lunes, 23 de marzo de 2020

Inocencia


 Hola, Tinteros. Esta es mi participación en el homenaje a Ray Bradbury.
En medio de la tensión y las preocupaciones de la cuarentena, un ratito para romper los almidones y recrear cuentos.
Las abuelas somos cuenteras, no hay caso. Y los chicos tienen la ciencia infusa para hacer de unas latas viejas un cohete y lanzarlo a carcajadas y canciones. 

INOCENCIA
—¡Cuando viajemos a  Marte!— contestó el rey.— ¡Qué ocurrencia, hija mía! ¿No te gusta ser princesa?
Y siguió su majestuosa marcha hacia la sala del trono. ¡Para qué esperar que una niña de nueve años le contestara!
«¡Entonces, es posible; algún día dejaré de ser princesa, y jugaré en el patio, con los otros chicos del fondo. Todo el día,  sin escolta!» pensó.
Ya los había visto muchas veces desde su ventana. Jugaban descalzos y desabrigados; ayudaban en la huerta o la cocina, pero  también, se hamacaban en las ramas, se escondían en la caballeriza, perseguían a los patos. ¡Era tan distinto de las “visitas” semanales de las “petites dames”! Siempre modosas, silenciosas, manipulando muñecas y comiendo masitas; y siempre con la escolta, en el parque o en su cuarto.
II —¿Qué es Marte?— le preguntó a la institutriz.
—Un planeta cercano al nuestro. Es rojo y reseco.
¿Se puede ir ahí?
¡Por supuesto que no! ¿Para qué iría alguien a Marte?  Con este mundo tan bonito lleno de plantas y animalitos y arroyos frescos. Se hace tarde, Alteza. Debéis terminar vuestra tarea de latín y la tabla del ocho. ¡Sin llantinas, por favor!
La princesita se sentó enfurruñada. Mademoiselle se sirvió una buena taza de té.
—¡Aaaaay! ¡Ayuda! ¡Me quemé la mano!¡Alteza, quedaos quieta! ¡Niña, quédate quieta!
Pero la princesita ya estaba escapándose, escaleras abajo, pasillos al fondo, hacia el patio de la servidumbre.
Aunque trató de que no la vieran, otro chico se le acercó.
—Hola. Soy Pedro. Vení, juguemos.
—No puedo ensuciarme; soy princesa.
—Ya sé. Pero una princesa puede hacer lo que quiera. Si no, ¿para qué sos princesa? Yo puedo hacer lo que quiero.
—¿Podés ir a  Marte?
—A lo mejor, cuando sea grande. Nos estamos preparando; haciendo un cohete en la enramada. ¿Vos querés ir?
—Sí. Así sería menos princesa y jugaría con ustedes.
     ¡Adelaida!— gritaban el rey y la reina, y todo el palacio, buscándola.
Pero la princesita Adelaida estaba en la enramada con Pedro y sus amigos
En el cohete de cacerolas desechadas y terciopelos desteñidos,  se sentaron a tomar unos mates. La princesa no conocía esta bebida ni el sistema de la bombilla, pero aprendió en seguida.
Acá venimos todos los díasdijo Pedrito.
—Y algún día iremos a Marte.
  —No tenemos que volar demasiado lejos para ser felices— dijo otra chica.
—A lo mejor… "Maddy" me dice que Marte es feo y rojo y reseco. Aquí es muy, muy bonito. ¿Funcionaría para una vuelta por el parque?
—Funciona con canciones divertidas—    agregaron .—Y con sueños locos, como volar y escaparse.
Adelaida , embelesada,  cantaba a voz en cuello algo de nubes y planetas.
Y era verdad. El canto los llevaba por el aire, cada vez  más alto, cada vez más cerca, más azul y fresco. Tal vez, "Maddy" no supiera tanto de Marte.
Y en eso estaban cuando los encontraron.

III- ¡Cómo no iban a encontrarla! ¡Tan luego una princesa entre la servidumbre!
La Reina estaba lista para desmayarse pero se rehizo, y el Rey no pudo tronar su enojo.
¡Jovencita!— susurró.
Adelaida parecía transfigurada.
—¡Casi hemos llegado a Marte, papá! ¡Estoy jugando con estos chicos!
Y los reyes sonrieron.  Allí había  “algo tan leve como el aliento de un hombre en una mañana fría, algo tan azul como un humo de leña en el crepúsculo, algo que parecía un antiguo encaje blanco, una nevada, la helada escarcha del invierno en los juncos quebradizos",* Algo tan dulce como la confianza y la inocencia.
IV- Tal vez  esto haya pasado,  justo cuando partía la Voyager, y el mundo se comía las uñas.
                                                                                       *Ray Bradbury- Crónicas Marcianas

