La primera emisión de
radio se lanzó en la Nochebuena de 1906; y el aparato receptor estaba en un
barco, en alta mar. El mensaje llegó como si hubiera sido la Estrella de Belén.
Imaginen a los embobados marineros escuchando en la inmensidad “O holy night”
con fondo de violines.
Pasaron muchos años.
¿Quién no tenía una radio, en los 50?
Hermosos y sólidos aparatos color caoba, con una pantalla de tela de tapicería; pesadísimos por la profusión de lámparas que albergaban. Nada que ver con los dos tubos que produjeron el primer concierto radiofónico del mundo. Presidían el comedor, instalados sobre mesitas rinconeras provistas del consabido mantelito al crochet. Pero siempre había en ellos algo de magia: todo se oía, nada se veía; se podía imaginar cualquier cosa.
A las cinco de la
tarde todos los niños, tomábamos el Toddy muy cerca de la radio con la misma
cara de magia que habrán puesto aquellos marineros. Era la hora de Tarzán.
Tarzán no estaba sólo en la radio, sino también en los
almacenes, en las propagandas de Toddy; a
todo color, con lianas, Chita, Tantor y
Juana; “Tarzán y Toddy, para todos”.
Casi podíamos oler el húmedo verde de la selva, y nos
cosquilleaba el estómago mientras volábamos
con él, de liana en liana. Era el antídoto para el calvario cotidiano de las
tablas de multiplicar y la geografía de nuestra provincia.
—
¡Aáaáh! ¡Aáaáh! ¡Taarzáan, Rey de la Seeelvaaa! —
coreábamos los varones y las nenas.
Pero, para mí, lo más hermoso y cosquilleante era escuchar a
Tarzán cuando ronroneaba pudorosas
palabras a Juana, recién rescatada de
algún gorila rebelde o de un codicioso cazador de elefantes
. (A esta altura, me parece que el buen Tarzán estaba tan en babia como yo, acerca de lo que le pasaba con su amiga).
. (A esta altura, me parece que el buen Tarzán estaba tan en babia como yo, acerca de lo que le pasaba con su amiga).
Una tarde fría y
lluviosa me senté a dibujar la historia como la sentía: un hermoso y fuerte Tarzán
y una rubia y glamorosa Juana corrían de la mano - en taparrabos- y se miraban
a los ojos; no me pregunten cómo logré captar la mirada de estos monigotes que
produje; pero, eso sí: los enmarqué en un enorme corazón de lianas verdes.
Entonces, por sobre mi hombro, apareció la cabeza de mi
hermano mayor, granujiento de adolescencia;
mordisqueaba pan con manteca.
—
No, no son Adán y Eva. Son Juana y Tarzán, en la
selva.
Él manoteó mi precioso dibujo, con la mano engrudada y los
ojos desorbitados:
—
¡Jua, jua, jua… Tarzán y “la Juana” desnudos! ¡Mamáa!
¡Mirá las cochinadas que está dibujando!
—
¡Dame, dame- chillaba yo- dame, idiota!…
-
— ¿Qué pasa? ¡Basta de pelear! ¡Dejá en paz a tu
hermana!
El muy tonto perdió enseguida el interés; abolló el papel y
se fue a jugar. Yo lo recogí con unción; pero, sollozando de rabia, lo alisé y
se lo llevé a mamá que seguía en la cocina.
— ¡Qué lindo
dibujo, nena!
—
¿Porqué dijo que era una cochinada?—pregunté,
llena de lágrimas.
Mamá estaba entrando, de la mano de la radio, en la era de
la psicología infantil y el “no a los tabúes”. Muy de a poquito… Pero lo
bastante como para no hacer mucho escándalo.
— Mmm… No le
llevés el apunte. Mirá; tu hermano tiene razón; tenés que dibujarle más ropita
a Tarzán y a Juana. ¿Y este corazón?
— Eemm…Bueno;
no dibujés cosas de amor hasta que seas más grande, ¿sabés?
— ¿Cuando ya pueda escuchar con vos las
novelas de la radio?
— Sí, querida. Ahora andá a hacer los
deberes.
Esa tardecita, cuando
mamá se sentó a tejer crochet junto a la radio, hice como que estaba leyendo un
cuento; y, en secreto, puse atención; escuché hablar a una mujer y a un señor
que debían ser muy serios, ricos y perfumados y estaban en un salón; él le decía: "mamarrachito mííío"; qué sé yo
porqué me lo imaginé así. Y sentí las mismas cosquillas que me daban cuando
escuchaba a Tarzán hablándole a Juana. ¿Porqué serían “para los grandes”, las
novelas?
Yo no lo sabía; era
invierno, pero ya estaba muy cerca el
tiempo de mi primavera.
Como yo, la radio fue cambiando y creciendo. Siempre mágica.
Y me sigue acompañando.
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