sábado, 27 de abril de 2019

Ni sí ni no, ni blanco ni negro


Comentando el artículo https://eltercerpuente.com/ni-si-ni-no-ni-blanco-ni-negro/

El artículo me desconcertó al principio. Parecía un alegato por la anarquía, como único rumbo
para sostenerse en este mundo complejo y enredado. Casi hasta el último párrafo, el planteo
refería a la necesidad de dejar de lado todas las interpretaciones de la condición humana, para
ponerse a analizar y reasumir como nueva realidad, la incertidumbre.
Creo que en la complejidad de nuestros días, no es necesario soltarse de todo principio, de toda
creencia; ya ha pasado la humanidad por otras instancias de nihilismo, de destrucción sin más
proyectos que tanteos, y sólo ha generado nuevos fanatismos. Es señal de buen sentido revisar y
redimensionar los principios éticos; escucharse a sí mismo, y aceptarse como pieza de un puzzle
que no tiene por qué devaluar todas las experiencias que le ha ido dando la vida. Y desde los
principios, valorar la diversidad, sin apoderarse de otros escaños.
No es necio ni cobarde estar satisfecho con la propia realidad; somos piezas únicas de un puzzle y
contribuimos a las soluciones desde el molde de nuestra estructura personal. Sí, es necio vivir en
continua agitación, ante cualquier campana que llama “a otra misa”.
La visión “redentora” del experimentado dogmático y la pereza intelectual del “humildista” son
instancias, que podemos aceptar o rechazar desde nuestra autoestima, siempre que no impliquen
aislar ni destruir a otras personas.

 El artículo me desconcertó al principio. Parecía un alegato por la anarquía, como único rumbo para sostenerse en este mundo complejo y enredado. Casi hasta el último párrafo, el planteo refería a la necesidad de dejar de lado todas las interpretaciones de la condición humana, para ponerse a analizar y reasumir como nueva realidad, la incertidumbre.
Creo que en la complejidad de nuestros días, no es necesario soltarse de todo principio, de toda creencia; ya ha pasado la humanidad por otras instancias de nihilismo, de destrucción sin más proyectos que tanteos,  y sólo ha generado nuevos fanatismos. Es señal de buen sentido revisar y redimensionar los principios éticos; escucharse a sí mismo, y aceptarse como pieza de un puzzle que no tiene por qué devaluar todas las experiencias que le ha ido dando la vida. Y desde los principios, valorar la diversidad, sin apoderarse de otros escaños.
No es necio ni cobarde estar satisfecho con la propia realidad; somos piezas únicas  y contribuimos a las soluciones desde el molde de nuestra estructura personal. Sí, es necio vivir en continua agitación, ante cualquier campana que llama “a otra misa”.
La visión “redentora” del experimentado dogmático y la pereza intelectual del “humildista” son instancias, que podemos aceptar o rechazar desde nuestra autoestima, siempre que no impliquen aislar ni destruir a otras personas.



sábado, 13 de abril de 2019

Los sueños de Margarita*

“Margarita, está linda la mar” recitaba mamá, en la cocina. Juntas preparaban  la cena, «para que vayas aprendiendo y tu marido sea feliz».
 La niña se llamaba Margarita y le gustaba el mar. Y pensaba en los cuatrocientos elefantes, más que en los tiburones que lo habitaban.  Más aún: pensaba en el prado de estrellas, y en hacer hermosas poesías.
Papá era marino, y le contaba sobre las tormentas, las canoas de juncos o de troncos, desde las que todavía se lanzan los pescadores de perlas, tan hondo, tan hondo… los barcos antiguos, los esclavos encadenados a los remos; Ulises y las sirenas. Se dormía con la cabecita llena de historias.
No se sentía pasar el tiempo, aunque los vestidos y los zapatos le iban quedando chicos. Y aunque le crecían pensamientos y proyectos.
—Yo quiero ser 'marina' y poeta—dijo un día.
—No hay 'marinas'—dijo papá. —Sólo marinos. Podrías ser sirena…
—Las sirenas son pescados; huelen mal; roban hombres; no se casan— apuntó mamá.
Las sirenas son pescados; huelen mal, seguramente; y no se casan— apuntó mamá.
¿A Margarita le pareció o a mamá no le gustaban las sirenas porque se robaban a los marinos?
—A mi no me gustaría que te fueras por el mar; vos sos nuestra hija, y nos vas a traer nietos cuando seamos viejitos. Te amamos; te cuidamos.
—¿Y no puedo ser poeta?
—Y, sí—suspiró mamá, como soñando.— Si los hijos te dan tiempo… Mejor leé poemas y se los decís a tus hijos.
Se echó a llorar, triste por ser mujer y enojada con esos hijos desconocidos que no le hacían ninguna falta por ahora; primero, poeta.
Tristes y disgustados, ellos  le contaron el cuento de una tal Pandora, curiosa, desobediente y egoísta; tanto, que desparramó todos los males del mundo; sobre todo, la ingratitud y los caprichos.
Esa noche sintió pisotones y quejidos dentro de la cabeza y en el corazón. ¿Se estaría rompiendo la Caja de Pandora?
Lloró mucho, hasta que se durmió en un sueño sin tiempo.
.Entonces vio a la estrellita; era muy brillante y le guiñaba los ojos.
Se escapó por la ventana en un rayo de luna, a sentir el mar y ganarse su estrella.
El camino era largo. En el trayecto inventó “poemas  de cuento” para dormir; y vivió poemas de verdad: de aventura y de amor; de elefantes, reyes y esclavos, tormentas, tiburones, guerras y ocasos apacibles, Conoció muchísima gente diferente; ora lloraban; ora reían, bajo las mismas estrellas.
Sus padres ya no estaban tristes; a veces,le sonreían desde la cocina, con los brazos abiertos.
Cuando volvió, estaba muy hermosa, iluminada por sus propias estrellas. Sobre la mesa, le habían dejado un cuaderno y una lapicera.

