Lo mejor de mi vida es mi familia: la que me hizo mamá y abuela. Y la que me preparó desde que nací, para serlo...
Lo mejor de mi vida son las cosas que hago pensando en la alegría de amarnos.
Para todos ustedes, que vienen de una madre, de una familia, de un Dios Creador y Amoroso; y que son creadores y soportes de LA VIDA, con alegría y generosidad ... FELIZ DÍA DE LA MADRE..
Blog para recopilar y compartir mis escritos, fragmentos de lecturas que me han impactado y algunas informaciones útiles para escritores
miércoles, 27 de julio de 2016
lunes, 25 de julio de 2016
Don Elías y el Carlitos (historia bifásica)
¿Cómo nació esta historia bifásica? De un ejercicio de Taller de Escritura;se trataba de descubrir la historia oculta, por debajo de una historia con final incoherente. Yo creo haber logrado el objetivo, en ambas versiones, la coordinadora dice que no; de cualquier manera me encantan las dos versiones. El texto disparador no me gusta tanto como mis dos historias, pero le haré el honor de transcribirlo:
"Secretamente, el hijo admiraba a su padre, tanto que lo ayudó siempre en la carpintería. Aprendió de tal modo el oficio, que llegó a igualar y, me animo a inferir, sobrepasar a su maestro.
Un accidente doméstico dejó postrado en cama al padre. Su hijo, con eficacia, se hizo cargo de los trabajos que había. Pero una complicación inesperada llevó al carpintero a la muerte.
Al tiempo, me sorprendió un cartel en la puerta del taller, que decía: "Se vende".
Al terminar el barrio, justo al lado de las vías del tren, duerme su borrachera un mendigo."
1° versión: Elías, el viejo carpintero del pueblo, vivía solo. Los vecinos conocieron a su familia; pero cuando
la mujer murió, el hijo, ya adulto, se
fue a la ciudad y poco a poco desapareció de la vida de su padre. Doña Lorenza,
la maestra del pueblo, telefoneaba de vez en cuando a algunas parientas de la
esposa del carpintero. Era una vieja muy sentimental y siempre preguntaba por su antiguo alumno, el Omarcito; pero Elías no
le prestaba atención cuando le sacaba el tema.
Don Elías vivía bien; la casa era muy sencilla, con poco
confort, pero le alcanzaba.
Un día adoptó al
Carlitos, un chico de catorce años que tampoco tenía familia; le había dado
pena verlo vagabundear por la zona,
ligado a veces a gente poco recomendable, y a alguna que otra botella comunitaria
de vino. Se dispuso a hacer de él un hombre de bien, y legarle su carpintería.
Doña Lorenza aplaudió su loable empeño, pero mantuvo informadas a sus amigas.
Todo parecía encaminado. El Carlitos era hosco y para nada
cariñoso; pero aprendía el oficio y
respetaba a su padre. Se esmeraba
muchísimo y lograba, a veces, superarlo. Los vecinos comentaban que, sin duda,
lo admiraba, y que merecía la bondad de Don Elías.
¿Quién hubiera
imaginado que los golpes de su infancia destruida lo hubieran deformado para siempre?
Lo consumían la ambición, la soberbia y
el odio. La responsable presencia de don Elías y los límites que le ponía se le
iban haciendo insoportables; él era capaz de hacer plata con esa carpintería si
el viejo no andaba por el medio. ¡Y qué bien la iba a pasar con el bolsillo
lleno!
Dos años esperó. Un soleado mediodía de invierno Don Elías llevaba
un tacho de agua hirviendo para prepararse un baño; convalecía de una gripe y
pensaba volverse a la cama. El Carlitos se las arregló para trabarle el
paso con una pesada banqueta de madera. Don Elías perdió el equilibrio, se
quemó el pecho y el vientre, y se quebró un brazo al caer.
Los vecinos más próximos los ayudaron en el trance. El
médico estaba de viaje, de modo que vino el del pueblo vecino; el anciano
quedó imposibilitado, en cama, al cuidado del chico.
Se confiaron. Aunque siguió trabajando en los pedidos
pendientes, el Carlitos le dio dosis abusivas de calmantes y prescindió de
curaciones y antibióticos. A la semana, el hombre murió. El médico local no
indagó demasiado, dada la edad del paciente y su reciente enfermedad: una
complicación, una infección. Enterraron
a Elías y siguió la vida; los clientes confiaban en el chico
Pero en medio de tanto sosiego, la sentimental Doña Lorenza
pensó que no podía excluir del
duelo al hijo y avisó a la
familia; digamos que tampoco era tonta: algo sabía de herencias y maniobró con
la noticia para sacar alguna tajada.
A la semana siguiente apareció el Omarcito en la comisaría,
munido de todos sus derechos de hijo legítimo. Acompañado de un agente que
representaba al Juez de Paz, inventarió y tomó solemne posesión de la empresa y
de la casa; después, sin perder un minuto, le dio las gracias al Carlitos por sus
cuidados, y lo puso en un tren con su
maleta, unas empanadas de la rotisería y algo de plata en el bolsillo; por las
dudas, el agente acompañó al viajero, cumpliendo lo tratado con el generoso
nuevo dueño: no lo dejó hasta que se hospedó en una pensión, en otra ciudad bastante
alejada del pueblo y de la capital.