viernes, 21 de febrero de 2020

Divagaciones en el panteón

1- En la penumbra del mohoso panteón familiar, leí las placas recordatorias: Manuela, Francisca, José, Eugenio. Y una especie de urna de menor calidad, como “de cumplido”… Un tal Ramón G. Sin duda un pariente que no conocí…
Entonces vi el candelabro; no lo recordaba. ¡Qué raro!  ¿Habría estado sepultado entre refajos negros y mantones de Manila, en el fondo de un arcón?
Era una pequeña belleza, de alpaca o de plata; una joyita.  Recordé otras bellas piezas valiosas que mostraban el nombre del orfebre y la fecha; ahí estaban: Richard Sanders, y un borroso 1902
Lo habían entronizado muy cerca del féretro de Francisca, en una repisa, al pie de una desteñida lámina del Corazón de Jesús. 
Imaginé un mantelito; uno blanco, de “ñandutí”, tejido y almidonado amorosamente por la tía Francisca. Sería seguramente aquel nudo de hilachas negras que aparecía por debajo del pie del candelabro.
Lo alcé; la carpetita se deshizo en motas de polvo; y mientras volaban percibí, en la base, unos trazos rústicos, raspados con un clavo: “De R para F- 1912”; y un corazón.
—F… ¡Francisca! ¡La pobre tía tuvo un novio!… ¡Y R…! ¿Richard? ¿Un inglés pelirrojo y flaco? «¿En Lamego?...» 
2- La abuela miraba de reojo, entre severa y triste, a Francisca,  que era por entonces su apoyo en la vejez; y ella, como siempre, seria y silenciosa, seguía tejiendo bellísimas puntillas y flores para nuestros vestidos, mientras cantaban sus canarios. Después se levantaba y se encerraba en el dormitorio. A veces olía a velas, cerca de la puerta. Ahí no podíamos entrar; ella nos cantaba alguna copla vieja, y nos acariciaba, porque nos amaba; pero a su pieza no entraba nadie.
Temblaba, emocionada; tal vez me mareaba el tufo del encierro. Prendí una vela;  era un rezo de luz por estos muertos recién descubiertos.
3- Y entonces escuché la historia de Richard:
«Andaba de aventurero en el barco de un amigo, pariente del cura. Me albergué en la parroquia; y el párroco me encargó unos santos y un candelabro».
«Lo terminé junto con los santos;  pero él no me lo quiso recibir porque tenía mi nombre, según la costumbre inglesa; entonces se lo regalé a Francisca»
Desde  uno de los féretros, sonó una carcajada burlona. ¿La tía Manuela?
«Bah; te habías encaprichado con la Francisca; y eras hereje; y la cortejabas a espaldas de sus padres… ¡Mira si no le iban a avisar al cura! ¡Te echó, y te cobraste con el candelabro!»

4- Una tosecita. ¿Richard?
Ella lloraba porque se iban a América.
«For you» le dije, cuando le escondí el precioso candelabro bajo la falda. Me iré a América. Esto vale mucho dinero. Tu padre me permitirá viajar con ustedes.
Sentí que bullía la primavera. Ellos reían bajo los castaños.

5- Volvían de sembrar cuando echaron en falta a Francisca; la buscaron por el prado, hacia el molino del arroyo;  los rumores de los vecinos les apretaban el estómago desde hacía algunas semanas.
Entonces oyeron la copla y las risas; los “my love, my love, pretty”;  él tocaba el corpiño de Francisca; y  los vieron besarse. ¡Francisca y el hereje inglés!
—¡Vete para casa, Francisca! ¡Y tú, desvergonzado, endemoniado, que no te mato porque me pierdo yo!—gritó la abuela, blandiendo un palo enorme— ¡Fuera de aquí!.
Richard saltó a una rama próxima y escapó como un mono. Francisca huiría corriendo, llorando hacia el caserío, apretando el candelabro debajo del refajo. 
   «Da gracias a la Virgen, que no te ha deshonrado, loca, perdida— tronaba el abuelo»
« Y no se hable más del inglés, que lo protege el cura -Dios lo perdone- y será peor para nosotros…No lo veremos nunca más »
6- Francisca:
«Había tanto que lavar y guardar;  tanto pan que cocer para el viaje; estaba como atada en casa; y él no aparecía más que en mis sueños. Y el candelabro estaba bien escondido en alguno de los pocos canastos y baúles que íbamos a llevar. Imposible mirarlo, siquiera.  Lloré tanto… Y al fin, un día zarpamos sin él»
Sentada, casi recostada en el piso, cada vez más absorta… La luz y el humo que envolvían el espacio parecían avivar mis memorias.
—La tía acaba de morir— me avisó mi mamá. Lloraba al teléfono. Igual que a la muerte de la abuela.
«Y ahí estaba tu mamá:
—Dios los guarde”— rezó, mientras acomodaba el Corazón de Jesús, la carpeta, el florero…  y el candelabro. Se lo confié cuando supe que me estaba muriendo»,    
7-  Afuera, un viento suave sacude los árboles; la llama se va acabando, mientras crece la penumbra y poco a poco vuelve mi cordura. Me incorporo para apagar la vela; y… (¿por qué ahora?)... leo bien la fecha original: 1812.
—¡Richard vivió en 1812! ¿Quién era, entonces, el enamorado R? 
 Miro hacia "la urna de Ramón".
¿Un rústico que rayó la dedicatoria con un clavo? ¿Tal vez un pobre aldeano que se robó el candelabro de la Iglesia? Aquella Iglesia tan cuestionada y temida  en medio de la pobreza...¡Cuánto ayudaría para poder seguirla a América!  ¿Tal vez sí, escondió el candelabro bajo el refajo de su Francisca, mientras la besaba y cantaba coplas? ¿Tal vez sí, la hubiera "deshonrado"? ¿Tal vez, un bebé muerto al nacer?
 Acaricio, como uniéndolos, el candelabro y los dos féretros. Cabeceo, incrédula. Que en paz descansen. Mañana sería otro día.
Imagen:
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viernes, 7 de febrero de 2020

Mientras haya maíz...