* https://es.wikipedia.org/wiki/Margarita_Debayle

miércoles, 10 de abril de 2019

Los sueños de Margarita*



“Margarita, está linda la mar” recitaba mamá, en la cocina;  preparaban  la cena, «para que vayas aprendiendo y tu marido sea feliz».
La niña se llamaba Margarita y le gustaba el mar. Y pensaba en los cuatrocientos elefantes, más que en los tiburones que lo habitaban.  Más aún: pensaba en el prado de estrellas, y en hacer hermosas poesías.
Papá era marino, y le contaba sobre las tormentas, las canoas de juncos o de troncos, desde las que todavía se lanzan los pescadores de perlas, tan hondo, tan hondo… los barcos antiguos, los esclavos encadenados a los remos; Ulises y las sirenas. Se dormía con la cabecita llena de historias.
—Yo quiero ser marina y poeta—dijo un día.
—No hay marinas—dijo papá. —Sólo marinos. Podrías ser sirena…
—Las sirenas son pescados; huelen mal; roban hombres; no se casan— apuntó mamá.
—A mi no me gustaría que te fueras por el mar; vos sos nuestra hija, y nos vas a traer nietos cuando seamos viejitos. Te amamos; te cuidamos.
—¿Y no puedo ser poeta?
—Y, sí—suspiró mamá, como soñando.— Si los hijos te dan tiempo… Mejor leé poemas y se los decís a tus hijos.
Esa noche le contaron el cuento de una tal Pandora, curiosa y desobediente.  Margarita sintió pisotones y quejidos dentro de la cabeza y en el corazón. ¿Se estaríaa  rompiendo la Caja de Pandora?
 Se echó a llorar, triste por ser mujer y enojada con los hijos y la familia que no quería tener; al menos, por ahora no; primero, poeta.
En el fondo de la Caja, como un emoticón de Whats Up, una estrellita le hacía guiños
«No sirven para nada las broncas. ¡Se puede hacer tanto con la cabecita ventilada! ».
Y se escapó por la ventana en un rayo de luna, a sentir el mar y robarse su estrella. El camino era largo; sus padres ya no lloraban: le sonreían desde la cocina.
En el trayecto inventó “poemas  de cuento” para dormir; y vivió poemas de verdad: conoció elefantes, reyes y esclavos, tormentas, tiburones, y ocasos apacibles. Sobre todo, conoció muchísima gente diferente, bajo las mismas estrellas.
Un día volvió a la cocina; estaba muy hermosa, iluminada por sus propias estrellas. Sobre la mesa, le habían dejado un cuaderno y una lapicera.
* https://es.wikipedia.org/wiki/Margarita_Debayle

LOUIS ARMSTRONG Y MI VECINA



 Ahí está el cadáver de su vecina, comisario, dice el inspector López; y señala hacia la rendija en el piso del puente.
Otros dos policías se acercan con el  bote hacia el carrizal. El río, oscuro y espumoso,  se sacude contra las columnas y bate la bolsa macabra.
—Comisario—comenta.—Ya la traen.
Nos acercamos a la orilla. Un par de periodistas y fotógrafos judiciales toman  la escena; sólo ellos y nosotros. No hay  familiares ni amigos ni otros vecinos que se hayan percatado de la ausencia de la mujer en los últimos días; parece que soy el único; el que ha dado aviso a mi unidad policial.
Los rescatistas fondean el bote y lo amarran con una maroma. Levantan la carga inflada por el agua y la descomposición, y la dejan sobre la ribera pantanosa. El resto de la patrulla empieza a desempacar el envoltorio.
Voy mirando a medida que aparece el cuerpo. El cadáver hiede;  la semana ha sido muy calurosa.
Los ojos siguen desorbitados y la boca, abierta en el grito terrible. Su último amén.
Estrangulada...
Y soy tan respetado que nadie me señala lo absurdo del comentario; no es un balazo o un degüello. Un cadáver hinchado, blanco y reblandecido no avisa que fue estrangulado.
Pero yo lo sé. Tampoco puedo explicarme por qué lo sé. 