Omar encargó al yerno de Doña Lorenza todas las gestiones
para apurar la venta de la casa y las máquinas
y emprendió el regreso. Del Carlitos no supieron nada más.
Varios meses después,
en un programa de la televisión mostraron cómo la policía se llevaba a un ratero vagabundo y borrachín que dormía
sobre las vías del tren, cerca de un asentamiento marginal.
A Doña Lorenza le pareció conocido. ¿Sería el Carlitos?
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2° versión.
Secretamente admiraba a su padre, pero casi no se
comunicaban; la carpintería de oficio no
le gustaba demasiado; igual, lo ayudó siempre; no era fácil negarse a hacerlo,
pero no había más remedio: si papá llamaba había que dejar lo que fuere,
hasta las tareas de la escuela, para
ayudarlo.
De todos modos, llegó a ser un admirable carpintero. Tenía
un don natural para ser creativo con la madera.
Lo mismo con los dibujos, y hasta con las telas y flores. Pero papá
valoraba sólo la ayuda en la carpintería; nada de innovaciones; nada de
mariconadas, de hacer almohadones o craquelar muebles antiguos. Nada merecía su
sonrisa más que una silla bien encolada.
Todo estaba ordenado
dentro de la casa, pero un día papá se
lastimó mal con aquel la pesada banqueta de madera que el hijo dejó fuera de
lugar, al paso, y quedó inválido. Formal y respetuoso, el muchacho se ocupó de
terminar los trabajos pendientes, pero no recibió nuevos encargos. Ahora que el
ambiente no era tan tenso, aprovechó a
su gusto el tiempo libre: se fue abriendo paso como pintor, decorador y modisto.
El anciano decaía a ojos vista; el joven cumplió como pudo con las medicinas, la higiene y la comida de su padre. Pero las
leyes de la vida son inescrutables.
Llegó y pasó la hora. El hijo vendió todo y se fue a la ciudad, con bastante
dinero y con su bagaje de obras,
realmente talentosas.
Cierto día visité una
de sus muestras; me heló aquella
pintura: un mendigo muy parecido al
carpintero, dormía cerca de las vías, como esperando que lo pisara el tren; la
máquina avanzaba, oscura y temible; en una mano, el hombre tenía una botella de
aceite de linaza y en la otra, la caja
de herramientas. A su lado, un artista pintaba indiferente.
viernes, 22 de julio de 2016
La Gioconda
Mi pobre Giocondo... tan viejecito, y convencido de que yo soy yo y de que el niño es suyo. ¿Y quién soy yo? Soy un rompecabezas de amadas y amados del genio, de Leonardo; tanto es así que nos lleva a todos en su equipaje cuando viaja. Reconozco mi cara y mi sonrisa esquiva; soy el "mejor de sus amigos", de los que "no se muestran, por decoro"... El pedazo de la barriguita incipiente es de Lisa, que se apuró en agasajar a Juliano de Médicis; por suerte Giocondo, viudo, necesitaba una buena madre para su hijito huérfano, y ella Lisa Ghirardini fue especialmente fiel y responsable.Se merece haber heredado el apellido. Ni siquiera soy simétrica; tampoco el paisaje en donde me ubicó. Somos síntesis; somos ejercicios de diseños y pintura esfumada. De Florencia a Roma, de Roma a París, Leonardo no nos abandona: somos sus amores, no importa quiénes seamos.Él nos amó hechos tema y color. nuestras manos (no, "mis manos") llaman al placer misterioso y sosegado. Los humanos se quedaron estudiándonos.
¡Oh, capitán, mi capitán!
Este bellísimo poema de Walt Whitman me conmovió en "La sociedad de los poetas muertos". Impresiona la riqueza de expresiones encontradas: triunfo , esfuerzo, gloria, muerte.
¡Oh, capitán! ¡mi capitán! nuestro terrible viaje ha terminado,
el barco ha sobrevivido a todos los escollos,
hemos ganado el premio que anhelábamos,
el puerto está cerca, oigo las campanas, el pueblo entero regocijado,
mientras sus ojos siguen firme la quilla, la audaz y soberbia nave.
Mas, ¡oh corazón!, ¡corazón!, ¡corazón!
¡oh rojas gotas que caen,
allí donde mi capitán yace, frío y muerto!

¡Oh, capitán! ¡mi capitán! levántate y escucha las campanas,levántate.
Por ti se ha izado la bandera, por ti vibra el clarín;
para ti ramilletes y guirnaldas con cintas,
para ti multitudes en las playas,
por ti clama la muchedumbre,
a ti se vuelven los rostros ansiosos:
¡Ven, capitán! ¡Querido padre!
¡Que mi brazo pase por debajo de tu cabeza!
Debe ser un sueño que yazcas sobre el puente, derribado, frío y muerto.
Mi capitán no contesta, sus labios están pálidos y no se mueven. Mi padre no siente mi brazo, no tiene pulso ni voluntad.
La nave, sana y salva ha anclado, su viaje ha concluido.
De vuelta de su espantoso viaje, la victoriosa nave entra en el puerto.
¡Oh playas, alegraos! ¡Sonad campanas!
Mas yo, con tristes pasos,
recorro el puente donde mi capitán yace, frío y muerto.
jueves, 14 de julio de 2016
La infantilización inducida o deliberada
del mundo
Así llama Javier Marías, escritor y Miembro de número de la RAE a la precariedad en el dominio de la lengua. Comparto su opinión, integrada en "La Escritura Transparente" de W. Lyon.
