EL ALMA DEL CLAN I
Corría por la sabana africana para
cumplir la primera prueba de su rito iniciático. Tenía catorce años y se sentía
capaz de soportar la fatiga. Sabía que era apto y fuerte. Y que era el hijo del rey.
Cada vez más lejos sonaban los tambores de la aldea. Pero aunque se alejara, los tambores repicaban
en su corazón, listos para que bailara con su gente en cualquiera de los
grandes momentos de la vida; batían los ritmos que marcaban el nacimiento, el
trabajo, el amor, la guerra. Eran las voces del tótem unificador y benefactor. Durante
toda la carrera escuchaba, a lo lejos, los tambores de la tribu, y se sentía
tan seguro como el niño que dejaría de ser, y el hombre que sería. (Los
tambores resumen todas las voces, pasadas y presentes: el Candomblé).

habían preparado los mayores: trampas, troncos caídos, vados destruidos. Y sólo comería de lo que pudiera atrapar o recoger sin retrasar demasiado la carrera, ni agotarse por el hambre y la sed.
De pronto, lo derribó una red de
metal que cayó desde un árbol. Y, como brotados del aire, saltaron varios
hombres blancos que lo rodearon; sucios, rotosos y aullantes lo amenazaron con
trabucos y mosquetes. Josini- bure sabía de los cazadores de esclavos e intuía
su destino; preso bajo la red, gritó y se revolvió sin poder defenderse de los
culatazos que lo desmayaron sin remedio.
Despertó dolorido y
ensangrentado, atado de pies y manos, atravesado sobre la silla de un caballo. Alguien
lo bajó de la montura y ocupó su lugar. Entonces lo pusieron de pie y lo
empujaron para que caminara por senderos que no le eran familiares. De los tambores, sólo lograba escuchar el de
su corazón que luchaba por alertarse y escapar.
Pero fue inútil; golpeado y hambriento
subió a un barco decrépito, junto a
muchos otros infelices que, como él, no volverían más al África. Había
mujeres y hombres, viejos y niños, todos desesperados y humillados por la
impotencia. Las mujeres y los niños a babor, los hombres a estribor, viajarian
durante largos meses; iban encadenados desde los tobillos a la pared de una bodega
oscura, sentados de a dos en el suelo, enfrentadas las espaldas.
Sobrevivió en la bodega inmunda del viejo
galeón, encadenado a la pared, espalda con espalda con otro prisionero. Allí había mucha gente;
pero no había tambores; faltaba la voz de Olorun, El Alma del Clan, el poder
unificador que invitaba a cantar y bailar
la vida.
Allí no habría tambores; sólo el tam-tam de las
olas contra la madera.
En la bodega, maloliente de sus propias miserias,
malvivían o morían sus compañeros de infortunio. Muchas veces, los cuerpos de
los enfermos y los muertos rebotaban sobre el agua y alteraban el tam-tam del
oleaje. Y en el alma de Josiri-bure se morían las ilusiones que lo habían
empujado a correr por la selva.

Y un día comenzó a sentir que el tambor del agua lo llamaba; le tocaba el
corazón. Lo primero fue la conciencia de hermandad en medio de la degradación. ¿Sería
Dios………….? Contestó canturreando: Olorú, …Yemanyá. Y empezó a escuchar que
otras voces decían su mismo rezo. Aleteaban sus recuerdos y sus anhelos
buscando volar otra vez. Olorú no los había abandonado; estaba cerca. Otra vez les hablaba y animaba. Y les
mostraba que la vida seguía aunque no vieran todavía el horizonte. En sordina,
comenzaron a repiquetear las manos sobre los muslos, una y otra vez… a
tamborilear los pies encadenados… Las voces y las palmadas escapaban de a poco
a hermanarse en el tótem universal. Ahora
brillaban algunas sonrisas en la oscuridad de la bodega. Un poco más cada día,
a pesar del rigor.
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El barco amarró en Buenos Aires. Era
el 6 de enero de 1812.
Alguien se llevó a Josiri-bure a
vivir a su casa. Había otros negros que
pertenecían, de hecho, a la familia. Aprendió a vivir como ellos; a trabajar
para el amo; a entender el idioma … y a compartir
tambores, bailes y canciones en las cofradías de los nuevos dioses que se
aceptaban de palabra, mientras Olorun latía en los corazones..
Supo que su nombre era ahora
Baltasar, porque había llegado el día de Reyes. Y que Baltasar era el rey
negro, el “ loa de la esperanza”, de
Olorún
Y mientras lo descubría
todo, con asombro de niño, se hacía
hombre, como había deseado.
—
¡Hermano Josiri!… ¡Hermano Baltazar!...
—
¡Qué hermoso, mi Baltazar! —suspiraban las
negritas mientras lavaban la ropa o cebaban mates.
—
Buen hombre, este negro: trabajador, honrado,
alegre— decían el amo y las damas.
—
Es devoto en la misa y en el candombe— reconocía
el cura.
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Era el 6 de enero de 1813;
Baltazar Josiri- buré encabezaba el candombe de su cofradía.
Se sacudían los cuerpos ansiosos.
Revoloteaban pollerones coloridos.
Estallaban a gritos las coplas chispeantes y procaces. Se mezclaban los
cantos al Santo Patrono con alabanzas paganas:
“Festejan el seis de enero / la
fiesta ‘e San Baltazar/, el santo más candombero/ que se puede imaginar”.
No había perdido a África; África
estaba creciendo con él, en el Río de la Plata. De algún modo, Olorún lo había
acompañado para ser rey. No sabía que
muy pronto sería libre.
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