Durante el día, paso muchas horas mirando por la ventana; pero por la noche, llega lo mejor de mi jubilación: el jazz. Escuchar jazz, tocar la trompeta, improvisar como lo hicieron los pioneros de esta música tan creativa y sensual. 
Es mi medalla al mérito, después de pasarme la vida desenmascarando coartadas frente a cadáveres destrozados.   
Cuando cae la noche, me saco los zapatos, me apoltrono en el sillón, con el whisky a mano y disfruto de la música y del mundo maravilloso de Louis Armstrong. Un par de horas, y me voy a dormir. 
Y sueño con mi vecina. ¿Mi vecina? 
Hace un mes que esta mujer se ha mudado a la otra casa del dúplex, contigua a la mía. Pasa todos los días por la vereda. Es una mujer cincuentona, pálida y seca; viste ropas de monja laica; camina a grandes trancos y mira siempre al frente. Una solterona resentida. No sé casi nada de ella. Ni siquiera el nombre…  Tampoco sé si habrá advertido alguna vez que las paredes de nuestras habitaciones colindan. Nunca se ha quejado de mis asiduas sesiones de jazz, ni de mi viejo gato que se salta las tapias. Tampoco de mis ronquidos, aunque me está costando dormir. 
¡Cosas de vecindario!
Un par de veces, estuve a punto de contarle que todas las noches la escucho rezar y cantar; que siento cómo aumenta el volumen de sus cultos,  hora tras hora, hasta llegar al aullido; y que, por razones ancestrales que nunca dilucidé, aborrezco los spirituals desafinados cuando estoy escuchando o haciendo jazz.  Pero no tuve ocasión de abordarla; ni siquiera contesta los buenos días básicos.
Y esta noche de verano, húmeda y pegajosa, ella se cruza en el camino, entre la música y  yo. En lo profundo de la medianoche estoy soplando mi versión de “¡Qué mundo maravilloso!”; pero
la vecina está culminando sus devociones con gritos ululantes.
Mi frenesí musical va mutando a una rabia desenfrenada; hago todo lo posible por superar estos violentos impulsos; soplo con más energía,, pero siempre hay un par de decibeles agudísimos por encima de los de Armstrong. La frustración me ciega: estrello la trompeta contra la pared... 
y de inmediato la recojo sollozando; y la beso, exasperado y arrepentido.
Louis Armstrong viene en mi ayuda. Una escala cromática trepa  desde mi boca a la chimenea lindera;  sostengo la melodía con un largo vibrato y después la diluyo en una cuerda aterciopelada y sensual. Desaparece, pero sigo guiándola desde mi patio, como en un ostinato de moscardón; la voy llevando por el pasillo de la casa, y la sitúo sobre su cuello; está tensado hacia atrás como esperándola.
De pronto, el aullido se corta, se oye el peso del cuerpo que cae.
Por encima de la tapia,  voy envolviendo mi sedal, para que duerma en el instrumento.

López me despertó con un vaso de café. La comisaría estaba silenciosa y fresca. Parecía compungido por mantenerme esposado.
—Tómelo pronto; nos vamos al río comenta como si le hablara a un tercero.Hay que reconocer el cadáver..
Ya lo hemos visto. Ya debe estar en la morgue.
Como si no me oyera,  López sigue con el procedimiento habitual de la investigación. 
     Y entonces nos llamó, comisario… ¿Por qué?
     Porque, de repente, Armstrong fluyó nítido y hermoso por mi patio; ella había dejado de rezar.
—Entonces nos dijo que estaba estrangulada. ¿Podía verla? ¿Saltó la tapia, para cerciorarse?
— No. Podía sentir esa liberación, ese sosiego pleno.
— ¿Reconoce estos calcetines? 
—¡Por supuesto! ¡Todos mis calcetines son exclusivos y tienen trompetas bordadas! ¿Cómo los consiguió?
Estaban junto a la tapia de la occisa. Hay huellas de pies con calcetines, en la habitación de la mujer.
—Mmmm...   Armstrong es muy respetuoso. No se hubiera puesto mis calcetines...¿O tal vez sí? ¿O los habrá llevado el gato?
 ¡Bueno, ya basta! A mí me parece que usted la mató. ¡Saltó la tapia, la estranguló y la tiró al río!. Insisto:  me parece. Ya lo dirá el juez. 
     No, López. Yo no la maté. Fue Louis Armstrong.

domingo, 24 de marzo de 2019

Puede que sea de terror


El hombre se transformó en un ratoncito y se coló por una de las rendijas de la persiana. Escondido detrás de la pata de la cama, miró a la joven que se maquillaba frente al espejo. Ya estaba casi lista, brillante de hermosura y sensualidad, bajo las luces del tocador.
Entonces empezó a rasquetear la madera, a intervalos regulares: Un , dos, tres, rcrcrc, Un, dos, tres, rcrcrc.
Ella se mostró inquieta durante las dos primeras series. A la tercera, le falló el pulso cuando se aplicaba el delineador. Se limpió el párpado y volvió a intentar el trazo. Al cuarto intento, lanzó el frasquito contra el espejo, y se paró. ¿Intrigada? ¿Asustada?
Caminó hacia la cama con pasos cautelosos, con la boca seca y los ojos desorbitados. Se agachó despacito…
¡Aaaayyy! ¡Un rató…
No pudo terminar la frase. El ratoncito había saltado hacia su boca abierta y se refregaba, libidinoso, contra su lengua.
Aprovechó el desmayo inevitable y recorrió todo el largo de su cuerpo con saltitos entrecortados. El timbre de la puerta de calle sonó insistente, pero ella no pudo
oírlo.
Cuando saltó desde los pies, “¡Fiuuu!”, el pequeñín recobró su conocida apariencia humana, con ropa y todo, y empezó a silbar un tango pasado de moda.
Otro hombre se iba calle abajo, con un ramo de rosas  y un champán.
Ella se sentó, despavorida, en la cama, en plena madrugada. El cuarto olía a cosméticos, a vino barato, a ruda macho, y flotaba un aire arrabalero. A su lado el hombre, un vejete bien conservado, pero añoso, le tomó una mano con la suya, peluda y uñilarga, y le guiñó un ojo.
—¡Eh! ¿Una pesadilla, chiquita mía? “Un ratón, como dijiste. Y te quedarás para siempre con él. . ¡Bien gastados esos ahorritos, en el brebaje de la gitana!”
¡Carajo!