Cada vez hay más gente adulta a la que le da reparo mostrar un buen dominio de la lengua, hacer gala de un léxico rico, comunicarse con claridad y exactitud, lo cual lleva rápidamente a que dé lo mismo lo que se diga, con el pretexto de que en todo caso «se me ha entendido». También se entendían en lo fundamental los prehistóricos que carecían de lenguaje. El desarrollo y perfeccionamiento de este, su progresiva sutileza, han sido sin embargo el mayor logro de la humanidad, al que los actuales humanos —por lo menos los españoles— parecen deseosísimos de renunciar.
Así llama Javier Marías, escritor y Miembro de número de la RAE a la precariedad en el dominio de la lengua. Comparto su opinión, integrada en "La Escritura Transparente" de W. Lyon.
Cada vez hay más gente adulta a la que le da reparo mostrar un buen dominio de la lengua, hacer gala de un léxico rico, comunicarse con claridad y exactitud, lo cual lleva rápidamente a que dé lo mismo lo que se diga, con el pretexto de que en todo caso «se me ha entendido». También se entendían en lo fundamental los prehistóricos que carecían de lenguaje. El desarrollo y perfeccionamiento de este, su progresiva sutileza, han sido sin embargo el mayor logro de la humanidad, al que los actuales humanos —por lo menos los españoles— parecen deseosísimos de renunciar.
jueves, 30 de junio de 2016
Las vueltas de la vida
El momento preciso
El anciano encontró la llave en el punto exacto; lo supo cuando vio el cadáver del árbol centenario, erguido en medio del desierto. No era una visión estimulante; auguraba dolor y muerte.
El anciano sintió un ligero escalofrío: la duda y el miedo luchaban en su corazón, contra la sabiduría ancestral: “El destino está trazado desde la eternidad; pero lo vamos construyendo día a día. De ti depende encontrar la llave cuando llegue la hora final.”
Respiró
hondo y aceptó el apoyo del árbol; unos segundos, y sus sombras coincidieron
sobre una extraña piedra plana, solitaria y enorme; había llegado el
momento. Si titubeaba correrían los
segundos, la piedra mutaría en un charco pestilente y voraz, y la llave
no sería suya.
Seguro de la voz de su corazón, alzó la roca;
la sintió liviana, como si fuera un haz de hierba seca que se desparramaba en
la brisa. Ahí, delante de sus ojos brilló la llave del Paraíso Original: el
mítico Jardín de la Inocencia. El anciano la sostuvo entre sus manos; vio su
historia reflejada en ese espejo y sonrió feliz.
Unas manos desconocidas le cerraron los ojos y
cubrieron con la sábana su cuerpo gastado, mientras él se marchaba con el sol
para vivir su eternidad.
*******
La hora del amor
El anciano encontró la llave en alguna de las tantas vueltas
de su vida. Así se lo explicó a su mujer el sexto día consecutivo de llovizna,
a los cuarenta y ocho años de matrimonio. Elisa y Rubén sorteaban el fastidio
en una nube de vapor de eucalipto, ‘con buen humor y mucho amor’.
Rubén hacía “zapping” en la tele, en su biblioteca y en los
álbumes de fotos. Elisa inventariaba los armarios, tarareaba canciones viejas y
jugaba con sus bonitos recuerdos.
Rubén se detuvo, de
pronto, en las fotos de una fiesta: la
despedida a Cecilia, una ingeniera de la Facultad. «Preciosa. Inteligente. Alegre… ¡Cuánto
coqueteo en oficinas y pasillos!... La
fiesta de celebración y despedida por su beca…»
—¿Te acordás de esta chaqueta?— Elisa entró y se sentó a su lado— ¡Qué bien te quedaba!¡Ocho
talles menos, viejito; ja , ja, ja!
—Ah, sí. ‘El traje de ceremonias’; ja, ja, ja… Justo estaba mirando fotos de la
Facultad… Otra vida…
—¡Ahí estás con la chaqueta! Señor
Decano… ¡Qué elegante es usted! … Esa chica es la que se fue a Alemania, ¿no?... 1970… Nacimiento de Ana… —Sacudió la
chaqueta. Algo tintineó en el piso. —Una llave… No es de casa. ¿De dónde sería?
—¿A ver? … No… «La sensualidad de su cuerpo, mientras bailábamos. La mano de Cecilia dejando su llave en el bolsillo de mi chaqueta: “Profe, te
espero”. Y vos, Elisa, en casa, embarazada y malhumorada…»
—¡Eh! ¿Estás aquí? Te preguntaba
de dónde sería la llave.
—No sé. No me acuerdo... «Y conste que no fui; me volví a casa.» —De alguna de las vueltas
de mi vida, señora; ¡qué se yo dónde la encontré! Guardala con la chaqueta, no
más.
—Pensaba donarla a Cáritas…
—Bueno. Tirá la llave, entonces. ¿Te cebo unos mates?
—Dale. Dame un beso, también. Te amo.
La Señorita Pérez
Nadie parecía preocuparse de la apariencia de Teresita
Pérez. A su alrededor, los otros
empleados del Banco, y el público
seguían esperando, escribiendo, pagando, firmando.
