba en la entrepierna del pantalón.    Aquella parte de sí, inestable y  misteriosa, que lo identificaba como “varoncito”, no se debía tocar ¡Y podía ser lastimada, destruida!

Se detuvo jadeante a la orilla del río,  sin miedo a los caimanes ni a las víboras; tendido en el barro como un chanchito feliz,  recuperó el aliento, y se dejó envolver,  sin preocupaciones, por el silencio, por su propia presencia casi desnuda,  por el bullir de su ignorada hombría.

Bastante después lo  sobresaltó un ruido hecho como de gritos ahogados  y suspiros, que  agitaba la espesura.. . ¿ Monos?… ¿Jaguares?… Se acercó sigiloso… Espió entre la hojarasca. Eran la Paula y el Evaristo.  Estuvo a punto de llamarlos,  pero se pasmó cuando vio que estaban desnudos, tirados en el suelo, como anudados….  Los pechos enormes de su mama, se balanaceaban  como campanas y el Evaristo la apretaba contra la panza, donde había algo como… ¿un palo? …muy grueso, amoratado… que empujó entre las piernas abiertas de la mujer.  Estuvieron un rato, sacudiéndose, jadeando.  El Evaristo cayó como cansado y la Paula, inerte,  esperó a que se levantara

Cuando se separaron, el palo era otra vez un“pajarito” grandote y desinflado. Y su mama tenía el pelo revuelto y la cara triste, de todos los días. Cada cual se puso  su ropa y se fue.

  Ohh. Igual que los chanchos: machos y  hembras…   .El Juancito volvió pensativo a la orilla…¿Habría intuído parte del misterio de su “pajarito”. ¿Y de la soledad de su mama?

La siesta ardía sobre el río oscuro y burbujeante, cuando vio que pasaba una canoa.

En la espesura, una chica, tal vez la Paula,   había imaginado grullas y tortugas siesteando al sol, brillando en el barro… Se tentó de no cuidarse; de lanzar sus miedos al agua, con el fardo liviano de su ropa. Se imaginó a sí misma, en una canoa, tendida al sol, también desnuda, acariciándose. Los remos se mecían en un palmoteo mágico, mientras el río se la llevaba lejos… lejos del  chiquero… y del miedo a los chanchos.

 —¡Chancho inmundo!—repicaban  muertos de risa, los remos fugitivos.

De reojo vio al muchacho, que la saludaba, tan niño todavía,  y lo subió a su canoa para hablarle y acariciarlo. Y los dos viajaron  hacia el atardecer.

 

 

 

 

 

 

 

 

lunes, 17 de enero de 2022

CUENTO DE OTOÑO EN DICIEMBRE

 

Un dia demasiado fresco, insólito en nuestros diciembres. Llueve que llueve, y se caen las hojas del verano que están marrones después de la sequía de noviembre.
—Tiempo loco—rezonga la abuela— Parece otoño. Parece lo peor de otoño…
Le duelen los huesos, con la humedad y el frío; y especialmente las manos y las rodillas. Pero está empecinada en amasar el Pan Dulce para Las Fiestas… lo que significa estar parada muchas horas, y esforzar dedos y muñecas agarrotados.
—Bueno, mamá—le dice mi madre—. Te ayudamos. No hagás tantos panes. Vos prepará un poco de levadura y nosotras terminamos la tanda con pancitos individuales, como souvenir. Después se compran los que se necesiten para la mesa.
Yo miro a mi abuela, que se hunde entre almohadones, con su cuerpo tan deformado como el tronco de algunos árboles de la vereda. Y sus ojos nostalgiosos se ven como chispitas cobrizas veladas de tristeza.
«Siempre otoño…Soledad y recuerdos Impotencia. Atisbando en el alma la vereda infinita, en una siesta lluviosa».
—No llorés—le digo; y la abrazo.

 

miércoles, 5 de enero de 2022

NOCHE ESPECIAL



DE PIE MIRANDO EL CIELO
En lo alto de la noche se deleitan
Con la magia chispeante
Los tres Magos.
Y gozan tanta luz, sin desviarse
De  La Estrella Especial que los fascina
Y que marca sus pasos.
Sabios son, porque la van siguiendo
En busca del porqué de tanta magia.
Porque siguen su viaje esperanzado
Pese al sol, o a las nubes que la tapan.
***
Ya está cerca Belén, según sus cálculos.
Los camellos cansados se han dormido
Al borde del oasis.
A esta hora, en brazos de sus padres,
Mirando las estrellas,
Algún Rey Pequeñito está llamándolos.
***
Noche de Reyes Magos…
Magia de sueños que vamos siguiendo
Y que vemos brillar cuando ponemos
Zapatos de esperanza, en nuestra puerta…
Y nos quedamos un ratito más,
De pie, mirando el cielo.
B. P 2022


domingo, 12 de diciembre de 2021

¡¡TANTAS NAVIDADES!!