sábado, 23 de marzo de 2019

A VECES SE ROMPEN

¡Pensá, soñá, divertite, lector!¿Te gustó lo que leíste?  Hay muchas pistas sembradas, las seguís, y de golpe no “entendés”; y me hacés preguntas, en las que yo descubro que tenés respuestas.  Me río  porque cualquiera de ellas es posible, e igualmente calza.  Los cabos sueltos son puertas para que te pasees por las posibilidades que te dicta tu imaginación.    A ver, juguemos con esta historia: 
Imagen tomada de Internet.
                                              A VECES SE ROMPEN
Hace un rato, Carolita y su papá-El Gringo- junto a mamá y a La Máscara emocionada,  vieron por televisión la boda de unos  príncipes ingleses: un príncipe fornido y pelirrojo, como papá, y una princesa afro. Muchos gringos serios, por un lado, y muchos afros emocionados, en el templo y en la calle.
—A La Máscara le encanta la boda— dijo la nena. Mudo y serio, El Gringo apagó la tele.
La Máscara (así, con nombre propio, porque habla, cuenta, baila, canta), cuelga en la pared de la sala. La nena tiene seis años, muchos juguetes, ningún amiguito;   está fascinada con esa negra. «No es una negra; es una máscara afro, dijo papá, cuando la terminó».  Fondo negro, rasgos blancos apenas insinuados con una pincelada fina; la boca, no;  está bien marcada, en relieve, abierta en un grito. Una línea de colores entrelazados ciñe su cuello. «Podría significar el dolor soterrado de una raza, o el clímax rutilante de una juerga de carnaval».  En la pared de enfrente, el retrato mudo de la rubia mamá, tristona, con las manos llenas de tiras de crochet.  
Carolita piensa que algún día se parecerá a la novia, mulata desteñida, y que le gustará el Gospel.
El Gringo siente que los  recuerdos baten sus propios tambores  y le laceran el alma y la boca del estómago. « A veces se rompen
—La princesa no es tan negra como La Máscara. ¿Quién es La Máscara, papi?
—Cualquiera. No sé.
 Como siempre, sacude la cabeza, y  le acaricia los rulos cobrizos.  Por delante de su cara pasa una nube de fastidio y tristeza.
 —Me cansás con La Máscara. Cantame una canción bonita y te vas a dormir.
—¡Bieeen! La de La Máscara: “En el río me dejaron/para que me porte bien/para que cierre la boca/y que no la abra después/ ¡Ay, ay, ay qué negra mala! ¡Juá!¡Juá!/ Con una tirita al cuello,/ bajaré, estaré/. ¡Ay, ay, ay qué negra mala! ¡Juá!¡Juá!/ “ ¿Quién la metió al río para que se calle?
— ¡Está loquita la máscara; y vos también! Esa que está en el río no es La Máscara. Porque está aquí.
—Ya sé que son dos. Una está en la pared. La otra me manda mensajes desde el río.
—¡No! «Y ella será otra mulatita desilusionada, flotando en la sombra»... ¿Por qué no leés cuentos, o jugás con las muñecas?
— ¿Por qué te enojás? ¿Por qué no querés que yo esté con ella?
Otra vez, la mano sobre la cabeza de Carola. Y la respiración pausada y profunda para calmar los miedos.
—Ya  pasó. Dormite. Otro día vamos al río.
— ¿Llevaremos una de  las tiras?
—¿Tiras? ¿Cuáles?
—Las de mamá. Vos me contaste. Las que tiene La Máscara en el cuello para bajar al río.
—¡No; no se tocan; son sus cosas! …
 Papá la arropa y se va al taller, con el alma angustiada.  
Al pasar por la sala,  descuelga la máscara negra y la martilla hasta hacerla polvo.  Puro miedo a que se digan más cosas y se rompa su propia máscara secreta; a que la nena sepa; a que termine mal de la cabeza, como mamá «enloquecida de celos, rumbo al río, aferrada a sus largas tiras de crochet»
***  
—¡No está más, papá! ¿La guardaste?
—Se cayó con el viento y se rompió. A veces se rompen.