¡Pobre tonta Teresita! Iba superando, psiquiatra de por
medio, su traumática aventura. Había crecido y mudado a la ciudad, pero estaba
llena de angustia.
La llamé a la Gerencia
y señalé con mi mano llena de anillos su ridículo sombrerito rojo:
—¡Quíteselo inmediatamente!— rugí.
— Es inadecuado para atender la Caja.
Me miró fijo; no
abrió la boca, pero sé que la dejé aterrorizada, llorando por dentro. ¡Cómo temblaba ante mis manazas
peludas y mis ojos fulgurantes!
«No puede ser el Lobo», pensó confusa, mientras destapaba su moderna melenita
brillante.
Que no se admitiera su caperuza le parecía una blasfemia. Le
había prometido a su abuela que usaría siempre el tocado tan conocido y
llamativo.
Yo me dispuse a saborear la golosina de su miedo y su ñoñez; pelé un chocolate y me relamí los
bigotazos.
—Mmmm— dije con la boca llena.—Y
ahora, retírese, señorita Pérez.
Se volvió temblando sobre sus tacos aguja. Estiró su
minifalda negra y se alejó por el pasillo. Ella estaba sintiendo que yo
codiciaba sus suaves caderas.
Volvió al salón y guardó la caperuza en su box. Después ocupó su puesto, tironeada entre mi
agresividad y la cercana presencia de tanta gente ajena a su vida. Las
pantallas de las computadoras absorbían
la atención del personal; los clientes contaban billetes, dialogaban con los
asesores y se retiraban; parecía un día más.
«¡Qué satisfacción pisotear tanta
ñoñería!» me dije.
No veía las horas de llamarla otra vez.
miércoles, 25 de mayo de 2016
"Felicidad de Amor" y "Miedo de Amar"
Felicidad de Amor
Floreció
tu presencia en mi amargura,
En
la hora más cruel, en un silencio
Lacrimoso y estéril.
Invadiste
mi ser con tu ternura,
Con tu
caricia alegre y animosa.
Imprevisible
sol en mi neblina,
Diluiste mis sombras infinitas;
Alumbrando pasiones ignoradas,
Desgranando
en mi boca una sonrisa.
¿De dónde
apareciste,
Enredado
a mis nuevos despertares
Amarrado
a mis sueños para siempre?
Me reencuentro,prendida
de tu mano,
Oliendo
el aire lleno de armonías.
Respirando
con vos, un nuevo día.
RESPONDIENDO A BORGES, en " El Amenazado"
¿Miedo de amar?
¿Por qué le teme al amor, amigo Borges? ¿Será temor a lo desconocido?
Puede ser, pero no tema desnudar su alma en un acto de amor
sincero y pleno.
Despójese de ensueños imprecisos, de leyendas y mitos;
despójese de la comodidad del egoísmo
Busque su propia savia para unirla
a la savia de este
otro despojado que la pide.
Y usted descubrirá que entre los dos
El horizonte es menos
utopía y más cielos de vida.
lunes, 9 de mayo de 2016
Esmeralda
Esmeralda
La
primera vez, entré a limpiar los vidrios
de la salita, su oficina y dormitorio ocasional. El patrón, repantigado
en el sofá, fumaba una pipa; yo lo miré, apenas.
— Con permiso, patrón.— Y entré cargando balde y
estropajo.
—¿Vos sos Esmeralda?— preguntó en medio de una nubecita de humo.
—Sssiii,
patrón.
Era un hombre parecido a cualquier otro de los
alrededores: moreno, corpulento, pero no fuerte; y medio enfermo de comilonas y
tabaco. Pero tenía un destello de distinción en su
ropa, su peinado, su modo de hablar. Era el patrón, el amo. Catorce años tenía yo; él, más o menos
cuarenta.
Se paró, altísimo, junto al escritorio y me clavó sus
ojos achinados:
—Es-
me- ral-da ¿Conocés las esmeraldas?—Mostró
el anillo que refulgía en su mano; la piedra guiñaba oronda; la miré curiosa, y me pareció muy bella.
—Podría regalártela, algún día, si te portás bien. Vale sus buenos pesos.
—No,
señor. Yo gano mi sueldo. Los regalos no son para mí— dije en voz baja, y le di
la espalda, para iniciar la tarea.
Como
si no me hubiera oído dijo: —No sos nada fea, vos. Buenas formas. ¿Tenés novio, o marido?
—Emm
… ¡No, patrón! Soy muy chica… Y…
Aunque estaba avisada por mi gente y por mi
instinto de sierva, no lo sentí llegar: sólo una de sus manos en mi pecho, y la
otra por debajo de mi pollera, me avisaron que estaba detrás, y que yo era cosa
suya. Hurgó, manoseó, desnudó… Yo
sollozaba, pero tenía…¿ miedo de escaparme, de gritar?, ¿curiosidad ansiosa? Lo
dejé a su antojo, como si él fuera un médico que tenía que hacerme doler, gemir
y sangrar…¿porque yo estaba enferma,
sucia, tal vez?
«Sucia,
seguro» como decía mi ‘mama’; porque entre jadeos y besos el miedo y la
vergüenza se me iban yendo, en una llamarada cálida que me recorría hasta el
alma.