Amanece. Alfa salta al palo mayor de la cerca, Infla el pecho y apunta con su pico al sol naciente. Majestuoso y brillante, sacude las alas rojas, tensa su cuello dorado y empina la cresta; se para firme sobre su eje, y lanza un sonoro Kikiriquí. Las sílabas se alargan en los ecos. Suena a orgullo servil, a obcecación patriarcal.
Desde los gallineros vecinos, otros gallos se suman al ritual de machos soberbios y engreídos. Un torneo vibrante acorde con las plumas refulgentes y las crestas enhiestas.
Pero algunos suenan preocupados. Y se cuentan sus novedosos e insólitos problemas.
     Las hembras se están volviendo locas. No obedecen. No quieren “Lola”.
     ¿Y qué? ¡Fuércenlas! Para eso hay machos y hembras en un corral.
     Yo ya estoy medio cansado para pelearme y sacudirlas. Uno se pone sentimental.
     ¡Ché! ¡Otro Kikiriqui, que el sol no se despabila!
     Kikiriquiiii. Kikiriquíii…
Final del concierto. Cada uno a lo suyo. Pero Alfa y Tritón se quedan haciendo tiempo en una esquina de la cerca.
     ¿Vos sabés que en varios gallineros pasa lo mismo? Merman el aovo y le aflojan la disciplina a las pollitas,
     Es por el gallo Pelao y su Cruzada— explica Alfa.
     ¿De qué hablás?
     Un movimiento feminista en pro de la liberación de las gallinas. Y en contra del “pisado”
     ¿Qué cosa? ¿Cómo sabés eso?
     Una vez lo escuché desde la tele del patrón, y até cabos. No soy tonto. Y también  lo dijeron las pollitas.
     ¡No digás, che! ¿Pero te siguen pasando cosas en el gallinero? ¿Se te cuela el bicho ese?
     Se coló un par de veces, el verano pasado. Pensé que era por las pollitas nuevas, la Clavelina y la Marimoña. Las primeras veces, la Negra y la Perla también se le encocoraron. Lo dejé tatuado a picotazos.
     ¿Y?
     Y empecé a ver que las chiquitas estaban muy rebeldes; y las madres, demasiado tolerantes. Cuchicheaban. No me daban calce para el “apareo”. Y la Clavelina lo dijo: “Tiene razón el Pelao. ¡Basta de mandones!”   
     Estarían cluecas. Y vos, medio viejo para darte cuenta. Por ahí, ya no te importa mucho.
     Puede ser… Mientras haya maíz… Pero el patrón quiere huevos y pollitos… Si no ponen, no hay maíz.
     Cuesta mantenerse joven. ¿No?  Todavía me falta pero me cuido. ¿Y vos lo has visto al Pelao, che?
     Hace mucho; las primeras veces en que se coló y se ganó el sobrenombre. Después se empezó a escapar y se esconde en el baldío. Lo oigo, nomás
     ¿Y qué vas a hacer si sigue entrando?
     No sé. Por ahora, hay maíz. Alborota, pero no se mete conmigo ni me pisa a las damas.
Tritón se aleja, y Alfa empieza su rutina: Se da una vuelta por el nidal. La Negra está “poniendo”. Lo que no pone es atención. Cacarea con la Perla;  el pobre huevo sale despedido y se estrella en el piso.
Y junto con el estallido de bombita de carnaval, una masa cacofónica invade el gallinero:
      “Vamos chiquitinas/ salgan a jugar/ que la vida vuela / y hay que  disfrutar“
     ¡El Pelao! ¡Vamos, Perlita!  No nos perdamos el show.
     ¡Clavelina, Marimoña, esperen!
     Alfa, sacude las orejas y la cresta para alejar el enojo. Después picotea.
     Que corran y griten. Mientras haya maíz… Ya vendrán los pollitos en la primavera.
¡Sí! ¡Llegó El Pelao!  Salta y recibe  a sus fans, las pollitas en flor. Y a las gallinas, sospechosamente ágiles en la carrera . Ahí nomás, listo para escaparse, si hace falta, arranca con su show. 
“Pisa y  pisa,
el gallo mandón;
acá hace falta un gallito
que cante de corazón”
Cocococococorocó
Alfa pesca la copla y se le atragantan dos maíces.
—¡Epa! ¡Hijo  ‘e puta!¡Esto no lo tolero! —Corre, alborotado.
“Hay que buscar otro gallo
que se sepa divertir.
Que sepa ser cariñoso
y que nos deje vivir.
Que no ande contando huevos
ni granitos de maíz”
  Alfa llega a la palestra, medio asfixiado. 
Despreocupado de su estampa, el intruso zangolotea  las patas, aletea y cabecea,  y amaga resbalones en los restos de barro y maíz. Su canto es opaco, pero machacón y sibilino. Como tironeadas por un sedal las damas se adelantan para rodearlo.
 ¡Sorpresa! En un revoltijo indigno de  plumas relumbronas y  ojos desorbitados reconoce al famoso Pelao: ¡Tritón! ¡El amigo!
Las dos pollitas se balancean como poseídas.  La Negra y la Perla, sus viejas compañeras de palo, también  se han sumado al festejo. ¡Y hacen señales obscenas!
Alfa se abre paso en la rueda, pisoteando bailarinas; pero las muy chifladas se le enojan y le picotean las patas . Para colmo, Tritón le toma el lomo por escenario y va hilvanando su canción a picotazos.
"¡Este gallo está muy viejo
no maneja el gallinero!
¡Las hembras tienen derechos!
¡Quieren  elegir su gallo! 
¡Aovarán cuando quieran!"
       Y entre carcajadas hacen trencito alrededor de la cerca.
Alfa se endereza como puede y se refugia debajo de los escalones de la casa granjera. Los patrones están mateando.
—¿Qué pasa con las gallinas, Alfa?
— ¡Se han vuelto locas!
La mujer canturrea indiferente.  “Este gallo está muy viejo. No le gusta  el gallinero”.  Alfa reconoce la tonada del Pelao en voz humana.
—Andá a llevarles el maíz, Ramona,  a ver si engorda ese otro gallo. Este va para la sopa, me parece.
—Andá vos, que hace calor.