sábado, 2 de marzo de 2019

La Ofensa



Un obraje, un yerbatal*, una salina… La explotación aniquila la dignidad humana, y estallan las tensiones ante sucesos nimios. Desde esa cuerda tensa, se dispara la flecha ofensiva. Y, generalmente, brota la venganza ciega que perdura en el tiempo.  Pero, a veces,  la religiosidad, la necesidad de la compañía, o el milagro de un hijo o de un amigo, atemperan la furia y  remiendan el tejido.
***
Anochecía en el yerbatal;  el verdor salvaje  emanaba un calor húmedo, sofocante. 
Yo volví al almacén porque iba siendo hora de cobrar y cerrar;  como siempre, me envolvió la densa niebla del final de la quincena: los peones habían recibido su escuálido sueldo; aquí estaban para  tomarse un respiro; dura tarea, destructora de vidas.
Olía a cuerpos mal lavados, a humo de cigarros,  a grasa rancia y jabón barato;  bajo la la luz mortecina del único farol de gas,  apuraban una ginebra y un truco,  antes de volver a sus ranchos con los bártulos y vituallas.    Por ahí, entre bolsas, bidones y canastos, distinguí a mi monito.
Me senté a la mesa con mis parroquianos. La baraja estaba lista para el “truco”. El mono se me subió al hombro.
La timba estaba animada, pero Ambrosio se caló el sombrero, (una costumbre, aunque ya era de noche), listo para marcharse.
Me voy, chamigos*.  La Antonia me dijo que no me demore. Parece que ya viene el gurisito*.  Gracias por la ginebra.
                ¿Y a vos qué? — le gritó Ruperto—.  ¡Cosas de guainas*, los partos y los críos! ¡Entre machos, primero los amigos!
                      Mirá, Ruperto, es el primer gurí. Y no me da el corazón para dejarla sola; ni el bolsillo para tanta timba.

   Me está ofendiendo, chamigo. Le he regalado la ginebra y me deja colgado.
Se levantó tambaleante; la silla cayó patas arriba. En la cara abotagada chispeaban los ojitos bajo las crenchas grises. 
     No da para eso, Ruperto; es una ocasión especial.
Intentó una palmada amistosa, pero desistió; empezó a caminar hacia la salida.
      Andá, Gorila*. Te querés hacer el  buenito.  “Gorilón”. “Chupavelas”.
Ruperto había tomado más de una ginebra, seguro.  Pero Ambrosio se sintió ofendido. Pegó la vuelta y se paró junto a la mesa.
Sujeté con fuerza al borracho. Al primer descuido, puede aparecer un cuchillo o un punzón, aunque las armas están prohibidas en la plantación. 
Mire, chamigo.  No se meta con mis ideas. Respete a la gente. Aquí no hay gorilas ni peronchos* ; sólo unos argentinos pobres y laburantes.  Y déle gracias a las velas, que me acuerdo de Dios, de vez en cuando. Don Cleto, cobremé la ginebra para no irme en deuda con el amigo.
Otro de los peones tomó la guardia cuando me levanté para recibir las chirolas de Ambrosio.  Acomodé mi barrigota,  y lo acompañé a la puerta.
—“Güena suerte” pa’ la Antonia y el gurí”…
Y cuando giré hacia el mostrador,  vi que el grueso botellón de la ginebra volaba hacia la ventana buscando  la cabeza de Ambrosio. ¡Pero la borrachera de Ruperto le torció la puntería  hacia la mía! 
Me hice a un lado y me encontré jadeando entre los vidrios rotos.  La ginebra regaba el piso, como si lavara la ofensa. Desde mi hombro, el monito  alzó vuelo y se le prendió en la barba mugrienta. Ruperto chillaba, pero el bicho no lo soltaba.
Sin miedo, volví a sujetarlo;  berreaba como un crío encaprichado; alcé la silla y  lo  senté  otra vez.  Había que asegurarse de calmarlo,  no fuera a irse por detrás de Ambrosio; y encima, sin pagarme.
   Vos sí que parecés un gorila, haciéndote el macho; el abuelito del mono.
Sentí que se relajaba un poco. El monito bailoteaba sobre mi cabeza, y se le despertó la risa.
¡”Chá” que soy bruto!— farfulló—. El  Ambrosio es buen tipo; ayuda en el monte; no se   mete con nadie. 
      Reía y  lloraba a la vez;  ya se sabe: el borracho pasa de toro bravo a perro cariñoso y humilde.
—Te salvé la vida, chamigo. Ibas preso, seguro. ¡Y cómo te iba a quedar  el alma”!
                   Mañana me voy a disculpar; y a conocer al gurí.
El monito aplaudía como si supiera castellano; guaraní para ser más precisos.
***
+ Yerbatal: argentinismo por “yerbal”. Plantación y faena de la Yerba Mate.
*Gorila y Peroncho, son dos expresiones populares  argentinas, que identifican a la oligarquía y el peronismo.
Las comillas encierran modismos regionales y coloquiales.



viernes, 15 de febrero de 2019

Supermonito y la ofensa


Un obraje, un yerbatal, una salina… La explotación aniquila la dignidad humana, y estallan las tensiones ante sucesos nimios. Desde esa cuerda tensa, se dispara la flecha ofensiva. Y, generalmente, brota la venganza ciega que perdura en el tiempo. Pero, a veces, la religiosidad, la necesidad de la compañía, o el milagro de un hijo o de un amigo, atemperan la furia y remiendan el tejido.