Mi cuerpo y el suyo me revelaban sensaciones
desconocidas hasta entonces; y mi alma se despojaba de intuiciones y enseñanzas
de infancia; «Las mujeres limpias son del marido; y no disfrutan con “eso”; se lo aguantan.» decía mi madre; supe que no era así, que
podía sentirse agradable; y que un amo era un amo: descubrí a la vez el odio y la lujuria.
De
pronto, me soltó.
—Andá,
Esmeralda, andá nomás, —dijo con voz grave y fatigada— Una piedra preciosa para
mi joyero. No dejaré que nadie más te
engarce.
Lo
miré de frente. Como debía hacerlo, por
mi propio respeto, escupí a sus pies;
después acomodé mi ropa y mi pelo, y me fui a paso cansino hacia el patio del
fondo, mientras lo escuchaba silbar.
En
la pieza de servicio, Amalia me encontró llorando. La cocinera no necesitó que
le contara nada; me acarició la cabeza; hizo que me lavara y me trajo un té .
—A
todas nos ha pasado, con el padre, o con él;
a nadie le extraña, ni hay forma de evitarlo; necesitamos el trabajo,
¿no? Por lo menos vos no te vas a quedar embarazada; es estéril.
Pobre
Amalia; suponía que me consolaba en la deshonra y la vergüenza. Yo seguía
llorando, porque no estaba del todo bien
lo que me pasaba; pero tampoco quería que dejara de hacerlo: era una fuerza
nueva en mi persona, en mis ideas y en mi cuerpo ; yo quería ser su Esmeralda vibrante
y… la dueña del precioso anillo.
Durante algunos días fue como un fantasma encarnado. Pasaba sin verme ni hablarme; pero yo sentía
que me rondaba como el aire, y me requería dentro del alma. Había sembrado en
mí el anhelo de su presencia y de su energía; y la ambición de la joya; pasaba
cerca, hecho voz, sombra, portazo. Entonces,
de repente, pidió que le sirvieran
su café
en la salita; y allí estaba ,
corporizado, potente, dominante: el amo .
Así,
durante veinte años, me hizo saber que le pertenecía, aunque yo lo escupiera,
lo arañara o le arrancara mechones de pelo y de barba; era mi papel en el
escenario. Siempre muda, siempre dispuesta y deseándolos a la vez, a él y a su
esmeralda.
—Esmeralda;
cálida, bella y brillante. Sí que te portás bien, Esmeralda, — ronroneaba sobre
la alfombra, mientras yo le alcanzaba su ropa antes de volver a mi cama. —Habrá
que darte un premio algún día.
Después
volvía a ser el fantasma indiferente, desparramado en su sillón, o galopando
entre sus peones.
La
vida en la casa parecía apacible; pero vibraba una niebla de rutina y
desinterés que envolvía el ambiente silencioso. Durante el día lo escuchaba llegar y llamar a Laura, su esposa; los oía discutir
elegantemente en el salón, siempre pulcros y correctos; los veía salir, cada
cual en su coche; y a él lo escuchaba volver, llamar a mi puerta y encerrarse sin más en la salita; sabía que lo
había oído. Yo nunca le fallé.
Pero
sí le falló el corazón, una noche cualquiera, cuando terminaba de vestirse; y entonces le apreté la almohada contra la
cara para que se muriera de una vez. Sólo cuando cesaron sus estertores noté
que no tenía puesto el anillo.
Cuando
volvimos del cementerio, Laura revolvió la pequeña habitación; buscaba entre
los libros y las carpetas, en los cajones, entre los almohadones del sofá.
—¡Nada!— rezongó sin perder su elegancia. —¡Bah! A mí me sobran
joyas. Que le sirva de veneno a la que herede esa esmeralda. ¡Maldito farsante
presumido!
Y me mandó a limpiar y
cerrar la salita.
Todavía no sé si era su espíritu o la
cortina, pero desde la ventana me llegó su voz: «Es tuya, Esmeralda; ahí
está; fijate.»
«Ay, Virgen Santa, San Roque,
un fantasma»;
desgrané temblando mi letanía , marcha atrás
hacia la puerta.
«Bah; tantos santos; es tuya;
sin rencores; siempre te portaste bien y yo no; nadie se muere el día antes»
Medio alelada sacudí la alfombra; entonces la vi brillar;
y me la acerqué bien a los ojos para cerciorarme; yo, la buena Esmeralda,
encontré el anillo en aquella hendedura del parqué; y me la guardé en el delantal. «¿Quién sino yo podría reclamarla?»
Pasaba la noche sin que hubiera podido dormir. El sombrío
fantasma de la culpa revoloteaba sobre
mi cama y, como un mosquito, siseaba alrededor de mi cabeza.
Al amanecer, cansada de espantarlo con recuerdos y rezos,
lo metí bajo la almohada, junto a la
esmeralda, para asfixiarlo otra vez. Y
esa tarde renuncié y me fui para siempre… con la esmeralda que, por supuesto,
no respiraba, pero brillaba burlona y feliz.
viernes, 29 de abril de 2016
La diosa cautiva
Ya era casi de día. Como siempre, Eos, la
Aurora, se despedía de Selene; ella se iba a dormir, agotada y
malhumorada por su destino: apenas si podía, por unos segundos,
disfrutar de la habilidad de su hermana para inundar de tenues
pinceladas los mares y las praderas; mucho menos, del poder inmenso de
Helios que doraba los trigales y la espuma de las olas; su hermano mayor
la enceguecía y no podía ver nada de la Tierra.