A veces es cuestión de buscarse otro gallo. No por mucho mandonear se organiza un gallinero.

jueves, 6 de febrero de 2020

VERSOS PARA UNA IMAGEN



I) Bate el mar en la costa su llamado,
su incesante caricia milenaria;
y la tierra, eterna adolescente,
inflamada de soles, se alboroza,
y se hace madre de árboles,
 de los mismos que albergan nuestra historia.

II) Baten mis manos el parche
de  mi tambor de madera.
Baten tus pies, en la danza,
tu cadera adolescente.
Palmera entre las palmeras
respondes  a mi llamado
como la costa al océano.
Y muy cerca, a la sombra del castaño,
espera mi cabaña de madera.
Allí somos los dos, de mar y tierra;
vida bullente, savia de los hijos,
savia de árboles nuevos.

III- Y ahora vamos  llorando, en la barcaza,
fugitivos del mar y la violencia.
Arrancados de cuajo, somos  árboles
portadores de historias y de sueños,
¿Habrá otra tierra para que podamos
arraigarnos en paz, vivir sin miedos?
¿Habrá para nosotros un regreso
aunque la madre  esté tan lejos, tan ajena?




jueves, 30 de enero de 2020

Mientras haya maíz...


Amanece. Alfa salta al palo mayor de la cerca, Infla el pecho y apunta con su pico al sol naciente. Majestuoso y brillante, sacude las alas rojas, tensa su cuello dorado y empina la cresta; se para firme sobre su eje, y lanza un sonoro Kikiriquí. Las sílabas se alargan en los ecos. Suena a orgullo servil, a obcecación patriarcal.
Desde los gallineros vecinos, otros gallos se suman al ritual de machos soberbios y engreídos. Un torneo vibrante acorde con las plumas refulgentes y las crestas enhiestas. 
Pero algunos suenan preocupados. Y se cuentan sus novedosos e insólitos problemas.
     Las hembras se están volviendo locas. No obedecen. No quieren “Lola”.
     ¿Y qué? ¡Fuércenlas! Para eso hay machos y hembras en un corral.
     Yo ya estoy medio cansado para pelearme y sacudirlas. Uno se pone sentimental.
     ¡Ché! ¡Otro Kikiriqui, que el sol no se despabila!
     Kikiriquiiii. Kikiriquíii…
Final del concierto. Cada uno a lo suyo. Pero Alfa y Tritón se quedan haciendo tiempo en una esquina de la cerca.
     ¿Vos sabés que en varios gallineros pasa lo mismo? Merman el aovo y le aflojan la disciplina a las pollitas,
     Es por el gallo Pelao y su Cruzada— explica Alfa.
     ¿De qué hablás?
     Un movimiento feminista en pro de la liberación de las gallinas. Y en contra del “pisado”
     ¿Qué cosa? ¿Cómo sabés eso?
     Una vez lo escuché desde la tele del patrón, y até cabos. No soy tonto. Y también  lo dijeron las pollitas.
     ¡No digás, che! ¿Pero te siguen pasando cosas en el gallinero? ¿Se te cuela el bicho ese?
     Se coló un par de veces, el verano pasado. Pensé que era por las pollitas nuevas, la Clavelina y la Marimoña. Las primeras veces, la Negra y la Perla también se le encocoraron. Lo dejé tatuado a picotazos.
     ¿Y?
     Y empecé a ver que las chiquitas estaban muy rebeldes; y las madres, demasiado tolerantes. Cuchicheaban. No me daban calce para el “apareo”. Y la Clavelina lo dijo: “Tiene razón el Pelao. ¡Basta de mandones!”   
     Estarían cluecas. Y vos, medio viejo para darte cuenta. Por ahí, ya no te importa mucho.
     Puede ser… Mientras haya maíz… Pero el patrón quiere huevos y pollitos… Si no ponen, no hay maíz.
     Cuesta mantenerse joven. ¿No?  Todavía me falta pero me cuido. ¿Y vos lo has visto al Pelao, che?
     Hace mucho; las primeras veces en que se coló y se ganó el sobrenombre. Después se empezó a escapar y se esconde en el baldío. Lo oigo, nomás
     ¿Y qué vas a hacer si sigue entrando?