Un cuento poco ortodoxo: una ensalada de historias; un revoltijo de visiones . Y un aceite suavizante y unitivo: Un Eterno Niño Dios que siempre llama a la ternura, a la paz, aunque la ensalada tenga mucho vinagre.

1-

Hoy se recuerda una historia que ocurrió hace muchos años: 

"En Belén nació Jesús en un establo pobre y frío .

 José y María llegaron buscando un alojamiento. María estaba de parto, angustiada y dolorida.

Y por aquello del censo prepotente, no había albergue en el poblado..." 

Tienen miedo de los pobres, y de tantos peregrinos extranjeros.

 Aseguran sus moradas, sus bolsillos, su presente.

¡Qué bueno hallar un establo en una cueva cualquiera!

"¡Por fin ha nacido el Niño: los dos están muy cansados, pero sonríen y rezan!

Un coro de ángeles puros

canta desde las estrellas:

 “El Salvador ha nacido…

Paz a los hombres que creen”

"Y unos pastores muy pobres, sacudidos del milagro, le llevaron ovejitas… y así se entibió el Pesebre".

No entendían demasiado, aquello del Salvador. (A lo mejor el chiquito echaba a tanto romano altanero y pecador…)

Todo era puro sentir… Sentirse maravillados, capaces de dar amor.

 

2- Las familias del pueblo volvieron de la Misa de Nochebuena.

No había demasiada comida, de modo que la cena fue un plato de sopa caliente; el lujo, mantener encendidas más velas que de costumbre, durante unas horas; y el regalo, la alegría de estar juntos, en armonía, bendecidos; habían dejado su limosna en la Iglesia y conocían el destino de las monedas.

Afuera, entre los árboles se vio pasar a un hombre, tal vez otro aldeano, que se acercó sigiloso a una casucha sin luces.

El hombre en la sombra, era  Nicolás (Claus), el párroco, que se detuvo junto al ventanuco sin vidrios, silbó un villancico y dejó un paquete de provisiones y unas monedas de la colecta de la misa.

No más que una imposible caricia, porque el yacente, baldado y mudo,  estaría encerrado hasta la mañana; entonces volvería el chico, su nieto, que cuidaba los renos de un vecino; los lobos eran impredecibles en sus visitas.

Desde su pesebre dorado del altar, el Niño Jesús, sonrió una cascada de bendiciones para Claus y para  todos.

3- Pasaron los años.  El histriónico Santa Claus se preparaba para su viaje surrealista. “Operativo Navidad”… Se reía a carcajadas mientras lustraba la nariz de Rodolfo, el reno.

“Papá Noel va a operar el gran cambio en tu vida: ríe, come, festeja…”, leyó el jovencito que acababa de ser aplazado en su último examen; era el tercero; repetiría el curso; justo cuando sus padres se estaban divorciando; justo cuando su padre había perdido el trabajo; justo, cuando pasaba una manifestación de protesta … Tantas cosas injustas…

Demoró el paso hacia su casa… “Papá Noel… qué fácil arreglamos la vida con una campanita y un vaso de sidra”.

4-  Navidad, otra vez...Rodolfo, el de la nariz roja, luce más apolillado y rezongón que nunca. Sé que, otra vez,  esta será una Navidad diferente.

—  ¿Te llegaron cartitas, por lo menos? ¿Te mandaron la partida de juguetes modernos?

—   Y… no… La Coca está mandando menos remesas.  Ya me comentó hace varios días que no soy una buena publicidad para la Coca Light; y que los chicos no creen en mí.

     Sí… los chicos están “de vuelta” y los papás se ocupan de los regalos, hasta donde les da el bolsillo

— Debe ser la crisis.

—La crisis de valores, dirás. Ponen Papás Noeles desteñidos y amargados a las puertas de los centros comerciales; es más rentable que distribuir juguetes pasados de moda.

Y giró tembloroso pero enérgico. Él  tiene i-phone en los cuernos; se conecta y sabe de qué va el mundo.