Su mundo era, desde siempre, de oscuras rocas y polvo, en medio de un silencio quieto y eterno; altas montañas bordadas de lava; simas hondas con corazones de hierro fundido; algunas redondas como un sombrero de copa hundido en el regolito, el incesante polvo de metales; calores de infierno, fríos imposibles. Y ella estaba allí, plateada y transparente, indestructible, consagrada por Zeus para preservar el equilibrio de los astros. Una diosa cautiva de su honorable deber, como tantas veces sucede.
Cuando Eos pasaba por la Luna —como llamaban los humanos al lóbrego mundo de Selene— le dedicaba unos minutos a su hermana, su gemela. Las dos hablaban y giraban, giraban, porque la vida dependía de su danza. Igual, giraba Helios, pero él era más solemne y parco; la iluminaba y partía.
En las mañanitas azul-gris, mientras hablaban, Eos iba despertando a los pájaros.
— ¿Oyes cómo cantan? —le preguntaba, girando y sacudiendo sus manos transparentes
—No sé si oigo o lo presiento a tu lado. Aquí, en realidad, no se oye nada.
—Es porque no tienes aire ni viento, hermana. Entre nosotras, no hace falta porque estamos tan cerca y nos hablamos con el corazón.
Otras veces le contaba de las flores, de los arroyos. Y, a veces, de la gente y de los poetas.
—¡Cómo te aman en la Tierra! ¡Si supieras cómo cantan sobre ti, cómo te imaginan y anhelan llegar aquí, cómo sueñan con tu luz!
—¡Qué pueden amar y desear! ¡Rocas, lava, silencio!
—Ellos te ven cuando te ilumina el sol; no lo sabes, tal vez, pero te ves muy bella, muy blanca y serena, contra el cielo de la noche.
—Quiero conocer la Tierra. Ayúdame, por favor.
–Se me ocurre algo: Hablaré con nuestros primos, Artemisa y Eolo; sabes que ella protege la naturaleza, y él gobierna los vientos. Tal vez entre los dos… Te veré al amanecer.
Selene, resignada aunque expectante, se recostó a esperar el regreso de su hermana.
Cuando pasó la noche, Eos volvió con un curioso regalo: un cuerno de recambio de una cabra de las montañas.
–Es para ti. Lo encontró Artemisa; es mágico porque ella y Eolo lo han besado; te piden que lo pongas en tu oreja derecha, y lo acerques a la membrana que te rodea. Dos veces en cada jornada, Eolo agitará el viento para que puedas escuchar por aquí, las voces de la tierra; a ver… pruébalo ahora —le dijo mientras le ayudaba a colocárselo.
El pálido rostro de plata de Selene se iluminó, de pronto, con una sonrisa maravillada; por primera vez la acarició el aire y aleteó su cabello en la brisa mágica que brotaba del cuerno áspero y blanquecino.
Entonces escuchó la canción de Federico: «La luna vino a la fragua/ con su polisón de nardos»; la de Gastón Figueiras : «Luna, luna, luna: ¿Tienes madrecita? Dile que esta noche tú quieres jugar. Baja, y con nosotros ven pronto a cantar»; la de Atahualpa Yupanqui: «Yo no le canto a la luna porque alumbra, nada más; le canto porque ella sabe de mi largo caminar»
Avanzaba el día. Eos se fue alejando y Helios relumbró sobre las primeras lágrimas emocionadas de la diosa cautiva.
Su mundo era, desde siempre, de oscuras rocas y polvo, en medio de un silencio quieto y eterno; altas montañas bordadas de lava; simas hondas con corazones de hierro fundido; algunas redondas como un sombrero de copa hundido en el regolito, el incesante polvo de metales; calores de infierno, fríos imposibles. Y ella estaba allí, plateada y transparente, indestructible, consagrada por Zeus para preservar el equilibrio de los astros. Una diosa cautiva de su honorable deber, como tantas veces sucede.
Cuando Eos pasaba por la Luna —como llamaban los humanos al lóbrego mundo de Selene— le dedicaba unos minutos a su hermana, su gemela. Las dos hablaban y giraban, giraban, porque la vida dependía de su danza. Igual, giraba Helios, pero él era más solemne y parco; la iluminaba y partía.
En las mañanitas azul-gris, mientras hablaban, Eos iba despertando a los pájaros.
— ¿Oyes cómo cantan? —le preguntaba, girando y sacudiendo sus manos transparentes
—No sé si oigo o lo presiento a tu lado. Aquí, en realidad, no se oye nada.
—Es porque no tienes aire ni viento, hermana. Entre nosotras, no hace falta porque estamos tan cerca y nos hablamos con el corazón.
Otras veces le contaba de las flores, de los arroyos. Y, a veces, de la gente y de los poetas.
—¡Cómo te aman en la Tierra! ¡Si supieras cómo cantan sobre ti, cómo te imaginan y anhelan llegar aquí, cómo sueñan con tu luz!
—¡Qué pueden amar y desear! ¡Rocas, lava, silencio!
—Ellos te ven cuando te ilumina el sol; no lo sabes, tal vez, pero te ves muy bella, muy blanca y serena, contra el cielo de la noche.