     No sé. Por ahora, hay maíz. Alborota, pero no se mete conmigo ni me pisa a las damas.
Tritón se aleja, y Alfa empieza su rutina: Se da una vuelta por el nidal. La Negra está “poniendo”. Lo que no pone es atención. Cacarea con la Perla;  el pobre huevo sale despedido y se estrella en el piso.
Y junto con el estallido de bombita de carnaval, una masa cacofónica invade el gallinero:
      “Vamos chiquitinas/ salgan a jugar/ que la vida vuela / y hay que  disfrutar“
     ¡El Pelao! ¡Vamos, Perlita!  No nos perdamos el show.
     ¡Clavelina, Marimoña, esperen!
     Alfa, sacude las orejas y la cresta para alejar el enojo. Después picotea.
     Que corran y griten. Mientras haya maíz… Ya vendrán los pollitos en la primavera.
¡Sí! ¡Llegó El Pelao!  Salta y recibe  a sus fans, las pollitas en flor. Y a las gallinas, sospechosamente ágiles en la carrera . Ahí nomás, listo para escaparse, si hace falta, arranca con su show. 
“Pisa y  pisa,
el gallo mandón;
acá hace falta un gallito
que cante de corazón”
Cocococococorocó
Alfa pesca la copla y se le atragantan dos maíces.
—¡Epa! ¡Hijo  ‘e puta!¡Esto no lo tolero! —Corre, alborotado.
“Hay que buscar otro gallo
que se sepa divertir.
Que sepa ser cariñoso
y que nos deje vivir.
Que no ande contando huevos
ni granitos de maíz”
  Alfa llega a la palestra, medio asfixiado.
Despreocupado de su estampa, el intruso zangolotea  las patas, aletea y cabecea,  y amaga resbalones en los restos de barro y maíz. Su canto es opaco, pero machacón y sibilino. Como tironeadas por un sedal las damas se adelantan para rodearlo.
 ¡Sorpresa! En un revoltijo indigno de  plumas relumbronas y  ojos desorbitados reconoce al famoso Pelao: ¡Tritón! ¡El amigo!
Las dos pollitas se balancean como poseídas.  La Negra y la Perla, sus viejas compañeras de palo, también  se han sumado al festejo. ¡Y hacen señales obscenas!
Alfa se abre paso en la rueda, pisoteando bailarinas; pero las muy chifladas se le enojan y le picotean las patas . Para colmo, Tritón le toma el lomo por escenario y va hilvanando su canción a picotazos.
"¡Este gallo está muy viejo
no maneja el gallinero!
¡Las hembras tienen derechos!
¡Quieren  elegir su gallo! 
¡Aovarán cuando quieran!"
       Y entre carcajadas hacen trencito alrededor de la cerca.
Alfa se endereza como puede y se refugia debajo de los escalones de la casa granjera. Los patrones están mateando.
—¿Qué pasa con las gallinas, Alfa?
— ¡Se han vuelto locas!
La mujer canturrea indiferente.  “Este gallo está muy viejo. No le gusta  el gallinero”.  Alfa reconoce la tonada del Pelao en voz humana.
—Andá a llevarles el maíz, Ramona,  a ver si engorda ese otro gallo. Este va para la sopa, me parece.
—Andá vos, que hace calor.

A veces es cuestión de buscarse otro gallo. No por mucho mandonear se organiza un gallinero.

domingo, 5 de enero de 2020

NOCHE ESPECIAL



De pie, mirando el cielo,
En lo alto de la noche se deleitan
Con la magia chispeante
Los tres Magos.
Y gozan tanta luz, sin desviarse
De  La Estrella Especial que los fascina
Y que marca sus pasos.
Sabios son, porque la van siguiendo
En busca del porqué de tanta magia.
Porque siguen su viaje esperanzado
Pese al sol, o a las nubes que la tapan.
***
Ya está cerca Belén, según sus cálculos.
Los camellos cansados se han dormido
Al borde del oasis.
A esta hora, en brazos de sus padres,
Mirando las estrellas,
Algún Rey Pequeñito está llamándolos.
***
Noche de Reyes Magos…
Magia de sueños que vamos siguiendo
Y que vemos brillar cuando ponemos
Zapatos de esperanza, en nuestra puerta…
Y nos quedamos un ratito más,
De pie, mirando el cielo.