Yo me senté a rumiar mi decepción. ¿Qué es el Espíritu de la Navidad? ¿De qué sirvieron tantos años de sabañones, reumas y catarros?

Entonces, hubo un vientecito entre los abetos y sonó la voz del Eterno.

—Vamos, Nicolás. Vos sos la magia, los sueños. Y los humanos necesitan soñar, volar entre las estrellas, sentir la alegría de estar juntos. Así se abre el camino a los afectos, a la buena voluntad, para el año que viene. Te dejo un regalito. Andá a hacer lo tuyo, y mi pequeñito de Belén hará lo demás.

Y hubo silencio y paz. Y, de pronto, campanas.

Los renos se han dormido. Los llamo. ¡Milagro de Navidad! ¡Les brillan los cuernos y las pieles!

Rodolfo avanza dando saltitos: «¡Dale, Santa! ¡Por suerte se nos pasó la gastritis!»

Y yo, a media crisis todavía, pienso y decido:

«Creo que este año me bajo en cualquier casa y exijo que me conviden sidra y pan dulce. 

¡Bah! No... Mejor nos colamos en algún pesebre, a la sombra del Arbolito; los renos platicarán con las ovejas y burros. Yo.le haré unos “jo, jo, jo” suavecitos a Jesús Niño; y me sentaré cerca del buey, para que todos estemos cómodos y felices. 

 

 

domingo, 21 de noviembre de 2021

¡AL FIN UNA NOCHE SIN PESADILLAS!

 

Me he decidido. Prefiero desvelarme, a sufrir más pesadillas.  

En medio de la tormenta, avanzo con mi coche, munida de un pack de latas de cerveza. Trago a trago, desafío a los presagios: aunque se caiga el cielo o me ahogue en un bache.  

Que si hay bandas que buscan chocarte; que si hay gente que roba órganos;  que no conduzcas si estás  ebria…Los augurios nefastos zumban como los tábanos.  ¡Dejen vivir, caramba!

La calle está vacía, pero otro auto avanza detrás del  mío, a gran velocidad y haciendo guiños  de advertencia.

¡Me están siguiendo…! ¡Al fin alguien me sigue! ¡Hundo el acelerador! ¡Y el otro, también!

¡Paf! ¡Crash! ¡Aaaaayyyyy!

No sé cuánto duele que te roben un riñón, ni cuánto te dan por conducir borracha… ¡Pero semejante golpazo en la cintura, contra la mesa de luz…!

 

 

 

lunes, 18 de octubre de 2021

Manojos de margaritas

 

En aquellos días, me regalabas manojos de margaritas. La alegría de tenerte cerca, amor, exaltaba mi corazón.
Después vinieron el pavor, la desolación, la guerra. Y cada una de tus cartas arrancadas a la hecatombe, arrastradas hasta mis manos, era una resurrección de margaritas de esperanza.
Y un día terminó el horror. Unimos nuestras vidas y cada mañana fue, otra vez, una alegría simple, pura y dorada.
¿Por qué de pronto sentí que crujían esas paredes de confianza?
Intuí tus dudas, tus experiencias nuevas, calladas y ocultas.

Y otra vez fue la guerra. Mi corazón era un campo de batalla lleno de cicuta. Como no me quedaba claro a quién dispararle (a vos, que te volviste hosco y reticente; a esa imaginada desconocida que te estaba raptando; a mí que tambaleaba llena de angustia y confusión) las quemé en una fogata insólita de lágrimas.

Nunca supe quién se había cruzado en nuestras vidas, quien te desgarraba el alma con sus ojos y sus manos; quién tejía esa malla de culpas en tus miradas y en tus silencios. Yo la imaginé hermosa y sensual, pero no la busqué para implorarle.

En cambio cultivé para vos, las nuevas margaritas de comprensión y diálogo franco, de serenidad y ternura.

Y supe que estabas liberado, cuando vi en tus ojos la chispa de la confianza. Una luz dorada como el centro de una margarita. 

jueves, 14 de octubre de 2021

TRAMPOLíN

 

Reto "A corazón abierto" Territorio de Escritores- 2019

Así, con la razón anestesiada

para dejar callados los consejos,

para acercarme libre de prejuicios,

vacía de experiencias.

A corazón abierto voy volando

del trampolín del beso

a la profundidad de mi deseo.

A corazón abierto, te recibo,

a corazón y manos libres, cuerpo suelto.

A corazón abierto a la certeza

de ser feliz con vos, como yo quiero.

Beba Pihen- 2019