—Quiero conocer la Tierra. Ayúdame, por favor.
–Se me ocurre algo: Hablaré con nuestros primos, Artemisa y Eolo; sabes que ella protege la naturaleza, y él gobierna los vientos. Tal vez entre los dos… Te veré al amanecer.
Selene, resignada aunque expectante, se recostó a esperar el regreso de su hermana.
Cuando pasó la noche, Eos volvió con un curioso regalo: un cuerno de recambio de una cabra de las montañas.
–Es para ti. Lo encontró Artemisa; es mágico porque ella y Eolo lo han besado; te piden que lo pongas en tu oreja derecha, y lo acerques a la membrana que te rodea. Dos veces en cada jornada, Eolo agitará el viento para que puedas escuchar por aquí, las voces de la tierra; a ver… pruébalo ahora —le dijo mientras le ayudaba a colocárselo.
El pálido rostro de plata de Selene se iluminó, de pronto, con una sonrisa maravillada; por primera vez la acarició el aire y aleteó su cabello en la brisa mágica que brotaba del cuerno áspero y blanquecino.
Entonces escuchó la canción de Federico: «La luna vino a la fragua/ con su polisón de nardos»; la de Gastón Figueiras : «Luna, luna, luna: ¿Tienes madrecita? Dile que esta noche tú quieres jugar. Baja, y con nosotros ven pronto a cantar»; la de Atahualpa Yupanqui: «Yo no le canto a la luna porque alumbra, nada más; le canto porque ella sabe de mi largo caminar»
Avanzaba el día. Eos se fue alejando y Helios relumbró sobre las primeras lágrimas emocionadas de la diosa cautiva.
sábado, 9 de abril de 2016
Memorias de un gato y de otras almas
Es
un fresco mediodía de otoño. En una
ráfaga de recuerdos y deseos, decido buscarla.
Quiero su espacio que es casi mío; sus mimos; el plato con leche… Y
deseo acurrucarme en las piernas de ‘Amor’ (debe de ser su nombre), fingir que
me he dormido, y absorber toda su historia y la de ‘Querido’.
Voy
avanzando, de tilo en tilo, hasta la copa del más próximo a su ventana. Como
siempre, está entreabierta; es maniática de la vida sana y de la ventilación. Atisbo,
pero ella no está en su cuarto. Espero.
En realidad, no tengo apuro por entrar;
me recuesto en la rama; mi cola
enroscada toca el hocico; con los
ojos cerrados disfruto del vientito; me anticipo al bienestar de la mullida
cama de la señora.
Por la ventana del galponcito se ve la figura maciza y hosca
de ‘Querido’. Entonces la veo. Está subiendo a su coche. Parece que sigue muy
enojada. Con un portazo estridente,
cierra el auto y arranca.
***
Mi esposa acaba de sacar el auto y ya se aleja
sin despedirse; yo sigo acomodando el
galponcito; quiero aprovechar el fresco mediodía de otoño; el trabajo puede ser
una terapia en las crisis.
«En este rincón, la pala; en este, las tijeras de podar…» «¡Una llave!» «…los tiempos felices en que, ¡zas!,
nos llenábamos el uno del otro en cualquier rincón… » ; «entonces teníamos duplicados de
las llaves»; «ja…nunca
se usaban»…
«se
nos perdían y no nos hacían falta».
La llave
me roza el pecho desde el bolsillo de la camisa. Por momentos me siento
eufórico por haberla encontrado. Pero la
mano enérgica de la razón «o mi profundo rencor, o mi dolorosa
incertidumbre» me devuelve al pozo de trajín y fastidio.
***
Mientras voy a mediana velocidad hacia el Centro Comercial
trato de no pensar en el regreso.
« A
los cuarenta, una se siente plena, activa;
urgida por la vida social y cultural; ¿por qué no se puede esperar demasiado del marido? Los
sábados no se mueve de la casa; todo es el maldito jardín: la niña de sus
ojos. ¿Cuándo se volvió tan hosco, tan primitivo
y anodino?; hasta el gato es más interesante, más suave y hermoso; al
menos se calla cuando leo o quiero
escuchar música; al menos pasea y disfruta de mi cama. A veces lo sueño, y parece que me
comprende. Bah. No tiene caso…»
«Listo. Pasaré por el Banco a retirar mi renta. Después
compraré algo distinguido, fino; no sé si “casual” o “formal”. Y algún otro
buen perfume; nunca están de más. Es imperdonable que me deje estar así, hastiada: no
soy su abuela; parece que si no es serio y responsable lo van a castigar»
« ¡Oh; viene Andrea Bocelli a la capital! No me lo pierdo; ya
mismo compro la entrada; su alteza estará, seguramente, muy fatigado, ocupado o
endeudado y no querrá acompañarme; total —dirá— lo veo por You-Tube».
***
Mientras mi cabeza busca ordenar el caos de herramientas y
trastos inútiles, mi alma intercambia
impulsos, emociones y recuerdos.
En algún momento, el gato se ha metido aquí. Se sentó sobre
la pila de latas vacías, y me mira; como siempre, una mezcla de Buda dorado, inspirador
y borracho sentado en la vereda.
«¿Por qué esa mirada imperturbable? Me desconcierta. Parece que
emitiera mensajes crípticos. Como los que a veces vibran mientras duermo;
y que terminan en alguno de nuestros
peores días. ¿Será mi castigo?»