martes, 10 de diciembre de 2019

El tren fantasma








«El tren traquetea sobre las vías: traca trac traca trac».
 Patricia canturrea, mientras revisa su bolso, con tenacidad de vieja maniática.
No es fácil encontrar algo en esta atmósfera gris y polvorienta.
«La puta lapicera no aparece».
No. Pero aparecen los anteojos... chuecos, sucios. Patricia se los calza. Ahora la ve, recostada en el colchón de pelusas, entre bollos de periódicos viejos. Ah. La libreta, también…
« Pelusas… Parece que todavía maúllan y ronronean. ¡Hace tanto tiempo que no tengo gatos! Los diarios dicen que sólo disfruto de mis gatos y de mis caracoles. ¿En qué momento se lo han inventado? »
Sacude la lapicera y pesca una hoja limpia… bueno, bastante limpia. La lapicera se desliza, y en la hoja se arraciman las palabras:
El tren avanza impetuosamente, con ritmo furioso y entrecortado. Tiene que detenerse, cada vez con mayor frecuencia, en estaciones de poca monta.  
 Debe estar atardeciendo, aunque allí adentro no se sabe bien. Se recuesta en el asiento con los ojos entrecerrados, y otea a los otros viajeros. Viejos conocidos. «Gente. Bloqueados como caracoles. Vestidos de caparazones labradas.  Escurridizos, traicioneros».
Patricia vuelve a su bolso, su lapicera y su libreta. 
En frente hay una vieja astuta, solitaria y observadora, que alterna el crochet con la lectura.
«¡Parece la última edición de “Extraños…”!…  Sigue el tren por la vía aunque pasen los años… ¡Con rima! Sesenta, ya».
Curiosa viejita… Lunar enorme en la mejilla. Ojos vivaces e inteligentes.
Al otro lado del pasillo, a su izquierda, los dos hombres discuten.  Pesados, canosos, casi de la misma edad. Se parecen en la tensión que los envuelve. Las imágenes se desdibujan en el humo de los cigarrillos, y sus voces, en el traqueteo del vagón.
—…borracho... sucio… desquiciado…
—…un trato… ¿la gloria?…   estoy orgulloso…
—… asesinato… dignidad… afectos…fracaso… soledad…
—…lo hice… gustó… lo respeto, lo amo…
La señora del libro y el crochet parece de las que miran con desconfianza a la gente que fuma aunque esté prohibido. Para colmo, estos se amenazan. Uno, con la pistola. El otro, con sus manos brutales.
Ella se eleva decidida hacia el asiento de los hombres; lleva el libro en la manga vacía. Insólitos pasos voladores;  brazos leves; con un extraño roce imperceptible, como de madre tolerante o novia tierna, desinfla, pulveriza, a los cuerpos tendidos en las butacas.
—Calma… Ya lo pagaron. 
El vagón entra a un túnel oscuro. Los ecos metálicos lo comprimen. Chatarra que no emerge.
 El bolso ceniciento de Patricia flamea en el pasillo.
—No son más que héroes de papel. Pobres almas disociadas, inestables, como las de cualquiera— dice la anciana.
— ¡Más abuela que detective! La eternidad es compasiva…
—¿Ya anotaste? ¿Cuándo esperas publicarlo?

—No lo publicaré.  No quiero enredarme con editoriales. Hace años que soy parte de este tren fantasma.

viernes, 29 de noviembre de 2019

RETO N°65: EL JUEGO DE LAS PALABRAS (PROSA)
UN CÓCTEL MÁGICO
—Siéntate, por favor,— pidió mi amigo mientras sacudía la coctelera.—¿A qué viene tanta conmoción?
—Bueno— Me senté y respiré hondo—. Creo que la ingratitud me está despertando fobia a la familia. Ya sé que estoy obsoleto para acompañarlos en este viaje. Pero les he dado tanto amor, tanta confianza… Esperaba que por lo menos me invitaran. Que me dieran la opción de excusarme: que el régimen, que el lugar inhóspito….
Me alargó la copa colorida que acababa de preparar.
—Toma. No hay como un cóctel para encontrar la calma interior. Relájate. Piensa como si fueras una mariposa en vuelo bajo el sol.
—Las mariposas no piensan,  tonto—. Y me  reí  un poco a la fuerza, como si me hiciera cosquillas, mientras bebía sorbos pequeños.— Por lo menos dime que me imagino que vuelo como una mariposa, a pesar de ellos.
— Te lo digo, amigo, aunque más no sea para que recuperes la cordura. Deja que el viento se lleve tu fastidio.
Trago a trago fui vaciando el vaso y llenando mi cabeza de fantasías soñolientas .
— Un brindis por tu compañerismo. Lo mejor de tu cóctel mágico es que me ha dado ganas de soñar y dejar que la vida vaya y venga sin tironearla.