Anochecía en el yerbatal*;  del verdor salvaje, emanaba un calor húmedo, sofocante.
Yo volví al almacén porque iba siendo hora de cobrar y cerrar;  los peones habían recibido su escuálido sueldo; aquí estaban para  tomarse un respiro; dura tarea, destructora de vidas.
Como siempre, me envolvió la densa niebla del final de quincena: olía a cuerpos mal lavados, a humo de cigarros,  a grasa rancia y jabón barato; bajo la la luz mortecina del único farol de gas,  apuraban una ginebra y un truco,  antes de volver a sus barracas con los bártulos y vituallas. Por ahí, entre bolsas, bidones y canastos, jugaba Súpermonito, mi mascota;  también olía a monito en el local.
Me senté a la mesa con algunos parroquianos, un poco para acompañar, y otro poco para asegurarme la paga, ahora que Ruperto había convidado otra vuelta de ginebra. 
El mono se me subió al hombro, y me expulgó la cabeza, entre las carcajadas de los clientes. La timba estaba animada, y la baraja,  lista para el truco; la botella tosca y gruesa relucía entre  las manos rústicas. Estaba casi vacía.
Como la noche es mala compañera para los regresos después de la farra; uno a uno empezaron a despedirse. Quedaron los solteros y los más viejos , metiendo bulla.
Ambrosio, se caló el sombrero, (una costumbre, aunque ya era de noche), listo para marcharse, y recogió las monedas que había ganado 
        — Otra vuelta más, Ambrosio.  Dáme revancha— pidió Ruperto —. Juá, Cletito. Traigasé otra.
                                      Ya me voy,  chamigo.  L’Antonia_ me dijo que no me demore. Parece que ya viene el  gurisito.  Guarde la giñebra, don Cleto.
                                ¿Y a vos qué?  ¡Cosas de guainas*,  los partos y los críos! ¡Entre machos, primero los amigos! ¡Y otra...¿Qué lo mandás al Cleto, vos?!
                               — No se me ofienda. Es el primer gurí. Y no me da el corazón pa’dejarla sola; ni el bolsillo pa’ tanta timba.  Vamonó’ junto’…
Se lo veía sereno, como de costumbre, aunque la preocupación era inevitable. 
Intentó palmearlo, pero Ruperto le esquivó el hombro. Se paró temblequeando y le tiró un escupitazo. Mala puntería, por supuesto. Sus  ojos aindiados chispeaban bajo las clinas grises; se le enredaba la lengua y jadeaba insultos.
       — Güenas, entonces —.  Y enfiló hacia la puerta
       —   Andá, Gorila*. Ahura que chupaste grati’ te queré’ hacé el  güenito.  Gorilón*…   Chupavelas*…
Yo sujeté al  insurrecto;  las armas estaban prohibidas, pero a la hora de lavar ofensas el
ingenio era imparable.
La bulla estaba apagada y tensa; pero nadie se metía en problemas ajenos; sólo
se escuchaba chillar al monito, como un bebé asustado.
Ambrosio pegó la vuelta y se paró muy serio y correcto junto a la mesa.
       —Mire, chamigo. No se meta con mis ideas. Respete a la gente. Aquí no hay *gorilas* ni *peronchos*;  sólo unos argentinos pobres y laburantes.  Y déle gracias a las velas, que me acuerdo de Dios, de vez en cuando.  Don Cleto, cobremé la giñebra pa’ no irme en deuda con el amigo.
      Me levanté, acomodé mi barrigota, recibí  las chirolas* de Ambrosio  y lo acompañé a la puerta.  El monito reapareció para saludarlo desde mis brazos.
          —Güena suerte” pa’ la Antonia y el gurí.
Y cuando giré hacia el mostrador, vi que el grueso botellón volaba hacia la ventana;  buscaba  la cabeza de Ambrosio,  pero apuntaba a la mía; me hice a un lado  y estalló a mi derecha.
Me encontré jadeando entre los vidrios rotos.  La ginebra regaba el piso, como si lavara la ofensa. Alguien más comprometido lo obligaba a sentarse, sin demasiada etiqueta.
Desde mi hombro, el monito  alzó vuelo y se prendió en la barba del borracho, que berreaba como un crío encaprichado; se retorcía, pero el animalito no lo soltaba.
Me acerqué asustado- para qué alardear-, pero confiado en que una riña así es una tormenta de verano.
—Te salvaste la vida, chamigo. Ibas preso, seguro. ¡Y cómo “ t’iba a quedar l’alma”!
Noté que se relajaba un poco. El “bicho” bailoteaba sobre mi cabeza; los otros se reían y a él  también se le despertó la risa. 
—¡Chá que soy bruto!— farfulló—. El  Ambrosio es buen tipo. Mañana me vu’a disculpar; y a conocer al gurí.
 Reía y  lloraba a la vez;  ya se sabe: el borracho pasa de toro bravo, a perro cariñoso y humilde.
        —¡Qui aplaudí voó, supermono!
      — Vos sí que parecés un gorila, haciendoté’l macho; el agüelito del mono
.Se estaba durmiendo sobre la mesa. Lo dejé a la puerta, como tantas otras veces. Alguno de los que se iba lo habrá llevado a su ranchito.
   
                                                                -------------

* Yerbatal: argentinismo por “yerbal”. Plantación y faena de la Yerba Mate.
*Gorila y Peroncho, son dos expresiones populares  argentinas, que identifican a la oligarquía,  y al peronismo. Chupavela: alude a la religiosidad del personaje.
*Güaina: mujer.
*Chirola: moneda de poco valor.