De pronto, la llave vibra en el bolsillo de la camisa; ¿un puente de
comunicación?
«¡Vamos!
¡Sube! ¡Abre!»
« Es mi castigo. La estoy perdiendo ¿Qué podría hacer yo, en su
dormitorio?» « Unos guantes de lona, resecos» «acariciarnos»… «¡Al
basurero…!»
«Recuéstate en la cama. Espérala»
«Un pedazo del cerco oxidado»…
«¿Y
si cambiamos este cerco, querido? Todos ven el jardín cuando pasan. Quiero esperarte boca arriba en
el césped hasta que llegues»,
susurraba encendida. «Fuera.
¡Cuánta basura!»
«No te acobardes. Vuelve a mirarte al espejo, por detrás de su imagen,
mientras le deshaces el peinado…»
«¡Qué bella la tapia con jazmines! Sólo nos mira la luna, amor... la
llamaba en secreto.»
«Y de pronto, cualquier noche…Déjame; no estoy de humor; me voy a mi
cuarto; no entres. Sus tacos resonaron
en los escalones… Un portazo… Clic, clic, SU llave».
«¿Cuánto hace que estoy amontonando chatarra?»
«¿Qué pasa, corazón? ¿Hasta cuándo? ¿Por qué? »
«¿Qué pasa, corazón? ¿Hasta cuándo? ¿Por qué? »
«No elegiste bien; aguanta tu castigo, hubiera dicho mi abuela».
«. Exige lo que es tuyo...Vuelve a
saciarte de su suave perfume; vuelve a sentir tu cuerpo ansioso,
ardiente… Y sus brazos y su boca que
responden a los tuyos».
«Ah… Estos bidones viejos… Puro estorbo»… «¿Por qué? ¿Por qué?»
«Merecería que rompieras sus perfumes y rociaras el cuarto con lo que
queda del kerosén…»
Y salgo, ciego,
furioso. Detrás de mí se derrumba una
pila de latas vacías. El gato
corre como espantado y se trepa al tilo. «Abrir la puerta»… «Abrir la Caja de
Pandora». «Conocer a los demonios que te
alejan»…
***
«Se está poniendo demasiado
fresco para ti, gato viejo»
Desenrollo la cola entre las
hojas amarillentas, tan doradas como mi pelo,
y avanzo hacia la ventana.
«Ah… Restregarme contra los frascos y las maderas perfumadas…Arañar la
seda de las colchas… Hundirme en su almohadón de plumas… Leer sus sueños y
llenarlos de misterios y fantasías»
Un vuelo breve. «Aquí, aunque ella no esté, se la siente, tan viva,
tan cálida; es tan hermoso»
Apenas una ráfaga sutil, y mis
patas, hojas sueltas del tilo, aterrizan sobre los cosméticos, que tambalean. ¡Algo
se rompió!. Seré castigado, ya lo sé. Pero no me importa. Hay mucho más que
unos gritos y un zapatazo en el lomo.
***
Trepo la escalara,
jadeante, llave en mano. «Quiero esperarte en nuestro cuarto. Besar, acariciar,
golpear, sofocar, poseer, desgarrar»
«Serás castigado»… «Serás castigado…», canta el gato en mi cabeza..
Detrás de la puerta
estallan cristales en el piso. «¿Has
vuelto, amor». Me sobresalto, angustiado.
El fino perfume envuelve el pasillo desde el cuarto cerrado; tiemblo
enloquecido de ira, miedo y deseo.
La llavecita gira. La
puerta se abre, chillona, como herrumbrada. Oigo que frena el auto. «¡Tu
cabello dorado sobre la almohada…! ¡Has vuelto…!» «¡Este gato odioso; otra vez
en la cama!» «¡Y ha roto el perfume!» «¡Debo irme!»...antes de que me … encuentre… y
me castigue…»; me duele el pecho… me ahogo… me estoy muriendo… muriendo…
He caído junto a la cama; percibo el rayo dorado que salta hacia el
tilo. La voz del gato (¿dónde está?) me llega otra vez en esas ondas
misteriosas: «Claro que es tu castigo. ¿Reconoces los demonios? Sabes que estás loco, ¿no? Ya hace dos años
que chocó en la autopista; manejaba furiosa porque la habías golpeado y roto sus perfumes»
***
***
Freno el auto delante del tilo.
Nuestro minino gris, rayado de negro, baja perezoso desde la pared con
jazmines. Se restriega, mimoso, en los jeans de mi marido, que me espera junto
a la cochera.
—¿Ya pasó, amor? Esa carita iluminada me gusta más— Y me envuelve con
sus brazos y su sonrisa.
—Mmm… Sí, señor. Así de fácil. Esperar que me vaya al centro a comprar
algo lindo, y te
perdone.— Me acurruco contra él
al otro lado del gato.
—Sí; ya sé. Soy antipático,
troglodita; pero me encanta mi casa, el gato y la jardinería; y te amo; no sigás
enojada, amor.
—Mmmm ¿Me acompañás a ver a Bocelli, en quince días?; traje entradas
para los dos, aunque no te lo merecés.
—¡Derrochona! ¡No tenés remedio! —se ríe.
Y nos vamos adentro, tomados de
la cintura, seguidos de nuestro michi.
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