martes, 26 de noviembre de 2019

ceremonia secreta



En la vieja casona de la viuda se apagan las luces de la casa  a las once y cuarenta y cinco  de la noche.  Instantes más tarde cruje la pared del desván, se abre la puerta y una nube de polvo, liviana baja despacito la escalera; poco a poco, al resplandor de la luna, o al fulgor de los relámpagos, emergen las dos siluetas; la viuda y el pequeño roedor; van a la cocina y ella saca de la alacena el frasco de tapa naranja. Mientras gira la cubierta, se expande un olor rancio: algo así como a queso picado y salame, mezclado con azahares; y el aire se espesa con una música de tango de los años veinte, pura guitarra y acordeón.  
El ratoncito la espía; le gusta verla en este momento: se la ve transparente y pura; un ordenado ramo de huesos envuelto en un traje de novia de aquellos tiempos.  Los largos dedos de marfil  vacían el frasco: colocan un azahar reseco en el velo amarillento; deslizan en el anular la alianza de bodas, el talismán de la felicidad, y sacan del fondo un extraño sedimento que ella lame embelesada; en su mano derecha se perfila una empanada mohosa.   Al roedor se le hace agua la boca: siempre cae alguna miguita.
 Son casi las doce.  Ambos ensayan  los primeros pasos del tango, abandonados en los brazos ausentes del otro, cada uno en su esfera de polvo luminoso.
De pronto, arrancan las campanas de un reloj de pared.  Es fascinante ver cómo, a cada una de ellas, se van diluyendo, de pies a cabeza;  en la penumbra de la cocina, pausadamente, la viuda pone todo en orden: el anillo, la tapa cerrada, el tarro en la alacena; y vuela hecha polvo hasta el viejo ropero del desván; en el doble fondo, bien escondida, está la urna en donde descansan sus restos; y junto a ella, en la cueva de algún ignoto ratón, los del marido enamorado, mujeriego y traidor.
 Desde la última brizna de polvo él sacude sus bigotes y la sigue; esperará hasta mañana cuando vuelva a perfilarse la empanada que sobró de la última cena; a las otras, las envenenadas, se las llevó la policía, como prueba, la mañana en que ella le descubrió su secreto romance.


Otro mundo

Tenía siete años cuando fui con mis padres a Buenos Aires en el tren que venía del norte, desde La Quiaca. Para ir a la capital había que viajar doce horas, con buena suerte.
El guarda nos acompañó a un coqueto camarote, pulcro y perfumado, revisó los boletos y se fue; creo que nos dormimos enseguida.
En algún momento desperté con muchas ganas de hacer pis. Me confié de mi experiencia viajera y encontré pronto un baño; pero estaba cerrado con llave.
Bastante apurada, avancé bamboleante en la penumbra hasta una puerta. Detrás, otra realidad: el olor penetrante a comida vieja, vino y orines me golpeó la nariz y el estómago; resaltaban los bultos de gente dormida en el suelo, envuelta en ponchos coloridos y con los sombreros puestos; en medio de las personas había un desparramo de canastos, ollas y… hasta algunas ‘pelelas’.
Un muchacho se sentó en su ‘cama’ y me miró sorprendido; me sonrió, pero yo le tuve miedo: era ‘un pobre’; y los pobres eran todos malos, borrachos y ladrones… Yo estaba paralizada de horror y vergüenza: me estaba orinando. Empecé a gritar: “mamá, papá…”
Apareció el guarda ; me tomó la mano de inmediato y me llevó con mis padres, que ni siquiera habían notado mi ausencia: otra vez el bienestar, los mimos. Yo no olía a rosas, para espanto de mi mamá; pero lo solucionamos enseguida; en el camarote había un bañito ‘paquete’ y en mi maleta, ropa suficiente para abrir una tienda.
Cuando fuimos a desayunar al comedor, pregunté por los pasajeros ‘pobres’.
—Son “collas”— dijo papá.— ¡Pobre gente! Casi cuarenta horas de viaje, sin plata y con los baños cerrados. No saben usarlos y los ensucian y atascan.
—¿Vos sabés que hace mucho eran príncipes en las montañas?— preguntó mamá, como de pasada.
Mi papá la miró, muy serio. No le gustaba la interrupción con príncipes de montaña.
—¿Y por qué van así a Buenos Aires con todas sus cosas y sus hijos? ¿Para qué?
—Para ver si consiguen trabajar.
—Pobres— acotó mamá— ¡qué destino!

Las masitas del desayuno se me volvieron amargas… Me quedé cautiva de este mundo extraño al que acababa de asomarme. 

domingo, 24 de noviembre de 2019

La receta de la abuela

Hola, amigos. Mi participación para el microrreto "La sonrisa"