Texto publicado y comentado en Literautas de febrero 2019



domingo, 10 de febrero de 2019

Los cóndores casi no caminan



 La rehabilitación fue muy larga y difícil. Pero  siempre reavivé mis tres certezas: estaba vivo,  estaba paralítico, volvería a hacer cumbre en el  Champaquí.  ¡Tantos años de ascenso a mi amado cerro cordobés!… ¡Me estará esperando! ¡Si hace falta,volaré para volver a la cima!
En las infaltables visitas de amigos y familiares,  luché para no  imbuirme de sus   prudentes consejos:  resignación, aceptación, sentido común.
     ¡Qué optimismo!  ¡Qué bueno! Pero no te ilusionés demasiado.
     Y sí.  Al mal tiempo buena cara… pero de cara a la realidad.
     Poder, se puede, pero te va a costar un fangote.
Adolfo, mi compañero infaltable en las subidas, me palmeaba la espalda y sonreía.
Dale, Dieguito… Vamos a ir juntos. ¡A graduarnos de cóndores!…


Mientras pasaban los meses,  elevé mi ánimo con mis álbumes de fotos, mis diarios de campamento,  y cuanto documental de escalada me brindaba Internet.  Desde mi  Facebook contacté a  mucha gente con intereses afines; no, problemas afines.  Fue renovador intecambiar  experiencias. Adolfo me alentaba con mensajes y videos  desde cada una de sus escaladas; y yo, en  mi silla, estaba con él en  la montaña.
Un día me sentí inspirado: empecé a escribir un cuento: “Los cóndores casi no caminan”. Me descubrí buen escritor;  de algún modo, podía volar.  Mi  ilusión seguía viva, pero acurrucada en el confort  de  mis nuevas e inusitadas realidades.
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Esta tarde mi amigo me ha subido a su avioneta.  Mi “Champa” se perfila, enorme y cercano  contra el cielo azul; siento  las lágrimas; sé que pasar volando no es  estar en la cima.
De repente,  el motor se silencia. Adolfo y yo gritamos angustiados; hay un estallido…  Estamos volando, lejos de la máquina destrozada.
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Acabamos  de hacer cumbre con mi amigo. Mi quimera es una hermosa realidad. Un horizonte abierto, sonrojado y luminoso; el aire más puro de la tierra; el silencio inmenso matizado de susurros en el viento.  Llegué volando.
317 palabras



domingo, 20 de enero de 2019

De dragones y escarabajos


                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                               
 En el atardecer, la selva de helechos brillantes y majestuosos llovía luces húmedas. Caín y Abel, los dos cachorros de dragón jugaban al tute. Caín era siempre el tallador; mezclaba los naipes y se relamía ordenando las cartas a su favor. No siempre ganaba, a pesar de sus mañas. La semana anterior habían jugado por la sonrisa del Eterno, y Abel había ganado.
Ahora había novedades; sus cuerpos habían crecido y cambiado, y los dos sentían hambre de Awán, más que de manzanas o de conejos. Entonces decidieron jugarse el primer turno para acompañarla en su yacija. La dragoncita no sabía nada de nada (y mucho menos acerca de su papel en el juego); siguió durmiendo a la sombra del helecho, rodeada de mariposas.
Antes de sentarse, Caín pateó a un escarabajo diligente que limpiaba el terreno. El pobre bicho quedó patas arriba mientras la bolita de desperdicios rodaba unos metros más allá.
Siempre buenazo, Abel lo puso otra vez panza abajo, cerca de su basura.
Caín no dejaba de calcular; el envite se hundía en el hastío.
Aburrido, Abel seguía, admirado, el quehacer del escarabajo; sin duda el animalito le interesaba mucho más que la baraja y el premio. Así es que se fue gateando detrás del bicho, rasguñando la tierra, empujando y sepultando la inmundicia. ¿Presentiría su propio entierro de cada noche y su futura resurrección diaria?
Cuando por fin, Caín decidió repartir los naipes truqueados, salió al sol; allá lejos, Abel reptaba hacia el ocaso emulando al escarabajo.
Caín pensó: “A la ocasión la pintan calva”; por las dudas, los alcanzó y pisoteó hasta enterrarlos y les tiró los naipes encima; luego volvió por el trofeo; la suerte estaba echada.
También la de Awán: engendrar dragones aburridos, lujuriosos y avarientos que desgastaran la Tierra, mientras los dragones laboriosos la iban regenerando.
De algún modo, Caín no mató a Abel; lo empujó a su propia resurrección eterna. Así lo han cronicado los antiguos egipcios. ¿O estaba en la Biblia?
—¿…?
—¡No lo sé! Venimos de los dinosaurios…
Cuento para "Móntame una escena" de Enero 2019. Palabras obligatorias: dragón y baraja.