¿Cómo era la receta del dulce de naranjas en gajitos?… Venía probando desde que se pintaron las primeras naranjas. Tal vez porque estaba sola y llena de nostalgias. Primero recurrió a su memoria oxidada y enredada: muñecas, canciones y rodillas peladas; jugar a las visitas con el juego de té de la abuela; con ella al frente, por supuesto, olorosa a naranjas. El sabor revivía, pero la receta, no.
Estaba un poco preocupada. Le había prometido a su nieta que le enseñaría a hacerlo y no había caso con sus neuronas.
 «Vamos a Internet. Veinticinco recetas: que si se pelan, que si se ralla la cáscara…»
 ¡Ay, abuela! ¿Cómo lo hacías? ¿Los gajitos se dejaban en cal viva?»
     ¡Pero, no! ¡Eso es para el zapallo en cubitos! ¡Te lo enseñé mil veces!
     ¡Abuela; no te metas así en mi cocina! Dame alguna señal cuando vengas de visita. Me dan palpitaciones.
     Bah, Doña Angustias… Calladita. Sentate y cerrá los ojos. ¡Vamos! ¡Sin miedo, que estoy en el Paraíso y no necesito espantar a nadie!
Un soplo de brisa desde el patio. ¿O una caricia de la abuela?
     Tenés las manos tibiecitas. Como si…no…
     Como si estuviera viva. ¡Sí, señorita! ¡El amor no muere! Respirá hondo y contá hasta cinco
     … tres, cuatro, cinco. «¿Fue un beso?» ¡Ah, cierto!  ¡Se dejaban en salmuera toda la noche… Después se lavaban bien a fondo y se dejaban impregnar de almíbar. ¡Uy. Ya te fuiste!
Se asomó a la puerta del jardín. Por detrás de la copa brillante y dorada del naranjo, se escapaba  una nube preciosa, regordeta y sonrosada. Le dijo ¡gracias! y sopló un beso. Se le llenó el corazón de dulces recuerdos. Y entonces, sonrió..


sábado, 26 de octubre de 2019

FOR EVER



—Vine a la fiesta.  Me sentí  invitada. 
—¡No lo esperaba!  
— ¡Sin rencores!  ¿Feliz, relajado? Te traje una rosa . Algo caduca.  No tiene  sol y nadie la riega…
Esta rosa… Rosas en tus manos… Nuestros años felices… Tu silencio… ¡Has podido perdonarme!
¡Qué remedio! Por lo menos me aseguré una paz celestial.  Barato, para un frasco de pastillas. Mejor que tu espantosa enfermedad.  ¡¡Pobrecito!!
— Ayyy ¿Todavía no puedo descansar?
El Purgatorio, que le dicen... ¡Si sabré yo cómo se siente!  ¡Záfate! ¡Tus culpas caducan cuando las sepultas!
Es que me alteran los remordimientos, los gastos abusivos y la hipocresía...
—Gruñón,  egoísta. Todos lo están pasando muy bien: los bocaditos, el café,  el whisky…  Un servicio fúnebre impecable.  ¡Eh… Parece que ya es hora! …
—¡Aaaay! ¡No quiero que lo sellen!
—Calma. Ya estamos en la misma órbita.   Para siempre.


sábado, 19 de octubre de 2019

CUIDALO, ABUELITA



Hecatombe estaba al cuidado de Doña Mari.
—Una semanita, abuela— había rogado Emilia. —Es re- buenito y educado.
En cuanto la nieta cerró la puerta, Doña Mari comprendió  por qué se llamaba Hecatombe.
Sólo escribiéndolo con mayúsculas se podría expresar su furia ante las hazañas del gato. Tampoco sería posible grabar el aullido, si acertaba con el palo y le daba en las costillas.
—¡Hecatombe! ¿Qué hiciste ahora?
Nunca mejor puesto un nombre que en este caso.  Hecatombe le  infligía todos los calvarios imaginables: trepaba a la mesa cuando estaba cocinando; deshilachaba los almohadones y cortinas; le destejía las labores;  ‘regaba’ de felicidad las plantas, cuando brotaban durante sus ‘celos’, y la arañaba al pasar.
Aquella madrugada,  una catarata de loza, vidrio y aluminio  despertó a la abuela. El estrépito en la cocina había infringido la Norma Uno de Respeto en la Casa:   “¡Hora de dormir!. ¡Silencio!”
«¡Ay, qué hizo!», pensaba, mientras bajaba despacito acomodando su rodilla artrósica.
 Casi se cayó cuando tropezó con Hecatombe a la puerta de su dormitorio; el sospechoso parecía dormir a pata suelta en el pasillo. Un intenso vaho de pescado en escabeche inundaba la cocina; latían extraños rumores en la oscuridad: crujidos, bufidos…  Despierta a medias, y a medias enchancletada, Mari  prendió la luz.

Una gata saltó sobre el aparador abierto y siguió relamiéndose los bigotes; otra, lamía el arroyo de escabeche que se volcaba desde la heladera abierta.
—¡Caraduras! —estalló. —¡Ni siquiera hacen ademán de escapar por…¡Por Dios! ¿La ventana  abierta? ¿La heladera abierta?  ¡Jamás pude haberme olvidado de cerrarlas!» 
—Miauuu—cantaron a dúo .  Mejor dicho en trío, porque Hecatombe apareció despabilado en la cocina y las lamió galante. Las muchachas debían de estar muy sabrosas.
Mientras los gatos, en alegre montón abandonaban el restaurante, doña Mari lamentó no tener celular para llamar a Emilia. Hizo acopio de filosofía, se sirvió un buen vaso de vino y se volvió al dormitorio.
Y mientras se dormía recordó el otro vaso de vino antes de irse a la cama… ¡Uuuyy!...¿Se habría olvidado de cerrar? ¿Hecatombe se habría vengado?