martes, 15 de enero de 2019

Acuerdos Honestos



El pueblito no tenía más de cincuenta manzanas; había quedado lejos del tendido del ferrocarril, aunque no demasiado alejado de “la ciudad”; subsistió, como por inercia, en el devenir de la vida.  No era un mal sitio para vivir, mientras la lluvia fuera propicia; además,  nunca faltaba algún político que les dotaba de alguna mejora en tiempos de elecciones: la luz, el enarenado de las calles, el acceso a alguna ruta importante. Tenían una escuela primaria, una iglesia pulcra, con un cura viejito, y un almacén de Ramos Generales. 
Allí vivía Isidoro; existía plácidamente  detrás del mostrador; desde allí manejaba su negocio y hacía sociales.
 El almacén no era un emporio; de lunes a viernes, almacén de pueblo chico: espacio de saludos, chismes y compras básicas. “Apenas para vivir”comentaba siempre el dueño…
Pero los sábados, la ’bailanta’ del almacén garantizaba un ingreso apreciable, y un pellizco de diversión en la modorra pueblerina; entre las diez de la noche y las tres de la mañana corría el vino, estallaban los cuartetos y las cumbias,  y se desataba la juerga entre los parroquianos; entonces Isidoro “se ponía las botas” y lograba un buen pasar.
Algunas veces, el cura le sacudía algún anatema desde el altar; pero Isidoro  no iba nunca a misa, así que no le hacían mella. Cuando el párroco pasaba por el almacén, entraba a saludarlo, tomaba una ginebra, y se llevaba algún regalito para los pobres.
De modo tácito y honesto, la misa dominical y la bailanta convivían desde que se tenía memoria.
Cualquiera sabe que el Diablo no duerme, que faltar a misa y "chuparse" deben desatar la ira del cielo; tanta concordia lo tenía acogotado.
 Hasta que llegaron los “Hombres de Dios” con su Pastor. Después de zangolotear a todo el vecindario con su prédica tesonera, sus enigmas y profecías, emplazaron un  templo frente al boliche. Sus reuniones  coincidían puntualmente con la bailanta. De vereda a vereda se enfrentaban los altoparlantes: versículos y chistes "verdes"; salmos fervorosos y cumbias desenfadadas.
El primer sábado, cada cual tuvo su clientela; el lunes, Isidoro paró la oreja a los comentarios del pueblo, y no le gustaron demasiado: las mujeres estaban muy conmovidas con su nueva experiencia mística... y con los ojos azules del Pastor; planeaban llevar a sus hombres, novios, hermanos, maridos, a la nueva reunión; para colmo hablaban de no excederse con los vicios y de los bailes inmorales que disgustan al Señor.  
El sábado siguiente, el boliche se quedó vacío; la iglesia, casi como siempre: tres o cuatro viejas que amaban a la Virgen y los niños que quedaban a su cargo la noche del sábado; los “habitués” habían cruzado la vereda. 
 Isidoro estaba en un atolladero: sin bailanta no le cerrarían los números; ya tenía bastante con el regalito para los pobres.  El cura le aconsejó denunciarlos ante el intendente de la zona; también llamó a una procesión de desagravio;  pero pasó la semana y todo pintaba para repetir la situación.
El Diablo empezó a revolverle los pocos pelos que le quedaban.
—Podría difamarlos,  tirarles basura al jardín, poner más fuerte la música… Pero yo soy de ir de frente. ¡Vamos, Dios…!  A ver… un milagrito…
Curiosamente, el lunes siguiente los varones vinieron a hacer las compras; y a plantearle a Isidoro sus nostalgias bolicheras; y el martes, las mujeres comentaban lo difícil que se hacía la convivencia con los neófitos por la falta de diversión y el peso del diezmo.  
Hubo un repunte el tercer sábado; algunos hombres se rebelaron y eligieron a Isidoro; pero como estaban de mal humor se emborracharon pronto y rompieron demasiados vasos y botellas.
—Serenidad, Isidorodijo una voz interior—. Igual, hay rubros más decorosos. Hablá con el Pastor y arreglen algo… Entre gente honesta…
Isidoro se persignó, como los futbolistas, y fue al frente con una sonrisa, por el gol de la concordia.
—Buenas tardes, Isidoro— saludó el Pastor—. Lo conozco por sus clientes, que también son míos. Parece que no quieren perderse las bailantas.
—Sí. Les gusta farrear…
—Podríamos arreglarlo. Puedo hacer las reuniones más temprano. Usted podría participar también; su diezmo sería el diez por ciento de cada bailanta.
—¿Y si no?— se “engalló” el bolichero.
—Vea. Yo soy muy honesto. Tengo poderes especiales, y usted no… ¿Qué me dice?
A Isidoro le dio miedo imaginarse entre los relámpagos de la ira sobrenatural. Más aún: le parecieron "azufradas" las propuestas, y demasiado encendidos, los ojos azules.
Pero...Tal vez podría especular omitiendo los regalitos para los pobres. Dios lo iba a entender si ayudaba a que las parejas estuvieran bien avenidas. 
—¡Bravo, Isidoro!—. Y el Diablo le zapateó en la conciencia para afirmarle más la decisión.
—Mmm… Parece que no hay otra…
Se estrecharon las manos.
El Diablo reía, y la Honestidad sollozaba.


domingo, 6 de enero de 2019

Noche de Reyes

No importa que los mojen los tormentas,
que alguien los robe
o que los mee un perro.
Los sueños necesitan las estrellas
de una noche de Reyes.
Sacá fuera tus sueños,
para que se vean.
Y si mañana sólo encuentras 
tus mismas zapatillas desgastadas,
dale gracias a Dios: seguís soñando
y viviendo..

FLORES PARA NAVIDAD



Hay que saber vivir, para conseguir rosas
orondas, perfumadas;
las sonrisas aletean como mariposas
en la corola elíptica y brillante.
Eso, sí; hay que jugarse:
las espinas acechan la imprudencia.
los prejuicios ahogan la confianza.
Así  también, la vida nos regala
margaritas, sencillas e inocentes,
felices de estar vivas y ser muchas,
de tomar agua de cualquier pocito fresco,
y sol en todos los rincones.
Rosas y margaritas, en esta Navidad,
de mí dependen;
simples, pomposas, pero siempre flores.
No un abrojal estéril de rencores,
  ni un erial tapizado de recelos…
Sí, un ameno jardín de tolerancia,
de afectos cálidos, y de perdones…
flores de paz, de buena voluntad,
como las que brotaron
en la humilde morada de un Dios Niño
en aquella primera Nochebuena.